Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Salvador Montiel López (España)

La boda

Era evidente que Agustín y Gabriela estaban enamorados, y el salvar ese amor que se profesaban hacía que se sobrepusieran a los contratiempos que iban surgiendo. Pero no todo eran dificultades e incomprensiones. Desde el primer momento sus amigos no solo los animaron, sino que, según se acercaba la fecha de la boda, en la medida de sus posibilidades les ayudaron en lo que creyeron que estaban más necesitados, de dinero. Así Luis, el amigo de la infancia de Gabriela, no hizo un viaje que había proyectado hacer en el mes de agosto por varios países de Europa; y el dinero que tenía pensado gastar en ese viaje fue el regalo que hizo a los novios. También Mónica contribuyó con una buena parte de sus ahorros a sufragar los gastos de la boda. Los padres de Agustín, aunque no eran partidarios de que su hijo se casara tan joven y con el porvenir totalmente incierto, ayudaron económicamente a su hijo. Caso especial fue el de la hermana de Agustín, Verónica. Esta ya tenía varias cosas del ajuar para cuando se casara, que no sería más tarde de un año. De acuerdo con su novio, decidió regalar a Agustín varios objetos de su ajuar (una tabla de planchar, una vajilla de 18 piezas de porcelana, tres sartenes, dos ollas, un cazo, media docena de toallas, un maletín con herramientas, un microondas y una lavadora). En agradecimiento a esa generosidad, Gabriela propuso a su novio que Verónica fuera la madrina de la boda, y a Agustín le pareció muy bien. Y ya que había madrina, había que elegir un padrino, y decidieron seguir el mismo criterio: el de la generosidad. Por tanto, la elección recayó en Luis.

Todos los invitados a la boda eran jóvenes, pues al no querer asistir los padres de la novia, Agustín pidió a sus padres que tampoco asistieran, para que Gabriela no lo pasara mal echando de menos a los miembros de su familia, los únicos que brillarían por su ausencia. De esta forma, solo un grupo de amigos acompañaron a Agustín y a Gabriela en su boda. Además de Luis y Mónica, muy amigos desde siempre de Gabriela, también estaban las gemelas Gloria y Cristina, y César, el hermano de estas; las hermanas y el futuro cuñado de Agustín —Verónica, Coro y Alfredo—. Gabriela también quiso invitar a Manu, que compartió con ella mesa en la cena del hotel Los Descubridores el día que conoció al que ya era su marido, y a Adrián, el hermano de Manu; y a los conocidos de Huelva que estaban en Madrid por motivos de estudio como Javier y Conrado. Este había telefoneado a Marta para que viniera a Madrid y le acompañara a la boda. La chica no lo dudó. Y así Conrado estuvo acompañado por Marta y por sus primos Pablo y Elena.

Como era habitual en él, don Aurelio fue breve en la homilía y sin irse por las ramas. Comenzó refiriéndose poéticamente al pueblo serrano donde se estaba celebrando la boda:

—Sito en el corazón mismo de la Península, donde la vista se tropieza con montañas, con un paisaje totalmente distinto del que se contempla desde los cabezos de El Conquero onubense, y sin palpar en la propia carne el salitre que lleva la brisa marina ni olfatear el olor inconfundible de las marismas del Odiel. Aquí el cielo se siente cercano en las cumbres de las montañas; allá, en Huelva, es en el lejano horizonte donde vemos unirse el mar con el cielo. Gabriela y Agustín, nacisteis en aquel rincón de España como el Tinto y el Odiel, y como estos dos ríos que se unen para continuar su curso hacia el mar, ahora vosotros habéis unido vuestras vidas para caminar juntos hacia ese océano de felicidad que es el amor compartido de los esposos. Hemos hablado de ríos y de matrimonio, y no sin razón alguna, pues hace tiempo oí una metáfora que hoy os digo: “El matrimonio cristiano son las dos orillas de un río, y el puente, Dios. Mientras subsista el puente, siempre estarán unidas las orillas”. Ni las montañas tocan el cielo ni en la línea del horizonte se unen cielo y mar, pero sí estaréis en las fronteras del cielo viviendo santamente el matrimonio que hoy contraéis.

Después comentó el milagro de las bodas de Caná, acabando la homilía con las siguientes palabras:

—Que Dios os conceda el vino nuevo de la ilusión en la formación de vuestro hogar; el mejor vino de la caridad con todos los que os encontréis en el camino de la vida; el vino bueno que nunca se avinagra de la alegría y del humor; el vino espléndido de los hijos, recibidos como regalos maravillosos del Cielo; el vino oloroso de vuestras buenas obras; y el vino generoso de mutua entrega.

Para festejar la boda, los novios y sus invitados se trasladaron a La Acebeda, que como su nombre indica es lugar de acebos, aunque el pueblo sea más conocido por sus pinares, ya que en la época otoñal se ven muy concurridos por buscadores de setas. En La Posada de los Vientos, un mesón rústico y romántico, construido en el siglo XVIII para casa de labranza, pajar y vivienda, y con un ambiente acogedor, tuvo lugar la cena. El primer plato fue un salteado de boletus edulis —la seta más común de la zona— con cebolla, jamón y panceta, y condimentado con ajo picadito, sal, pimienta y vino blanco, que algunos comensales, especialmente Marta, dudaron comerlo por eso de tratarse de setas, y que además no tenían la garantía de haber sido compradas en un hipermercado. Pablo, al darse cuenta de los temores de Marta, que estaba sentada entre Conrado y él, le dijo bromeando:

—No te preocupes. Si esta noche tienes diarrea y vómitos, nos avisas y te llevamos a urgencia del hospital La Paz, que está ahí al lado, a 85 kilómetros.

—No le hagas caso, Marta. El pobre de mi primo ha tenido la desgracia de nacer una sola vez y haber nacido tonto —terció Conrado.

La chica se echó a reír, y superados sus temores, comenzó a comer el salteado de setas.

El segundo plato consistió en un churrasco de ternera, con la particularidad de que cada comensal se lo asaba a su gusto en el horno situado en un extremo del comedor. Para beber, un vino tinto de La Rioja. Y de postre, la tradicional tarta y la copa de cava.

La sobremesa, con abundancia de brindis, se alargó hasta entrada la madrugada. César y Adrián, presentadores del show, hicieron de las suyas, pero en ninguna de sus gracias —chistes, bromas…— hubo algo fuera de tono o chabacano. Alfredo, con más voluntad que arte, cantó algunos fandangos. Javier recitó un extenso poema sui géneris. Después, Agustín y Gabriela, ambos emocionados, tuvieron palabras de agradecimiento para sus amigos, pues sin su ayuda quizás no hubiera sido posible su boda. Y un ¡vivan los novios! fue el punto final de la grata jornada, vivida con mucha alegría por aquel grupo de jóvenes.

(Del libro Brisa de primavera)

Rubén sampietro (1).png

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