Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Pintar paredes

Adolfo se sienta sobre una de las butacas del colectivo dando la espalda al camino. El mismo colectivo que se toma desde hace más de veinte años para ir y venir del trabajo. Lleva puesta una camisa a rayas grises y negras, su gorra color verde casi apoyada sobre su cabeza, un jean gastado pero limpio y zapatillas blancas. «Estas son más cómodas para tu trabajo», le había dicho su esposa al regalárselas el último cumpleaños. Sobre los ojos sus lentes rectangulares pequeños, de marco dorado, le fabrican un escudo ante la miopía.

La tarde se apaga mientras vuelve a su casa. Mira por la ventanilla: la ciudad se acelera ante sus ojos. Piensa en su familia: dos hijos (uno de veinte y el otro de quince) y su mujer. Recuerda su edad: sesenta y tres años. No es viejo, tampoco joven, pero le quedan energías para seguir trabajando un poco más. Debe seguir.

Tiene calor así que se desabrocha un botón de la camisa dejando descubierto parte de su pecho; algunos pelos blancos asoman enredados en una cadena de plata con una cruz. De repente se siente cansado, más que cansado: agobiado. Se frota la frente y mira hacia abajo tratando de no pensar en nada pero piensa igual. Las manos le transpiran, entonces las seca sobre el jean. Como la vez que le tomaron la entrevista. Tenía cuarenta años y estaba nervioso, sus manos estaban igual que ahora solo que él se las secaba sobre un pantalón de vestir color azul, recién planchado por el chino de la tintorería.

Encargado de mantenimiento: debía reparar todo cuanto haya que arreglar en el edificio de la empresa, desde cambiar un foco de luz hasta solucionar goteos en las canillas de un baño. Cuando le avisaron de que estaba seleccionado lloró de alegría y abrazó a su mujer que también lloraba sobre su hombro. La vida se ordenó para ellos. Cambiaron la mesa y las sillas, comieron jamón y brindaron con vino los fines de semana. El sol brillaba alto y él se sentía valioso para el mundo.

Ahora, de repente, una lágrima después de otra cae por debajo de sus anteojos. Lo sorprenden y apresurado mete sus dedos temblorosos para secarlas, borrarlas del mapa de su cara. Al hacerlo siente las arrugas. Son profundas y curtidas —como un cuero viejo —, piensa mientras se acomoda la gorra, tratando de que con ese gesto la tristeza se esfume.

Los edificios desaparecen para darle lugar a las casas bajas de su barrio. Como siempre quedó solo en el colectivo, su parada es la anteúltima: una hora de viaje de vuelta y una hora de ida cuando el tránsito lo permite, si no son dos. El chófer lo saluda desde el espejo retrovisor. Adolfo baja.

En la casa todavía no hay nadie. Hilda, su mujer, llega un poco más tarde que él. Trabaja en un estudio contable como recepcionista. Sus  hijos también volverán sobre la noche. Mira a su alrededor y se da cuenta de que las paredes están amarillas —tengo que pintarlas— piensa.  El ruido del motor de la heladera le hace pegar un salto. Se percata de que le cuesta arrancar. Cuando se sienta, la silla que alguna vez fue nueva y firme ahora cruje, entonces tratando de esquivar ese ruido seco se saca la gorra, la deja sobre la mesa y calienta el agua para el mate.

Llega su mujer y su energía invade la casa. Ya no es un inmueble, ahora es algo que vive. Le convida un mate sin poder ocultar su verdad. Los hombros le pesan, la espalda le duele. Hilda lo abraza y Adolfo aguanta para no derramarse.

La noche se hace espesa. Ya cenaron y él ya habló con la familia. Ahora está en su cama mirando el techo, Hilda duerme. Es tarde. Mañana es miércoles. Ya programó su reloj como todas las noches solo que esta vez al levantarse se va a poner a pintar las paredes de su casa.

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