Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Moth (España)

El dinosaurio y la bruja

Cuando despertó, el dinosaurio aún seguía allí, acostado junto a él, tal y como lo había visto la noche anterior justo antes de que apagaran las luces. Le miraba a los ojos fijamente, e imitaba todos sus movimientos, como si quisiera burlarse de él. Y a pesar de que sabía que no era real, en el fondo lo temía, aunque la mayor parte del tiempo no recordaba por qué.

Muchas veces ni siquiera le parecía un dinosaurio. No tenía cola, ni escamas, ni garras, ni nada de lo que recordara a los dinosaurios de sus libros. Pero era feo, grande, gordo y aterrador, y la arrugada piel de su torso y de sus piernas estaba teñida de un verde pálido. No podía ser otra cosa.

Él ya casi no comprendía nada de la vida que tenía antes de que el dinosaurio se le empezara a aparecer cada mañana; de ella únicamente quedaban retazos, muchas veces soñados o entremezclados con los delirios que su imaginación le presentaba cuando gastaba los días mirando el techo desde la cama. Pero en ciertas ocasiones, en sus escasos momentos de lucidez, lo recordaba todo, y sabía qué había sido de él y cómo había llegado allí.

—Todo comenzó aquel día —se puso a relatar una vez—, el día del tren, el día de la bruja…

»Recuerdo que llovía. Las botas de mi madre estaban mojadas. Mis zapatos también. Ella estaba sentada a mi lado, hablando por teléfono; supongo que por eso no vio a la bestia que se acababa de sentar delante de nosotros. Tenía el pelo negro y liso, y los ojos brillantes como la piel de una serpiente. Y su nariz… era una nariz larga, afilada, inhumana… Era una nariz de bruja.

»Mamá siempre me llevaba cogido de la mano, aunque no entendí hasta mucho después el porqué. Para mí era un modesto símbolo de nuestro vínculo imperecedero, pero en realidad era una correa velada, un candado de huesos disfrazado de piel cálida. Una atadura que ella consideraba necesaria. Pero ese día se quedó absorta en su conversación telefónica, que había estado esperando algún tiempo, llevaba bolsas en una mano, y el móvil se le escurrió por el hombro y utilizó la otra para colocárselo, y no se percató de rehacer la unión.

»Para mí fue una señal: era libre para actuar, antes que fuera demasiado tarde y la bruja nos hechizara a todos. Nadie más se había percatado de la presencia de aquel despreciable ser; eso significaba que su maleficio estaba casi consumado, y que solo yo quedaba fuera del círculo y estaba aún libre de su merced. Eso me dio coraje.

»Las brujas perdían su poder si se les cortaba la nariz. Por ello, sin que me viera, saqué las tijeras del estuche de mi mochila y de un salto me lancé contra ella. La magia de la hechicera era más fuerte de lo que había pensado, y mis tijeras no consiguieron cercenarle la carne, pero la hicieron chillar y sangrar, mucho más de lo que había visto sangrar a nadie antes.

—¿Qué pasó después?

—No recuerdo qué pasó después, pero sé que mamá no volvió a soltarme nunca de la mano.

—¿Y después?

—Mamá murió poco después.

—¿La echas de menos?

—Mucho.

Él lloró amargamente el día en que su madre se marchó. Lloró y lloró por haberse quedado solo en el mundo, pero nunca lloró por ella ni la llegó a echar de menos, pues desde el incidente había un brillo de recelo en el fondo de los ojos de la mujer que lo desordenaba por dentro y que no podía soportar. El principio fue duro, pero el chico pronto se acostumbró a su nueva libertad, a crecer sin miradas desaprobadoras y a caminar con las manos sueltas.

Su segundo encuentro con una bruja ocurrió algunos años después, durante una clase en el instituto. Su profesora estaba delante de él, en un momento se inclinó y Él vio un bulto negro asomando por su blusa. Alargó la mano y le abrió de un revés las costuras del cuello.

–¡Una verruga! ¡Una verruga enorme y asquerosa! —gritó—. Es una bruja, una bruja.

Tal fue la vehemencia con la que pronunció estas palabras que un frenesí vesánico se contagió al resto de los alumnos, que huyeron del monstruo chillando e irrumpiendo los unos en los otros como una estampida. Después de todo el pavor que había provocado, la bestia sin embargo no se defendió, no enseñó las fauces ni se abalanzó sobre el muchacho, sino que se quedó muy quieta, con los ojos bien abiertos, y, ante la enorme sorpresa de Él, se puso a llorar. Ni él ni sus compañeros volvieron a verla nunca más.

El desenlace inesperado de su segunda batalla cambió por completo su visión del mundo; las lágrimas de la bruja le descubrieron una verdad que su entendimiento jamás le había dejado adivinar y que, aún ahora, solo podía comprender en términos vagos y exaltados. Ese día se dio cuenta de que en aquellos seres contra los que creía tener que luchar no había vileza depredadora, ni verdadera maldad; su condición teratológica y su villanía les venían impuestas. Eran monstruos, sí, pero eran víctimas de su propia monstruosidad. Sin embargo, nada de esto le alivió.

«¿Cómo pueden vivir así? —se preguntaba—, ¿cómo pueden salir a la calle y dejar que la gente les vea?, ¿cómo soportan el miedo que provocan en los niños, el desprecio que inspiran a los adultos? ¿Acaso no son conscientes de su estado? ¿Acaso no saben la verdad sobre ellos mismos? No, no puede ser; si la supieran, no se atreverían a dejarse ver».

Ante tal injusticia le dio un vuelco el corazón. Desdichadas criaturas, viviendo una mentira, ignorantes de su afección, perpetuando sin darse cuenta su propio sufrimiento. Él no pudo soportar tanta desgracia y se prometió a sí mismo ayudarles, ofreciéndoles lo que el mundo tan asiduamente les negaba: la verdad.

Él se pasó la vida cumpliendo su promesa. Sin escatimar en detalles y con un vocabulario riguroso, Él describía a estas pobres almas la repugnancia física y psicológica que provocaban en las personas que las rodeaban; daba igual que fueran amigos o desconocidos, que se los cruzara por la calle o que se sentara junto a ellos en el tren, que fueran adultos o niños. Nunca se detenía hasta que les hacía llorar, porque solo entonces sabía que habían comprendido.

­—No importa lo que te pongas. Si hoy te has atrevido a salir a la calle porque crees que con ese peinado y ese vestido estás guapa, te equivocas. Eres fea y obesa, y hiedes.

Ninguno se defendía. No podían. Había un ímpetu en su voz que les dejaba conmocionados; no mostraba ni la más leve muestra de burla, ni de odio, ni el más mínimo titubeo. Su conciencia estaba tranquila y sus palabras eran neutrales, certeras, frías y contundentes como un mazo. Eso era lo que les desarmaba y les sacaba las lágrimas: la realidad de la sustancia. Lo gélida y amarga que era su convicción.

No obstante, no todos salían malparados del golpe de su juicio. Su heroico sentido de la justicia, de la congruencia de sus actos y del equilibrio cósmico le imponía aplicar los mismos principios en ambos lados de la balanza. Su deber era difundir la verdad, destapar la realidad, pero la realidad no es igual de cruel para todos. Y, si no había clemencia para los desgraciados, Él tampoco se privaba nunca de constatar la belleza de aquellos alcanzados por su gracia.

Para muchos de los afortunados, las palabras de Él no eran más que un bonito detalle, a veces una impertinencia, a veces una constatación innecesaria.

No fue así para Eeya. Para Eeya, fue una epifanía. Igual que los malditos, Eeya no era consciente de su naturaleza hasta que Él se la mostró. Se sintió como si le ofrecieran una fortuna; en realidad, fue como si le desenterraran un tesoro del pecho. Él la vio un día lluvioso, sentada de frente en un tren, preciosa y radiante, y le dedicó palabras tan gigantes pero tan sinceras que las mejillas de Eeya se tiñeron de los colores del mundo y se le abrió un hueco en el corazón.

Antes siquiera que llegaran a la siguiente estación, ya se había enamorado, y tan solo unos meses después se casaron. Él mantenía el fuego encendido día tras día: alababa su pelo, su rostro, su voz, sus senos y sus piernas, y Eeya nunca se cansaba de oírlo. Poco después, tuvieron una hija, a la que llamaron Hella.

Aquel día, el día del alumbramiento de su hija, fue el más horrible de la vida de Él.

—¿Por qué lo hiciste, Él?

La mujer de la bata blanca sentada al otro lado de la mesa le miraba fijamente, con los ojos brumosos y un doblez entre las cejas.

Él conocía los hechos, pero solo le quedaban palabras infames para describirlos.

—La bruja nos hechizó. Yo la quería, las quería a las dos, pero su magia era más fuerte. No pude hacer nada para evitarlo. Ella no merecía algo así, ella no, ella no. Hella merecía ser bonita, como su madre, pero sus ojos estaban hundidos, su frente abultada… Su boca era oblicua, desigual… ¿Quién querría besarla alguna vez?, ¿quién la amaría cuando nosotros no estuviéramos? Era un monstruo. La bruja la convirtió en un monstruo. Y yo no podía permitirlo, no podía dejar que se saliera con la suya… Lo entiende, ¿verdad? ¿Qué padre haría algo así? Yo solo… solo hice lo que tenía que hacer. Si no, sé que Hella jamás me hubiera perdonado.

El hombre rompió a llorar y se derrumbó sobre la mesa. La mujer inspiró y su voz se llenó de hielo:

—Él, ¿por qué mataste a tu hija?

Ambos se miraron a los ojos un momento, con los párpados temblando de esfuerzo; ella, por mantener la firmeza; él, por buscar la palabra que hiciera comprender las razones de sus actos.

—Por amor.

La doctora se incorporó, cerró su libreta y sin decir nada más salió de la habitación. Al abandonar su silla, Él observó con pavor como el dinosaurio, que había estado todo el rato escondido tras ella, se ponía a imitarlo. Le veía llorando falsas lágrimas con la cabeza tendida sobre la mesa, como él.

—¡Por favor —gimió—, no me dejen a solas con él! ¡Por favor, NO ME DEJEN CON Él!

Los gritos, amortiguados por los muros blancos y las puertas cerradas, siguieron oyéndose hasta mucho después de que apagaran las luces.

«A veces te despiertas y miras al techo, y de pronto el tiempo parece pararse, o ralentizarse, o qué se yo. Simplemente, de pronto te das cuenta de que tu vida ha estado pasando sin control, sin pausa, segundo a segundo, como los granos de un reloj de arena; y entonces te despiertas y miras el techo y lo ves todo. Qué ha sido de ti. Cómo has llegado hasta aquí. El mundo se detiene y solo entonces te das cuenta de lo rápido que gira.

»Solo en ese momento sabes que eres. Y qué eres. O que fuiste, y qué fuiste, o qué sé yo.

»Yo no sé nada».

El dinosaurio me sigue observando, pero en este momento no le temo. El mundo está quieto, no hay tiempo, no hay movimiento. Él no puede hacerme daño.

Imagino lo que digo en mi cabeza, lo dibujo en el aire, y de pronto me doy cuenta de que no sé cómo escribir él. ¿Con é? ¿Con É? ¿Dinosaurio se escribe con e?

El dinosaurio, gordo, feo y monstruoso, me mira y niega con la cabeza. Está tumbado, arropado con mis mantas, en mi cama; pero la imagen está lejos, en la pared. Detrás puedo ver la misma ventana que queda a mi espalda, y por ella el mismo paisaje, el mismo cielo.

A veces sé lo que es, pero solo a veces. El resto del tiempo es un fantasma. Una imagen espectral. Pero en esos escasos momentos de lucidez que me sobrevienen como arcadas, me doy cuenta de que es mi reflejo.

Es entonces cuando el corazón se me desboca y grito e intento huir, pero choco contra las paredes, y estas me golpean con su lento avance, con su estoica inmovilidad. Y sangro. Y es por eso por lo que el dinosaurio parece una cicatriz viviente cuando vuelve a mirarme. Rojo y verde, rojo y verde.

Sangre y piel.

Y entonces lloro.

—¿Por qué me dejaron sufrir así? —grito con todas mis fuerzas—, ¿por qué me dejaron vivir en una mentira?, ¿por qué mi padre no hizo lo que tenía que hacer?

En el espejo, el dinosaurio llora conmigo. Pero no siento lástima por él, ni la más mínima compasión. Le odio. Le odio y desearía no volver a verlo más.

Entonces cierro los ojos y rezo. Suplico y lloro con tanta fuerza que pronto me quedo seco y el sueño viene a por mí, como el lobo de un cuento.

Cuando despierto, el dinosaurio aún sigue allí.


Sígueme en https://rainheartedmoth.wordpress.com/

Rubén sampietro (1)

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2 comentarios

  1. ¡Qué grande! A partir del micorrelato de Monterroso has hilvanado una pequeña historia dura y consistente, como una realidad que se pliega sobre sí misma y en cada pliegue hay un guiño a un mito, o a un cuento de brujas y maldiciones. Sencillamente maravilloso.

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