Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Me dijo que se estaba enfermando

A Marcos no lo veo bien. Hace dos meses que la novia lo dejó y cada día que pasa está un poco peor. Ayer me atendió envuelto en una frazada, mirándome con ojos de perro asustado. Me dijo que se estaba enfermando. Y enseguida empezó con la cantaleta de la novia. Qué Lucía esto y que Lucía aquello. Hasta llegó al punto de hablar solo. Una vez lo vi en la habitación, me hice el boludo y seguí para el baño. No entendí bien qué decía, hablaba como esos viejos locos que andan por la calle.

Antes de que la piba lo abandonara, iba al gimnasio cinco veces a la semana, mantenía una dieta estricta, se cuidaba el pelo, la piel y las manos. Se vestía con la mejor ropa y compraba los perfumes más caros. Siempre andaba rebosante de energía desplegando su sonrisa de dientes blancos y parejos.

A Lucía la engañaba cada vez que podía. Y cuando nos juntábamos con la barra nos mostraba videos de su noches con otras mujeres como si fueran trofeos —mirá esta putita, la conocí ayer— nos decía pasando su celular. Los pibes nunca le decían nada porque eran como él y yo por miedo a que me rajaran del grupo. Soy obeso, medio pelado y no tengo plata. El grupo me salvaba de estar solo y si algo no me gusta es la soledad porque en ella tengo más tiempo de mirarme al espejo. Cuando los demás empezaron a ver la transformación de Marcos, lo abandonaron.

Lucía tenía el pelo castaño claro, los ojos como almendras cuyo color nunca supe bien porque podían ser verdes o grises según si estaba nublado o había sol y un cuerpo que llamaba la atención en donde estuviera. Casi nunca hablaba delante nuestro porque Marcos siempre se las ingeniaba para ser el centro de atención. Pero una noche estábamos en un bar y en el televisor pasaban la marcha por el día de la mujer. Los demás estaban discutiendo sobre fútbol y como a mí no me gusta me había quedado enganchado con las imágenes de la marcha donde una de las pibas gritaba algo con el pecho descubierto.

—La verdad que no entiendo. ¿Qué ganan mostrando las tetas así? —dije creyendo que hablaba solo.
—¿Acaso ustedes no muestran cada vez que pueden sus pechos peludos o afeitados? El cuerpo pertenece a cada persona y cada quien puede expresarse con él más allá del género. Pero se ve que cuando lo hace una mujer hay muchos que se ponen nerviosos — me respondió tranquilamente y muy segura mientras se terminaba su vaso de cerveza. Yo no supe qué decir. Algo de razón tenía. ¿Cómo es posible que un gordo como yo pueda andar con estas tetas de obeso y ellas no? Aquella noche me dí cuenta de que a Marcos  le molestaba la inteligencia de Lucía. El era un orangután bruto, con un cerebro a medio cocinar y una billetera en el bolsillo.

Ahora Marcos es un reflejo de aquel adonis urbano. Luce como si una aspiradora gigante le hubiese consumido desde adentro, dejando su piel aplastada sobre los huesos. Su cuerpo es la mitad de lo que era, se le notan las costillas y los brazos parecen alambres. Pelo ya casi no le queda y debajo de sus ojos nacieron unas bolsas infladas y moradas. Cada vez que se mueve lo hace como un viejo de setenta años con reuma. Renunció al trabajo y ya casi no le quedan ahorros. Se mantiene adentro de su departamento, con las persianas bajas donde desde entonces flota un aire espeso e incómodo.

—Soy un pelotudo, si hubiese sido un poco mejor con ella. Pero se lo buscó, gordo. Ella se lo buscó, ¿qué iba a hacer? ¿Que la deje ir así nomás? Me dijo que se iba, que ya no aguantaba. ¿Aguantar qué? Si yo le daba todo —me decía casi siempre que nos veíamos.

Una noche, unos días después de su separación, aparecimos con champagne, mujeres y droga como a él siempre le había gustado, pero apenas nos vio abrió muy grandes los ojos y empezó a decirnos que no entendíamos nada, que nos rajemos de la casa que había compartido con Lucía, que era una falta de respeto porque ella todavía estaba con él. Ahí caímos en la cuenta de que se estaba volviendo loco.

— Ya no soporto más. Me está matando. Me duelen los huesos, quiero estar bien pero ella no me deja —me dice abriendo una lata de cerveza. Es sábado por la noche y yo como no tengo amigos estoy acá: hundiéndome en una depresión que no me pertenece pero que me queda cómoda. El departamento se mantiene ordenado, pero esta vez percibo un olor extraño que me recuerda a la crema desinflamante que usaba mi viejo para el dolor de cintura. Marcos se va antes que pueda preguntarle sobre aquel aroma y me deja solo. Pido unas pizzas y prendo el televisor, no sin antes abrir otra cerveza. Después de media de silencio humano, suena el portero eléctrico.

—¡Marcos, llegó la pizza! ¡Si no venís te quedas sin nada, después no digas que no te avisé!
—Acá estoy, gordo. No te pongas loca —responde apareciendo desde el pasillo.
—Che, Marquitos —me decido y le digo con el tono más natural que puedo elaborar—.  ¿Qué es ese olor que siento, parecido al átomo desinflamante? ¿Vos lo sentís?
—Ah, sí. De eso quiero hablarte hace un tiempo: es Lucía —dice sin preámbulos, mirando su porción de pizza. Luego agrega resignado— sí, gordo. Está abajo de la cama.
—No entiendo, Marcos. ¿Cómo que Lucía está abajo de la cama? —pregunto ya algo preocupado.
—Gordo, no fui yo. Ella se lo buscó. Yo le dije que deje de controlarme, que no me joda. Que no empiece con toda esa boludez de que yo la maltrato. Estaba loca, gordo. Se me fue de las manos. Así que escondí el cuerpo, después me tomé no sé cuantas pastillas para dormir y cuando desperté tenía su mano agarrada de mi tobillo. Desde entonces me siento enfermo. Y aunque ella me suelta para dejarme andar por la casa no me permite salir. Tampoco comer. A esta pizza yo le siento gusto a mierda unas veces y otras a sangre o a metal, pero la como igual porque quiero vivir —Marcos me mira sin ver. No se lo nota nervioso, más bien como si estuviera en un estado de somnolencia.  —Vení que te muestro —agrega ya caminando hacia la habitación arrastrando los pies como un zombie.

Cuando entramos a la habitación se agacha y estira la mano por debajo de su cama como si estuviera buscando una zapatilla perdida. Y entonces, poco a poco empiezo a ver con horror como tira de un brazo. No sin esfuerzo sigue tirando de él hasta que un cuerpo desnudo queda al descubierto. Es Lucía. La blancura de su piel es interrumpida por cientos de hematomas y heridas en estado de descomposición. Su rostro recostado sobre el piso mira hacia el techo con ojos vacíos y negros. Toda la situación se me hace irreal, comienza a faltarme el aire, me siento mareado y confundido. Marcos se incorpora y camina hasta la mesa de luz.

—Resulta que encontré en internet un aceite —dice  sacando un frasco para luego volver sobre el cuerpo y tirarle un poco de ese líquido color amarillo: el olor invade mis fosas nasales y tengo una arcada— ves: uno tiene que frotar todo, muchas veces y el cuerpo no expulsa olores desagradables —me explica mientras, torpemente, pasa sus manos por los brazos muertos de Lucía, por el vientre muerto de Lucía, por las piernas muertas de Lucía. Las arcadas ahora se suceden una tras otra, retorciéndome el estómago hasta hacerme vomitar de manera violenta. Marcos ni se inmuta, sigue frotando el cuerpo como poseído por un estado de frenesí nervioso —ella no quiere que deje de frotarla. Si me olvido me castiga. Así que tengo que hacerlo lo mejor que pueda, todos los días dos veces —dice ahora hablando para sí mismo. Entonces la cabeza de Lucía gira hacia mí. Con terror la veo pestañear varias veces y como un rayo su voz aparece en mi cerebro — nuestros cuerpos nos pertenecen— Lucía extiende sus brazos y los enrosca en el cuello de Marcos, atrayéndolo hacia su boca para darle un beso o más que un beso parece una especie de succión. Luego lo suelta, me mira y dibuja una sonrisa fría sin dientes. Marcos se mantiene inmóvil, arrodillado a su lado, mirándome mientras un hilo de saliva cae de la comisura de su boca. Parece un muñeco de cera. En sus ojos ya no hay brillo. Ella ahora lo sostiene por las muñecas— Dale, gordo. Quedate un día más. Necesito compañía, me siento solo —me dice como un autómata. Yo cierro los ojos con fuerza creyendo que eso me hará invisible pero no: ya no soy un nene. Leves partículas de polvo comienzan a flotar cubriendo el aire, parecen pequeños copos de nieve elevándose hacia el techo. El tiempo se congela un instante hasta que la luz se apaga de repente.

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