Escritores de Letras & Poesía Genista77 (España) Poesía en Verso

Reo de mis miedos

EL PUEBLO

I

Fantasmas atenazan mi espíritu

cuando me adentro en este pequeño pueblo.

Pueblo de aire intenso que me envuelve,

aire con aroma a incienso con olor a muerte.

Aire de sabor ácido a azufre chamuscado.

Aire cálido y pegajoso que me oprime,

me aprisiona,

me apabulla

y me llena el alma de todos los miedos que creía olvidados.

 

Los viejos demonios inundan mi mente,

y mis pensamientos recuerdan mi suerte.

Y tiemblo en silencio al cruzar esa calle.

Y cierro los ojos cuando creo que hay alguien.

Entre las ventanas de este pueblo desierto

descubro que el viento me engaña y se burla,

son esos visillos quienes mueven mis dudas.

Si esa mirada es una sombra astuta

sus ojos, diría que sí que me miran.

  • ¿Me miras?

te digo

  • ¿Me observas?

te sigo diciendo en susurros.

  • ¡Si hay alguien que salga!

Te grito un segundo.

  • ¡Si hay alguien que venga!

Ya digo sin grito,

pues solo el silencio me envuelve, y musito,

pues solo me encuentro y hablo despacito.

El miedo me envuelve,

el viento susurra,

el pueblo me incita a salir a hurtadillas.

La noche se acerca y yo aquí perdido,

me muerdo las uñas porque estoy vencido.

Sin coche, sin móvil, no puedo llamar

y la oscuridad me viene a buscar.

SOLEDAD

II

Qué broma macabra la vida me guarda.

La vida se mofa y me pongo a reír.

Quien iba a decirme a mí esta mañana,

que iría encontrarme desvalido aquí.

Sin coche y perdido en esta aldea

ni el mapa indicaba que fuera a existir,

y ahora recorro en silencio sus calles

buscando si hay alguien,

buscando la ayuda para poder salir.

Ni amparo, ni auxilio, ni nadie aparece.

Ni escucho, ni veo personas vivir,

tan solo el arrullo del viento que pasa

que mece hojarascas que me hacen gemir.

No hay nadie intuyo.

Estoy sólo, lo sé.

Pero algo me dice que he de temer.

Hay algo que inquieta,

que me atemoriza…

y cierro los ojos pues no quiero ver.

Las luces del cielo se están apagando,

el sol se desplaza a desaparecer,

tiñe el cielo azul del rojo del fuego;

tiñe esas nubes de sangre, al caer,

y parece el preludio de un cuento anunciado

de esos de miedo…

y empiezo a asustarme, aunque disimulo,

y me atemorizo y me pongo a correr.

La luna se asoma y el negro me cubre,

y yo aquí parado ya no sé qué hacer.

Las casas me hablan,

me dicen que corra,

que salga pitando de aquí sin pensar,

pero son mis miedos los que están hablando,

¿o es la intuición y me he de marchar?

El viento que ruge golpea mi cara

y busco refugio al cruzar la plaza

en la iglesia ruinosa,

en las santas estancias que guardan la fe;

y la iglesia ruinosa me mira con sorna,

pero en sus entrañas no he de temer,

pues el Cristo divino que guarda la vida

me dará refugio hasta el amanecer.

Y entro y empujo las puertas que crujen,

chirrían las tablas podridas del tiempo

de la vil carcoma que engulle sin tiento

toda la madera que un día fue;

y la vieja capilla en ruinas, con guasa,

me escupe a los ojos cuando entro en su sala

y yo caigo exhausto rendido a sus pies.

LA IGLESIA

III

Elevo los ojos tendido en el suelo.

Una extraña baldosa me hizo caer.

Mi pie se ha torcido y duele en silencio

y yo me estremezco,

pero no me atrevo ni a gimotear

ni a girar mis ojos para observar

qué es lo que ha torcido mi pie al tropezar.

Y abro los ojos

Aún más abiertos.

La luz en penumbra no me deja ver,

y miro la vidriera que aún sigue intacta

y la luz de la luna me alumbra

y permite que mire y observe

y vuelvo a temer.

El Santo que se alza sobre ese pilar,

que guarda la estancia que santa se alza,

está sin cabeza,

lo han decapitado,

y aunque yo no creo en Dios ni en los santos

me ha espeluznado

y el miedo me invade y me está atenazando,

y mi pulso comienza a latir sin parar.

Mi respiración se acelera sin pausa

y le clamo al cielo, por si Dios me escucha,

y sin la clemencia que me ha acompañado,

y sin tan siquiera poder evitarlo…

Empiezo a recordar.

Recuerdo…

Recuerdo y mis ojos son el mar, en lágrimas…

Recuerdo y mi alma compungida se alza

y me desespero

y me enfurezco porque no acepto

lo que mi conciencia ahora me reclama.

Soy una tormenta que se precipita,

soy el Dios del trueno que quiere rugir,

el gran oleaje que arrasa con todo,

con esa barquita de mi convicción,

con ese velero que en la travesía

olvidó la brújula de la compasión.

Y en este momento en que mi alma batalla,

y en este instante en que la espada se alza

para atravesarme hasta el corazón,

en que la pelea más encrudecida me envite y me gana

En este momento en que el mismo averno me engulle en la lucha,

en este instante en que tu recuerdo me hunde en la miseria

y en el mismo abismo, de esta vil desgracia que me acompaña

En este momento

Escucho toser.

Y en el presbiterio la luz de la luna

ilumina una figura que postrada se mece

y llora y se angustia y llora…

y aflige mi alma,

porque me estremece sentir que se duele,

y aporta a mi espíritu un poco de calma,

al ver que hay más gente,

que yo no estoy sólo.

Y entre tus lamentos acuno mi calma.

EL ANCIANO

IV

El viento se alza y baila entre las grietas de esta iglesia en ruinas.

El viento me silba cuando se desliza entre las fisuras del gran rosetón.

Las viejas rendijas de estas viejas rocas susurran que corra,

la puerta batea y el viento la empuja y me invita escapar.

Y en ese segundo que se abre el portón,

la luz de la luna entra a hurtadillas para iluminar

el sagrado retablo que está expoliado, y la triste figura,

que sigue inclinada ante lo que queda del humilde altar.

Mi pie duele tanto que sé que correr no será posible,

mi mente se ríe de mis desvaríos

y me recrimina el temor absurdo

de estos disparates que he imaginado,

que ahora se burlan ridiculizando todo lo que el miedo me ha evocado.

Me elevo del suelo y clamo en susurros.

Mi voz es el canto de los afligidos y clamo y reclamo atención.

  • ¡Ayuda! — imploro
  • Soy un extranjero que se ha extraviado.

Y solo el silencio responde a mi auxilio,

y solo escucho tu respiración.

Me acerco en silencio buscando tus ojos,

me acerco buscando tu calor humano.

Me acerco y te invito a estrechar mi mano.

Me acerco y me encuentro ya cerca, a tu lado.

Ya estoy ante ti,

y siento tu cuerpo.

Ya puedo apreciar que eres un viejo,

perdón, un anciano…

Dios Santo le toco a tu hombro

Dios Santo

Está frío, helado, y el tiempo aquí está más bien cálido.

Dios…

Santo…

Te clamo otra vez, aunque no lo creo,

porque no es posible que esto, sea cierto.

  • Anciano — te digo temblando en silencio.
  • Anciano, ¿me escuchas? — susurro a tu lado asustado.

Y en ese momento mi mente me dice que me de la vuelta

y salga corriendo aún cojeando,

que corra y no pare,

que corra y me marche.

Más no sé a dónde y convenzo a mi alma de que son mis miedos

los que me atenazan,

los que me acobardan paralizando todas mis entrañas.

El pueblo vacío ahora es el boceto del triste pintor,

es el escenario de un thriller de miedo

y allí no hay refugio ni seres humanos

y vuelvo a clamarte,

anciano,

aunque no me guste lo que yo presiento.

Aunque el viento grite que salga huyendo.

MI TORMENTO

V

Y entre la penumbra,

y entre el silencio,

y entre los misterios que envuelven la iglesia

y este momento,

te vuelvo a clamar, anciano,

te vuelvo a instar a escuchar mi llanto.

  • ¡Anciano…!

y la luz de la luna ilumina tu rostro,

y la luz de la luna resplandece a tu lado

y yo ahí plantado te miro…

te miro, y tiemblo, y me envuelve el llanto.

  • ¡Anciano, Dios Santo…!

tu rostro se gira y me mira,

y me sigue mirando

mientras mi conciencia acuchilla mi llanto.

Mi corazón late,

no late, se ahoga, y se ha atropellado

porque se precipita al acantilado

de ese recuerdo que había ocultado.

Mi respiración se agita,

me oprime,

me está apabullando y se apresura

entre llanto y llanto.

Los recuerdos se agolpan,

se hacinan e hieren este corazón que se está agotando.

Recuerdo esos ojos.

Me miras y entre tus pupilas me veo,

me veo ahí parado en medio del miedo,

de ese accidente que tuve hace años.

Recuerdo un camino y una cuneta,

recuerdo una tarde alegre de antaño,

recuerdo la curva

y recuerdo mi paso girando y girando,

veloz en el cielo,

corriendo, arrasando,

y en ese instante, en tan solo un segundo,

recuerdo ese anciano que voló por el aire,

cayó en el camino,

rodó al abismo escarpado,

rompió abruptamente su cuerpo anciano,

y yo ahí parado

y yo ahí parado

recuerdo que no hallé el valor

de echarte una mano.

Me subí al coche, anciano,

me escapé volando,

ahogué ese recuerdo entre el alcohol barato,

escondí tu mirada entre el tiempo alado

y no volví jamás a recordarte, anciano,

ni volví a pensarte ni a tenerte en cuenta,

ni volví a nombrarte en esa cuneta

donde mi penuria escondió tu daño.

Y ahora que me miras.

Y ahora que en tus ojos nado desbocado,

recuerdo ese momento y mi cobardía,

te miro y me miras,

me miras y veo tus cuencas vacías.

Sonríes callado,

yo lloro y te clamo,

suplico postrado por misericordia,

y tú te sonríes con sorna y sarcasmo.

Y siento que en tu hora me atas y atrapas

y hundes mi vida en tu vil venganza.

VENGANZA

VI

Tu mano me agarra,

me coge del cuello.

Tu mano desgarra mi piel con tus zarpas.

Me sajas la piel,

me clavas tus uñas

y siento que bañas mi piel con mi culpa.

La sangre resbala por mi corazón.

Me miras y ríes,

y ríes, y miras, y sin compasión.

Intento zafarme y le clamo al cielo.

Intento luchar y ponerme en pie.

Intento arrastrarme, pero en ese intento

mi pie esguinzado no me deja ser.

La luz de la luna llena esta escena,

tu rostro es la muerte y ahora lo sé.

Mi alma se evade entre el frío miedo

y se hiela mi sangre,

y galopa mi espíritu,

y se evade mi alma en este momento oscuro.

Tus manos, anciano, aferran mi cuello,

tus uñas se clavan,

desgarran mi alma,

desangran mis venas y yo me debato,

intento zafarme,

peleo, te empujo, me aferro a mi vida.

Te intento apartar con todas mis fuerzas.

Pateo tu cuerpo que ni se inmuta.

Te espeto y te grito y no te alteras,

y sigues oprimiendo mi cuello y mi ser.

Mi pie ni me duele y golpeo con fuerza,

y tu cuerpo, anciano,

ni siente ni repara en que estoy luchando.

  • Dios Santo — imploro al Dios de los Cielos.
  • Piedad — te suplico al verme perecer.

Más no hubo piedad al dejarte yaciendo

y no habrá piedad, aunque le clame al cielo.

Y en esta ruinosa iglesia olvidada,

despido mi vida…

y me veo fallecer.

ECO DE LOS MIEDOS

VII

En esta olvidada iglesia despierto.

Cientos de otros cuerpos veo aparecer.

En cada bancada las almas en pena,

vagan suplicando poder renacer.

Soy un alma al viento aquí encerrada,

atada a los miedos que traje hasta aquí.

Mi cuerpo se encuentra en el presbiterio,

tendido en el suelo,

y ahora lo veo y ahora lo sé.

 

Este es el pueblo de los desesperos,

el pueblo fantasma que nadie va hallar.

Donde los misterios se esconden y aguardan

a un alma afligida que llegue a parar.

Las campanas suenan en la triste iglesia.

Los lobos aúllan saludándome.

El viento susurra

y se ríe en mi cara,

te dije que huyeras.

Te dije que huyeras

¡TE DIJE… QUE HUYERAS!.

Su eco resuena en mi alma en pena.

Su eco resuena

al son lastimero de cientos de almas.

Su eco resuena en el pueblo maldito.

Su eco resuena y te llama

¿A ti?

6b (9)                                   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7 comentarios

    1. Graciasss Me gusta contar historias en verso. En este caso compuse una cortita para poder colgar en la página y experimenté con la emoción del miedo .
      Gracias por el elogio de que te recordara a un grande como Poe.
      Un abrazo.

      Le gusta a 3 personas

    1. Graciass. Me alegra que te haya gustado. Creo que quedó un poco larga para aquí pero me apetecía experimentar con este género.
      Muchas gracias por apoyar y valorar mis obras eres un encanto.

      Le gusta a 3 personas

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