Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Genista77 (España)

Morgellons

Llevaba años observando el cielo y el rastro que dejaban esos malditos aviones dibujando su laboriosa tela de estelas químicas. Llevaba toda mi vida denunciando sus ataques aéreos, callados y silenciosos, y me había asociado a “Cielos limpios”, siendo uno de sus miembros más activos en la zona donde vivía, no en vano era el representante en mi provincia.

Muchos de mis amigos y familiares me habían tachado de conspiranoico, y creo que porque nunca di señales de ser peligroso, que si no me habrían encerrado en algún psiquiátrico y ahora… ahora tenían que darme la razón. Triste y desgraciadamente me la tenían que dar y me dolía, porque eso significaba que no habían servido de nada mis esfuerzos avisando y pregonando lo que estaban haciendo, y que habían ganado la batalla. Nos tenían en sus manos y ya poco teníamos que hacer. Los cabrones de los dirigentes estarían plácidamente resguardados en sus refugios riéndose de los estragos que sus experimentos y ataques estaban causando y nosotros no teníamos más remedio que sufrir sus consecuencias.

Desde hacía varios días el canal informativo de mi televisor funcionaba las 24h. Quería estar informado por si anunciaban alguna novedad, aunque sabía que los medios de comunicación pertenecían a los mismos que nos habían estado fumigando durante años y que nos informaban solo de lo que les interesaba que supiéramos, pero ya indagaba yo por otros canales informáticos y tenía mis propias fuentes de informadores para poder comparar las noticias y así, sacar mis propias conclusiones.

“Informamos a todos los ciudadanos que sigan sin salir de sus hogares. El ambiente sigue en nivel IV de máxima alerta por sus altos niveles de contaminación, y se avisa de las graves consecuencias de someterse directamente a la elevada concentración de metales que se detecta todavía en el aire…”

—¡Claro, claro…y los alimentos crecen en los rincones de la casa! Serán hijos de puta. Primero nos fumigan y si no nos matan a través de los morgellons, nos matan de inanición.

Por suerte para mí vivía solo. Me había volcado tan de lleno en desenmascarar a los gobiernos que nos estaban manipulando e intoxicando poco a poco que no había dedicado el suficiente tiempo a cuidar una relación que culminara en una convivencia estable y equilibrada, aunque siempre tendría mi corazón comprometido con Silvia; ella sería siempre la mujer con la que me habría gustado mantener una relación duradera. Lo intentamos, pero no funcionó y ahora éramos muy buenos amigos. Quedábamos de vez en cuando y ella sabía que podía contar conmigo para lo que necesitara.

Nuestros dirigentes estaban interesados en acabar con la tercera parte de la población que según decían, sobrábamos. Para ellos no éramos más que números y peones prescindibles que utilizaron a su antojo mientras les fuimos útiles. Ya se veía venir, estaba clarísimo, pero a la mayor parte de la gente solo le interesaba el fútbol y las fiestas…pues ahí lo tenían, cerraron los ojos y ahora ya era demasiado tarde.

Mi hermano Lucas me ha mandado llamar con urgencia. De nada sirvieron mis consejos y avisos de que hirvieran todos los productos en agua durante diez minutos antes de consumirlos. Mucho me temo que no me gustará nada de lo que encuentre cuando llegue a su casa.

Me coloco mi escafandra, los guantes, las botas reforzadas de acero y empiezo a abrir la puerta hermética que separa mi vivienda del mundo. He construido en el porche una antesala de desinfección para que al volver de mis incursiones cualquier rastro de morgellons, o virus, sea exterminado y así mantener mi hogar libre de parásitos. He dedicado todos mis ahorros y mi trabajo a construir un hogar a prueba de ataques bacteriológicos, ya que no podía permitirme un refugio antinuclear, y creo que lo he conseguido. Me sentía como Noé cuando construyó su arca, o así pensaba que se habría sentido él. Mis amigos, familiares y vecinos se habían ensañado conmigo riéndose y burlándose de mis manías y excentricidades, y ahora, me pedían ayuda porque no sabían cómo manejar la situación en la que ellos mismos habían caído por no hacerme caso.

Al abrir la puerta que separa mi porche del mundo infectado me quedo sobrecogido. Creo que nunca me acostumbraré a la imagen de los morgellons apoderándose de todo lo que tocan. ¡Qué hipocresía! Los noticieros hacen eco de los metales condensados en el aire pero no informan de lo perjudicial que se ha vuelto todo lo que entra en contacto con ese aire. Yo creo que hasta que no tengan claro que la mitad de la población ha desaparecido no se animarán a decir la verdad y a poner los medios para limpiar realmente nuestro mundo.

Los árboles parecen crisálidas, envueltos en finos hilos de filamentos que ahogan la vida hasta consumirla por completo.

El agua se ha vuelto imbebible. Solo aquella que está embotellada de hace tiempo es segura. Resulta irónico que ahora busquemos las fechas más antiguas, aunque muestren que los productos están caducados, porque nos resultan más seguros que los envasados cuando los chemtrails infectaban nuestros cielos y fumigaban en pleno apogeo.

Por el camino las imágenes de las personas que veo me resultan espeluznantes. Prácticamente todo el mundo da muestras de estar infectado por la implacable plaga de morgellons y no resulta agradable su visión. Cuando la bacteria penetra en los organismos comienzan a invadirlo creando unas úlceras que se van apoderando centímetro a centímetro de todo el cuerpo. Convierten a la personas en desechos humanos, con heridas que no cicatrizan y que supuran, impregnando todo lo que les roza de pus purulento y de un extraño amasijo de células y hebras metálicas, que ya hay quien está diciendo que son producto de la nanotecnología y que a través de ellas dominan el cuerpo de los que lo poseen para sus fines, hasta matarlos. Tal vez por eso muchos de los infectados se vuelven tan violentos y sádicos. Desde que la plaga comenzó los asesinatos cada vez son más salvajes y despiadados.

Me encuentro ante la puerta del adosado de mi hermano Lucas y la tristeza me invade totalmente. Veo que no me ha hecho caso y ni tan siquiera se molestó en tapar las rendijas de puertas y ventanas para intentar aislar lo más posible su vivienda. Llamo a la puerta preparado para lo peor y sin querer imaginarme nada, porque son mi familia y los quiero, y mi sobrino Marcos me tiene robado el corazón.

Llamo insistentemente porque no parecen escucharme y al final la puerta se abre.

—Marta, por Dios ¿Cómo estáis? No me habéis hecho caso ¿verdad?

—Daniel, gracias por venir. Tu hermano no está bien. Se empeñó en salir él a buscar alimento y agua. Nos ha cuidado y protegido lo mejor que ha sabido, pero no ha sido suficiente…—se encontraba abatida, y por lo que vislumbraba estaba enferma—. Se encuentra muy mal, Daniel. Ya no puede levantarse de la cama y…yo, yo creo que también estoy infectada.

—Os dije que cerrarais herméticamente todas las rendijas y que evitarais salir a la calle lo máximo posible. ¿Por qué no me habéis llamado antes?

—Ya sabes lo orgulloso que es tu hermano. No quería reconocer que estaba equivocado y hasta ahora no ha querido pedirte ayuda.

—¿Dónde está Lucas?

—En el dormitorio. Quiere verte.

Subí las escaleras con el corazón en un puño, ya sabía lo que me esperaba y me sentía totalmente abatido.

En el dormitorio mi hermano estaba en la cama, con las persianas bajadas porque la luz resulta insoportable cuando la infección ya está muy avanzada. Su imagen era deplorable. Mucho peor de lo que imaginaba.

—Lucas, tío, se te ve horrible. ¿Dónde puñetas te has metido todo este tiempo?

—Daniel…qué bien que has venido. Me alegra ver que no has perdido tu sentido del humor. Aunque tienes razón, debo tener un aspecto funesto…y nunca mejor dicho, ¿eh? ¿Se me ve tan lamentable como me siento?

—Peor…mucho peor. ¿Pero qué habéis hecho Lucas? Os avisé de las consecuencias y te di una lista con todas las medidas que tenías que tomar para proteger a tu familia. —miré a mi hermano,  con quien había crecido y vivido mil y una aventuras. Para mí era más que un hermano, era mi amigo, y verlo consumido por el morgellón me resultó desconsolador.

—Tienes que hacerme el favor de tu vida, hermano.

 —Sabes que haré lo que sea por ti, Lucas.

—Tienes que prometerme que vas a cuidar de Marta y de Marcos.

—¡Qué dices! Puedes hacerlo tú Lucas. No va a pasarte nada, hermano.

—Para mí ya es muy tarde, Daniel. Siento muchísimo no haberte tomado en serio y ahora ya es el final, al menos para mí.

No pude evitar mirarle a los ojos con una profunda lástima. Su globo ocular estaba ensartado de finos filamentos que le habían enhebrado los capilares venosos dando un rugoso relieve a toda la esfera del ojo. Mirarle a las pupilas era zambullirme en un mar de angustioso desconsuelo. Tenía que ser un auténtico martirio sentir cómo se te escapaba la vida, sin poder hacer nada y sufriendo una tormentosa agonía. No le veía el cuerpo que mantenía tapado entre las sábanas, pero había visto morir a más gente de la que quisiera recordar y todo el cuerpo se convertía en una pústula supurante que se iba sumergiendo en la carne hasta llegar a los órganos internos, infectando todos los sistemas: circulatorio, nervioso, renal…, y produciendo un colapso que llevaba a las víctimas a una lenta y dolorosa muerte.

—Te lo prometo, Lucas. —dije intentando contener las lágrimas que ya empezaban a brotar de mis ojos.

—Yo no pienso irme a ningún lado sin ti —dijo Marta entre sollozos porque no tenía intención de abandonar a su marido y había escuchado toda la conversación desde una esquina de la habitación.

—Marta, Marcos y tú tenéis que intentar sobrevivir. Mi hermano os ayudará, haced todo lo que os diga. —Lucas tosió y empezó a gemir porque los espasmos de la tos le provocaban dolores insoportables en todo su cuerpo.

—Yo no me voy sin ti. Daniel, quiero que te lleves a Marcos. Cuídalo y cuando todo termine iré a buscaros u os mandaré llamar.

Cuando miré a Marta sabía que no la volvería a ver. Estaba infectada y no tardaría en empezar a sufrir paradas en los diferentes órganos.

—Voy a hacer una cosa. Me llevaré a Marcos y lo desinfectaré y cuidaré y mañana volveré a por vosotros. Teníais que haberme llamado mucho antes. Buscaré un medio de locomoción para trasladaros hasta mi casa, allí tengo de todo lo necesario para subsistir durante una temporada larga.

—Gracias Daniel. Ahora vete y llévate a Marcos. No quiero que vea así a su padre… —se acercó a mi oído para susurrarme— no quiero que lo vea morir.

Le di un abrazo a mi hermano y otro a Marta. Sabía que era muy posible que no volviera a ver con vida a Lucas y el corazón se me hizo añicos.

—Tío Danieeel… —Marcos salió corriendo hacia mí en cuanto me vio aparecer bajando por las escaleras. Se tiró a mi cuello y sentir el calor de sus manitas me hizo estremecer.

—Marcos, estás hecho todo un campeón. Qué grande estás. —Me quedé mirándolo detenidamente y por suerte parecía que todavía no estaba infectado. Me sonreí porque me alegraba enormemente ver que estaba sano— Te vienes conmigo, ¿qué te parece campeón?

—¡Molaaaa…! ¿Hoy cenaremos pizza?

—Pues creo que estás de suerte, me queda alguna por ahí y si te portas bien haremos palomitas.

Pusimos a Marcos un pequeño traje aislante que confeccioné para él y salimos de su casa después de despedirnos muy emotivamente. En la calle se oían lamentos y quejidos en algunas viviendas, y los pocos transeúntes que íbamos caminando lo hacíamos casi sin mirarnos y a paso rápido; todos sentíamos miedo de los otros porque los saqueos y atracos se daban cada vez con más asiduidad.

—Marcos no te entretengas y no hables con nadie. Vamos directos a mi casa.

—Vale, tito Daniel —a sus seis años parecía ya un hombrecito y es que las circunstancias le habían obligado a crecer a pasos agigantados, sin colegio, sin meriendas en el parque, y rodeado de la terrible pesadilla que suponía saber que en cualquier momento podías caer preso de una enfermedad provocada por aquellos que tenían que haber velado por el bienestar de todos los ciudadanos.

—Dame la mano y no te detengas por nada del mundo, pase lo que pase. Ya sabes dónde guardo la llave de entrada a casa, por si yo tengo que quedarme rezagado por alguna cosa —delante de nosotros un grupo de jóvenes infectados se encontraba haciendo vandalismo callejero, habían arrancado la única papelera que quedaba en toda la calle y estaban prendiendo fuego al contenedor y a la basura que se encontraba amontonada junto a él. La expresión de sus ojos demostraba que ya todo les daba igual porque ya no tenían nada que perder y, posiblemente y viendo su actitud, estaban dispuestos a morir, lo tenían asumido, pero se llevarían por delante a algún que otro antes de sucumbir ellos.

—¡Mira la parejita! —dijo el que parecía tener la voz cantante—. ¿A dónde vais con tanta prisa?

—Marcos, no te entretengas. Sigue andando hacia casa y si tienes algún problema antes de llegar intenta ir a casa de Silvia. ¿Te acuerdas de dónde está?

—Sí, tito…Silvia vive a una manzana de aquí, ¿no?

—Exacto, campeón. Ve allí. —y me dirigí hacia el grupo de delincuentes que sabía que intentaban asaltarnos—. ¿Necesitáis algo? —intentaba ganar tiempo para que Marcos se escabullera y no le hicieran daño, pero intuía que estaba metido en problemas.

—Pues ahora que lo dices nos vendría muy bien ese equipo que llevas. Parece muy seguro. —dijo el cabecilla mirándome fijamente a los ojos para intentar amilanarme.

—A vosotros ya no os va a hacer falta. Estáis infectados. Pero podría proporcionaros comida si me dejáis llegar hasta mi casa —mientras hablaba con ellos vi como Marcos seguía andando escondiéndose entre los coches que estaban aparcados y pude respirar tranquilo al ver que se habían centrado en mí y habían pasado de él.

—¿Comida? Pues ahora que lo dices, ya puestos…nos vamos a quedar con tu equipo de protección y si no quieres morir aquí mismo, nos llevarás hasta tu casa para darnos la comida que tengas. A ti ya no te va a hacer falta. ¡Toño, joder! ¡Has dejado escapar al niño!

—Dijiste que te cubriera las espaldas y no es más que un niño…

—Vamos a hacer una cosa —sabía que lo tenía mal y no quería hacer daño a nadie. Siempre me pasaba lo mismo, daba igual que intentara evitar los conflictos, siempre me veía envuelto en ellos; no sabía por qué. Por suerte había aprendido a utilizar las armas de fuego. No sería un buen conspiranoico si no me hubiera hecho con una para defenderme de todos esos monstruos que al final se habían materializado—.  Vosotros me dejáis irme y yo no os hago daño a ninguno. —el arma la llevaba estratégicamente guardada en los guantes, empuñada por mi mano derecha, y odiaba tener que utilizarla y volver a agujerear el guante, pero…si no había más remedio…

—Pero qué chulo eres, pedante de mierda —el muchacho se dirigió hacia mí sin saber el destino que le esperaba. Tal vez estaba a punto de hacerle un favor porque su aspecto era deplorable y las llagas y pústulas empezaban a invadir todo su cuerpo.

—Te avisé, muchacho…—y no tuve que apuntar tan siquiera, porque lo tenía delante de mí. Disparé y cayó al suelo. Apunté al tal Toño, pero me miró horrorizado porque seguro que no esperaba morir esa mañana y de esa manera, y salió corriendo, al igual que el resto de compañeros. Yo no me molesté en seguir disparando. Tenía que ahorrar munición por si me volvía a hacer falta.

Ni siquiera quise mirar el cuerpo del infeliz que hacía un momento me había intentado atemorizar, los guantes los tenía agujereados y no quería ni pensar en contagiarme. Me dirigí a paso rápido hasta la casa de Silvia.

Cuando llegué el corazón se me aceleró. Hacía mucho tiempo que no veía a Silvia. Habíamos hablado por teléfono y hasta por Skype, pero en persona parecía que hubiera pasado una eternidad. Llegué hasta la puerta; me alegró ver que al menos ella me había hecho caso y mantenía su casa herméticamente cerrada, y llamé a la puerta.

Cuando se abrió, ahí estaban los dos. Silvia, guapísima como siempre, y Marcos cogido de su mano, y en sus manos, dos maletas.

—Tito, Silvia dice que si puede venirse con nosotros.

—¿En serio? —no me lo podía creer. Se lo había sugerido más de una vez y nunca lo había conseguido y ahora, aparecía de la mano de Marcos. Me parecía un sueño y esperaba que al menos tuviera un buen final.

—¡Claro! Vámonos.

No sabía por cuánto tiempo el gobierno nos permitiría seguir viviendo así, pero mientras pudiéramos…le plantaríamos cara a la adversidad y viviríamos, aun en contra de todos los pronósticos.

6b (9)

Anuncios

4 comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.