Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Susana Serrano (Colombia)

La legión de la luz

La noche se cernía sobre el Bosque del olvido, las voces cantantes de los forowels se mezclaban con el viento y creaban un eco espeluznante que se arrastraba bajo la neblina, hasta alcanzar el tronco del Gran árbol, donde, bajo la plateada luz de la luna, se llevaba a cabo la reunión de La legión de la luz, protectores y reyes del lugar.

Zaton, un azulu de grandes alas verdes, siendo el actual regente, precedía la sesión. Estaba sentado en la cabecera de una larga mesa ovalada, con su mujer enfrente de él, viéndolo de manera penetrante con sus enormes ojos grises, de pestañas largas y curvas.

Zaton se sintió increíblemente cansado, la vejez le había llegado de golpe, lo que significaba el fin de su era, según las leyes establecidas en su pueblo. A pesar de que su pelo blanco, la barba gris y sus alas de un pálido verde musgo le daban un aspecto de sabiduría absoluta y generaban en los demás una sensación parecida a la que causaban los libros de hojas amarillas y quebradizas de las bibliotecas, había llegado la hora de ceder el puesto, pero ¿a quién?

Soria, su esposa, se lo había recalcado el primer día en que le había encontrado una cana y veía como se quedaba atrás mientras volaban por el bosque.

—El árbol ha hablado Zaton —le decía con dulzura—, es hora de que pases la batuta. El árbol te quitó las fuerzas para pelear por la luz, ya hiciste todo lo que podías hacer por nuestro pueblo.

Él ya lo entendía y lo había aceptado, por lo menos hasta cierto punto. Pero no sabía a quiénes postular para su sucesión. Nadie parecía ni listo ni digno y no quería sacrificar a nadie.

—Señor Zaton —habló Auri, una de las más sonadas para obtener su posición. Inteligente, sagaz, segura, querida por toda la comunidad. Pero había algo en ella que a Zaton no le convencía. Sus alas eran más pequeñas que las de un azulu normal, porque no era pura y eso la volvía un poco más lenta, menos resistente y menos fuerte. No quería desmeritarla por la combinación en su sangre, eso había creado seres increíbles como su propia esposa, una forowel, pero eso sería un problema para ella al momento de intentar traer la luz—. Señor, debemos tomar una decisión pronto. La noche de la luz es mañana y hacer el cambio es pertinente.

—La señorita Auri tiene razón —dijo Taiku, el más joven en la mesa, cuatro años en servicio y ya se había aprendido el nombre de todos en el pueblo, las leyes de todo el árbol, los rituales y las fechas importantes. El único problema suyo, su edad. Sus alas no habían crecido lo suficiente, lo que hacía que se cansara más rápido y todavía no eran lo suficientemente verdes para generar respeto por parte de los demás aldeanos y ocultarlo de los enemigos. De pronto dentro de veinte años más, si el árbol así lo deseaba—. Debemos tomar una decisión pronto. No queremos presionarlo, señor Zaton, pero ha llegado la hora.

Zaton se levantó de su asiento y miró a su mujer, que no le había quitado los ojos de encima desde que se habían sentado. En el fondo ella temía que intentara autopostularse, para no mandar a la muerte a ninguno de los comensales allí presentes. Si eso llegaba a pasar, ella utilizaría el poder que le brindaban las costumbres de su pueblo y lo vetaría como guerrero.

La cultura azulu, por suerte para Soria, brindaba voz y voto a la pareja del regente. Consideraban de vital importancia su participación dentro de lo que se decidiera para el pueblo y se les otorgaba un nivel de poder muy alto. Se creía que esto garantizaba equilibrio, por los diferentes puntos de vista con el líder y por la intimidad entre ellos, que creaba confianza y compañerismo. Al momento de escoger un sucesor, su pareja y la relación que tuviera con ella o él se convertía en parte de la ecuación.

Se creía que, así como el regente tratara a su ser querido, así mismo manejaría el poder y se acercaría al pueblo. Era por ese motivo que Yusef y Zérifa habían quedado fuera de las posibilidades. El primero tenía serias acusaciones de maltrato hacia su pareja y la segunda había sido acusada de abandono a su familia. Ninguno debería de estar sentado en esa mesa, pero no se tenía un dictamen de culpabilidad, por lo que podían seguir asistiendo a la plenaria.

—Queridos colegas —empezó Zaton, sin tener todavía una elección clara—, el día de hoy se cumplen cuarenta y tres años de mi reinado, uno de los más cortos, diría yo, pero me gustaría pensar que con la misma prosperidad que los anteriores —todos sonrieron—. Según lo pueden ver en mi aspecto, el árbol ha considerado que mi ciclo ha llegado a su fin y me ha quitado mi juventud. Según él, he hecho todo lo que podía hacer por este sitio y dado todo lo que podía dar, por el bien de nuestro pueblo y ha llegado el día para escoger un sucesor. —Los ojos de los presentes se alumbraron y durante una milésima de segundo, cada uno alcanzó a imaginar su vida siendo el regente del Bosque del olvido —. Según nuestras más santas leyes, desde la era de los Wanf, los primeros azulus en volar hasta este bosque y considerar este árbol un hogar, aquellos que sean preseleccionados como posibles sucesores, deberán volar hasta el límite del Bosque del olvido, adentrarse en la guarida de piedras y traer la luz que alimenta nuestro mundo y que nos fue arrebatada.

Todos se tensionaron. Desde niños habían crecido con la historia de los grandes guerreros que habían logrado alcanzar la guarida, tomado la luz y volver al árbol, para depositar el dorado polvillo en las raíces y dar vida al pueblo del olvido.

—Si ninguno de los guerreros regresa se hará otra selección —dijo de forma fría—. Ante estas circunstancias… —“no quiero hacer esto”, pensaba Zaton mientras hablaba— he decidido… —Miró fijamente a los ojos de su mujer, sabía que no le dejaría hacer nada por fuera de lo que se tenía planeado. “Escoger los guerreros que pelearán por la luz y quien regrese será el regente, igual que pasó conmigo”, se recordó —he decidido escoger a cuatro de los ocho presentes.

La emoción se hizo palpable. Hubo un murmullo de voces, nadie parecía percatarse de la tristeza que invadía a Zaton.

—Zérifa, Yusef, Taiku, Auri, Glof, Reiyu, Eri y Weta —enlistó Zaton—, ustedes han sido quienes me han acompañado durante este gobierno. Unos están desde los inicios, otros llegaron más tarde, pero cada uno brindó su conocimiento para hacer de mi mandato algo mejor que solo el paso de un azulu por el poder.

Sus palabras, aunque con cierto grado de verdad y dichas con mucho cariño, eran frases de cajón para ganar tiempo, para decidir a quiénes mandar por la luz. Finalmente la voluntad del árbol escogería al regente, pero no podía ofrecer una preselección mala, eso le podría costar la vida y el prestigio de su nombre. Zérifa y Yusef quedaban por fuera del listado. Quedaban seis, ¿Taiku? Demasiado niño, quería que tuviera el chance de vivir y de intentarlo mejor más adelante, con más experiencia, ¿Eri? Era una buena azulu, pero era muy ingenua, confiaba demasiado en los demás, no existía malicia en su corazón y para regir debías comprender que no todos eran tus amigos.

—Es por eso que he decidido que los guerreros que irán por la luz y podrán convertirse en el regente del Bosque del olvido serán — “el árbol los guiará, el árbol decidirá, si algo les pasa no será mi culpa” se repetía Zaton para sí —Auri, Glof, Reiyu y Weta.

Los nombrados lanzaron un grito de victoria, se levantaron de sus asientos, se abrazaron entre sí y aplaudieron su buena fortuna. Luego se despidieron de sus compañeros, agradecieron a Zaton por la oportunidad y se fueron a hacer los preparativos para su salida al día siguiente a la guarida de piedra.

Cuando todos salieron del lugar Yusef se puso en pie.

—Señor Zaton, con todo respeto, está tomando una terrible decisión. Está mandando a esos pobres chicos a la muerte. Zérifa y yo llevamos más tiempo en el cargo, ¿por qué no nos escogió?

—A pesar de su longevidad y su buen servicio, ambos tienen severas acusasiones por maltrato a sus seres queridos. No sería correcto haberlos nombrado y el árbol podría haberme acusado a mí de enviarlos a morir y no haberlos seleccionado porque los consideraba dignos del cargo. Podría haber caído sobre mí la desgracia.

—Está bien, señor Zaton —respondió Eri aún sentada, procesando la situación. Tenía grandes esperanzas de quedar seleccionada— pero ¿por qué seleccionó a Reiyu? Es egoísta, arrogante, combativo.

—Es fuerte, con ideas claras y con la capacidad física de combatir. En contraparte su mujer es amable, de buen corazón y él la escucha.

—Pero con poder puede convertirse en alguien malo —siguió discutiendo Eri, conteniendo las lágrimas.

—Yo los entiendo —dijo Soria poniéndose de pie y caminando para reunirse con su esposo—, es doloroso no lograr la meta de ser seleccionado, no tener el honor de salir del árbol y buscar la luz que nos devuelve la esperanza y la vida. No poder luchar para convertirse en el rey de este bosque. Pero, eso no significa que no puedan trabajar por su pueblo. Pueden crear un cambio aunque no estén en el máximo puesto.

Taiku se levantó de su asiento y se fue volando sin despedirse. Los demás no seleccionados se despidieron de los presentes y partieron. Todos querían dormir, mañana sería un día largo, a la espera del guerrero que lograra regresar con la luz.

A las cinco de la tarde, cuando el sol ya empezaba a bajar y a ocultarse tras las montañas, los guerreros se encontraban en la copa del Gran árbol esperando la señal de salida. Toda la comunidad se había aglomerado en el sitio para despedir a los guerreros. Los forowels, con sus hermoso cuerpo con pecas cafés y los ojos grises, entonaban cánticos de guerra, los familiares azulus se despedían de sus familiares, con el miedo de no poder volverlos a ver, los crocnuts, bajos, verdes y de ojos saltones, hacían apuestas por lo bajo, la mayoría apostaba por Auri.

Alejado del público estaba Zaton, sin ánimos de salir a dar comienzo a la tradición. Soria a su lado trataba de calmarlo.

—Son nuestras costumbres. El árbol decide y no es tu culpa si mueren —le dijo con una sonrisa mientras le quitaba un mechón de pelo que le había caído a la cara—. ¿Vamos?

Zaton se dejó guiar por su mujer y ambos volaron con lentitud hasta quedar frente a los guerreros y los que habían llegado a despedirlos.

—Hoy es un día de fiesta. Hoy es el cambio de una era. Gracias a los valientes guerreros que han decidido aceptar la misión y lucharán por traer la luz de vuelta a casa y convertirse en el regente de este bosque por el tiempo que lo decida el destino. —Todos aplaudieron, los guerreros se dieron ánimos entre ellos, se despidieron de sus familias y alzaron el vuelo para estar a la altura de Zaton—. Les deseo lo mejor y recuerden, el árbol los guía. Paré ug agnur, que comience la búsqueda.

Y dicho esto los cuatro guerreros emprendieron la carrera hacia el límite del bosque. Lo único que debían hacer, según los textos antiguos, era seguir el cauce del río en contracorriente. En algún punto los árboles dejarían de existir y solo habría campos de hierba y en medio de ellos la guarida de piedra.

A mitad del camino Auri tuvo que detenerse en un árbol a tomar aire. El trayecto era más largo de lo que ella había pensado. El pecho le ardía y las alas le dolían mucho. Nunca había tenido que forzarlas tanto. Su linaje no era de azulus puros, ni siquiera era una forowel. Su padre era un crocnut, un ser que no podía volar, era un milagro que le hubiera crecido alas, pero en estas circunstancias se notaba la diferencia.

—¿Estás bien, Auri? —le preguntó Glof, siempre había sido el más amable de todos.

—El pecho me arde, pero estaré bien.

—Oye Auri, retirarte no es deshonroso, ni tampoco algo para avergonzarse. Tu vida es primero, hay gente que te espera en casa.

—A todos nos esperan en casa —gritó Reiyu desde una rama superior, él también se había detenido—, pero solo uno volverá, ¿nunca se han preguntado por qué? ¿Por qué solo uno de los guerreros regresa a casa?

Sus ojos se habían desorbitado, había bajado a la rama donde estaban ellos y se acercó de forma amenazante.

—Hay teorías que plantean que todos se vuelven locos entre más lejos estén del árbol y solo quién logra mantenerse cuerdo y volver, se le es entregada la luz en una reunión secreta y se convierte en rey. Hay otros que dicen que la luz es la sangre de los guerreros y que el rey es aquel que sobrevive a la lucha contra sus compañeros y lleva la sangre para alimentar al árbol. —Reiyu sacó un cuchillo y se acercó a Auri—. ¿Tú qué crees?

Una piedra golpeó a Reiyu en la cabeza y lo hizo voltear indignado y molesto.

—Deja de fastidiar Reiyu —habló Weta desde las alturas—, mejor concéntrate en volar más rápido a ver si logras vencerme. —Y emprendió la carrera río arriba, en dirección a la guarida de piedra.

Reiyu, furibundo, alzó el vuelo y la alcanzó en cuestión de segundos, olvidando todas las teorías que había planteado antes. Glof también agitó las alas y se alejó de la rama. Antes de ir más lejos volteó a mirar una vez más a Auri, quien le hizo una seña para que siguiera su camino.

Pasados unos segundos ella también se puso en marcha, más lenta que los demás, pero con el mismo ímpetu. Auri entendía que lo importante no era llegar de primera, sino lograr regresar al árbol.

Al alcanzar el límite del Bosque del olvido la luz del sol ya había desaparecido. Divisó en la distancia una gran construcción de piedra, donde en el interior alumbraba una luz dorada como la de las historias.

Auri se deslizó con fluidez por entre las sombras, tratando de no volar muy cerca al suelo, porque algún animal podría intentar comerla y se dirigió a la guarida de piedra que se alzaba en medio del campo.

Auri nunca olvidaría lo que vio esa noche en ese sitio. Al entrar al recinto vio un monstruo, quince veces más grande que ella, que luchaba contra sus compañeros, para impedir que tomaran la luz.

Al mirar alrededor, pudo divisar a Golf tendido sobre el suelo, completamente inconsciente, probablemente muerto. Auri corrió en su auxilio, mientras Reiyu y Weta esquivaban los golpes del monstruo y trataban de alcanzar la luz.

—Golf por favor contesta, contesta —le decía ella golpeando con suavidad su rostro, pero no contestaba, aunque Auri podía sentir su respiración, eso la tranquilizó, posiblemente podría sacarlo de allí.

Un golpe seco la sobresaltó. Volteó para ver qué era lo que ocurría y vio como Weta caía en picada y con violencia contra el suelo de piedra. El crujir de su cuerpo persiguió a Auri por el resto de sus días.

—Nunca ganarás, maldito —gritó Reiyu con rabia al ver caer a su compañero. Auri divisó lágrimas de rabia derramándose por su rostro y la impotencia de saber que no podría vencer a esa cosa.

Auri también lo sabía, vencerlo no parecía posible y la probabilidad de quedar como Weta la inmobilizaba. Pero de repente tuvo una idea, alguien tan grande también debía ser alguien muy torpe. Auri se alejó de Golf, prometiéndole que volvería por él para que regresaran juntos a casa y empujó los extraños objetos que había a su alrededor. Escuhó como el monstruo se quejaba y se acercaba con lentitud al sitio donde estaba ella.

Esa era su oportunidad. Alzó el vuelo y se dirigió a donde estaba Reiyu.

—Este es nuestro momento Reiyu, hay que coger la luz y partir.

Reiyu asintió con la cabeza. Ambos se acercaron a la luz, pegaron sus manos en ella y sintieron como el calor les recorría el cuerpo. Un segundo después la noche abrazó el recinto.

Minutos atrás Julián y Gustavo se encontraban escuchando música en la sala, cuando unos tres bichos voladores entraron por la ventana, zumbando de forma estrepitosa.

—Pero qué tienen hoy estos bichos —exclamó Julián—, nunca se meten.

—Seguramente están buscando la luz. Lo mejor será matarlos, porque luego se ponen insoportables, pegándole a la lámpara.

Julián se levantó y empezó a espantar a los bichos con la mano. Sin quererlo terminó pegándole a uno.

—Uy, creo que le di a uno —dijo.

—Rebien.

—No – dijo con asco -, yo lo que quiero es espantarlos.

—Entonces apaga la luz.

En ese instante un ruido en la cocina llamó su atención. Se habían caído los cubiertos y algunos utensilios. Julián farfulló y se puso a levantar las cosas. De repente la luz se apagó y el lugar quedó a oscuras.

—Agh, no puede ser —exclamó Julián.

—¿Apagaste la luz?

—No, aparentemente se fundió el bombillo. Eh, Gustavo, mira, son luciérnagas —señaló Julián con el dedo a dos bichos que titilaban y volaban en dirección a la ventana.

—Me han dicho que son de buena suerte, en especial si las atrapas, ¿lo intentamos?

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