Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Delfines como los de Brasil

Juan suspira, es un suspiro corto cargado de ansiedad. Mira a su alrededor con ojos grandes y chispeantes: las computadoras encendidas marcan el ritmo de su corazón, las coordenadas del espacio y la temperatura corporal. Los cables enchufados en sus manos garantizan la llegada de vitaminas a su cuerpo. Tiene la mejor nave del mundo. Se siente algo cansado pero no le importa porque cuando mucho puede dormir en el viaje. Va a ser muy largo, como la vez que fue a Brasil con sus papás, así de largo.

—¿Cómo estás, corazón? —le pregunta la mamá interrumpiendo sus pensamientos.

—Bien —dice apretando la mano de ella.

—¿En qué pensabas tanto recién?

—En los delfines que vimos cuando fuimos a Brasil. ¿Te acordas?

—¡Claro que me acuerdo! Eran tan lindos nadando en ese mar.

—¿Vos crees que a donde viajo voy a ver delfines? Yo creo que sí, esta nave parece mucho más poderosa que el auto de papá. Aparte voy a viajar mucho más lejos que Brasil.

—Seguro que vas a ver un millón de delfines —responde su madre conteniendo la voz para que no se quiebre.

—Má, ¿la máquina de papá viajaba al mismo lugar que yo?

—Sí, era muy parecida. Un poco más grande pero no creo que tan rápida como la tuya.

—Esta va a ser la nave más rápida de todas. Cuando arranque sácale una foto y mostrásela a Male. Le prometí una de la nave arrancando.

—Está bien, mi amor. En cuanto arranque, le saco.

En ese momento entra uno de los científicos doctores y se pone a hablar con su mamá. Juan no presta atención a lo que dicen, solo le importa mirar su nave. Mientras observa cada cable conectado en su cuerpo siente un retorcijón de panza. Como aquella vez que se subió a un avión por primera y única vez. Entonces le da hambre de una hamburguesa gigante con papas, como esa que comió con su abuela cuando vino a visitarlo.

—Juanchi, el doctor te tiene revisar para que esté todo bien. Mientras yo me voy a buscar a Malena que quería verte —dice su mamá y se va con pasos apresurados.

—¿Todo bien, Capitán? —El doctor se llama Rubén. Tiene la voz grave y muchas arrugas alrededor de los ojos. Fue él quien le explicó lo de la manchita en la cabeza y que para eso iban a tener que usar una nave que lo lleve a otro lugar en donde se la saquen y entonces pueda empezar la escuela lo más bien.

—Rubén ¿cuándo arranca la nave? —pregunta impaciente porque tiene muchas ganas de que esa máquina lo lleve a la velocidad de la luz, como ese chico del cuento que le leyó su mamá aquella noche que llovía mucho y no podía dormirse culpa de la manchita que le pellizcaba por dentro.

—Tranquilo, hay que tener paciencia. Estamos trabajando para que sea un despegue sin complicaciones de ningún tipo. —El doctor escucha su corazón, palpa su pecho, acaricia su cabeza rapada, le guiña un ojo y se va.

Juan se queda dormido tratando de imaginar cómo será el despegue. Al rato llega la mamá con su hermanita en andas, quien con sus gritos de alegría lo despierta.

—Hola, Male ¿te gusta mi nave? —le dice, refregándose los ojos. Malena tiene dos años, cuatro menos que él. Sus manitas se estiran hacia todos lados queriendo tocar los cables que rodean a Juan. La mamá tiene que apartarla cada tanto.

—¿Sabes que hoy a la mañana preguntaba por vos? Decía: ¿Juanchi? ¿Ande ta Juanchi? ¿No es cierto, Male? —Malena la ignora a causa de todos los ruidos y luces que rodean a su hermano.

—Mamá, ¿ves esos botoncitos de allá? Bueno, cuando venga Rubén apretalos rápido así la nave arranca. ¿Entendes?

—Sí, amor. No te preocupes que yo los aprieto —dice y sin querer deja caer unas lágrimas de sus ojos.

—No llores má. Voy al futuro pero vuelvo.

—Ya sé hijo, no pasa nada. Es que todas las mamis lloran cuando un hijo se va lejos como vos.

—Sí, pero vuelvo, vuelvo. No llores.

—Bueno, Capitán… ¿Esta listo? —dice el doctor entrando de repente. Se coloca a lado de la nave, acomoda los tubos con una mano y con la otra le aplica una inyección.

—¡Sí! —dijo Juan exultante. Su madre le da un beso de despedida y lo abraza fuerte—. No te olvides de sacar la foto —le susurra al oído ya en sueños.

—No te preocupes, corazón, que yo no me olvido.

Entonces un brillo intenso se apodera del lugar, la nave se eleva unos metros y con un fuerte impulso desaparece en un haz de luz con Juan dentro quien ya sonríe, imaginando los delfines que verá, como los de Brasil, pero mejores porque son del futuro y eso es resuper.

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