Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Susana Serrano (Colombia)

El primer hombre

Los cálidos rayos de sol se desplazan lentamente sobre el Bosque del olvido. Con suavidad van delineando los contornos de cada árbol, colándose entre las ramas y las hojas. En el prado brillan las gotas de rocío, como estrellas terrestres al alcance de cualquier grenduru.

Tíflerus, acurrucada en su cama de cáscara de nuez y hojas secas, se despierta con el rumor del río que trae el viento matutino. El sol, que ha entrado por la lucerna del techo, le acaricia el rostro del color de la tierra y desprende chispas de sus ojos amarillos. Ella se despereza estirando los brazos, con un gritico ahogado de satisfacción. Se levanta de la cama de un salto, trepa por entre las enredaderas y sale al mundo exterior para recoger el agua de mañana, la que queda en las hojas del suelo, para bañarse y cocinar.

-Buenos días Tif – la saluda Ibby desde el tallo de un árbol bebé – hoy luces más radiante que nunca.

Tíflerus se mira los brazos, de su piel marrón brotan chispas de colores verdes y azules, lo que significa que hoy hará un buen día. Tif, al igual que Ibby, pertenece a la raza de los grendurus, seres ágiles, pequeños, inteligentes y con la característica de tener una conexión especial con la tierra. Según su cultura, eran sus mensajeros.

-¿Qué tienes planeado hacer hoy Ibby? – le preguntó mientras recolectaba el agua de mañana en una botella.

-No lo sé, los chicos me están invitando a ir a ver el Gran árbol cuando termine mi guardia. Según ellos hoy los Tull han citado a los Wanf para llegar a un acuerdo.

-¿Otra vez?

-Sí, esperemos que esta vez sí lo logren.

Tif también lo deseaba, pero lo creía imposible. Los Wanf eran seres alados que habían llegado con los rumores de la primavera. Se decía que provenían de una raza antigua, llamada los azulu y se creían superiores a los demás habitantes del Bosque del olvido, solo porque podían surcar el viento. En cambio los grendurus, que fueron los primeros habitantes, eran seres terrenales y pacíficos. Tif, que en esa época era muy niña, recordaba el momento en que los azulu habían alcanzado la cúpula del Gran árbol, y se habían autoproclamado amos y defensores del bosque. Pero nadie los quiso reconocer, porque para todos los grendurus eran los verdaderos protectores. Eso no le gustó a los Wanf. Desde entonces ambas razas habían tratado de llegar a un acuerdo. Habían tenido muchos encuentros, a veces violentos, a veces pacíficos, pero nunca se había logrado avanzar en nada. Los azulu eran tercos, egocéntricos y ambiciosos.

Según lo que ella había escuchado, el bosque de dónde provenían había sido devastado por un mal sin nombre que engullía los árboles y pudría los ríos.

-Miedo Tif, eso es lo que sienten ellos – le había dicho el anciano la anterior semana – y ese miedo a volverlo a perder todo, es lo que los hace tan testarudos. Como ya vivieron el horror, creen tener la solución para salvarnos. Pero se equivocan, nadie puede combatir contra lo que ellos se encontraron, solo queda resistir.

Pero ella sentía que con ese comentario el anciano solo los defendía.

De repente, desde el fondo del bosque, un estallido sorprendió a Ibby y a Tif. Los pájaros alzaron el vuelo y vieron algunas pequeñas ratas correr en dirección contraria. Ambas se miraron, el sonido provenía de la dirección donde se encontraba el Gran árbol. Tif se estremeció, si era cierto que los grenduru tendrían un acercamiento con los azulu, sin duda el anciano había ido, eso podría significar que él estuviera… Sin pensárselo dos veces dejó la botella con agua de la mañana en el suelo y empezó a correr en dirección al sonido. Ibby saltó desde el árbol bebé donde se hallaba y la tacleó.

-Tif no debes – le dijo mientras la retenía con fuerza contra el suelo.

-Suéltame Ibby – le dijo ella con rabia, sus ojos se habían puesto de un color naranja oscuro y de su cuerpo brotaban chispas rojas.

-Si el anciano ha muerto eres la siguiente en la línea de sucesión, no puedo dejar que vayas.

Tif apretó la mandíbula con fuerza. “Al carajo la sucesión”, pensó para sus adentros. Puso la mano sobre la tierra. Ubune ugne, recitó en voz alta. De repente una hoja de pasto envolvió a Ibby con cuidado, pero con fuerza, apartándola de encima suyo e inmovilizándola.

-¡Tif! – gritó Ibby, quien se veía realmente molesta.

-Lo siento Ibby – fue lo único que dijo antes de darle la espalda y seguir corriendo.

Pasos más adelante alcanzó a escuchar un silbido agudo y extenso. Seguro había sido Ibby llamando a los demás guardianes para que la detuvieran. “Tendrán que esforzarse”, pensó ella con decisión acelerando el paso. Uguengue ukuari, enunció, y la tierra bajo sus pies la impulsó a cada paso, haciendo que fuera más rápido.

Al poco tiempo llegó al claro donde se encontraba el Gran árbol, un roble de ramas retorcidas y las hojas más verdes de todo el bosque. Miró en todas las direcciones, pero no vio nada; por lo menos al nivel del suelo.

Tif se acercó a un árbol y puso sus dos manos en el tronco. Sabía que aún no tenía mucho poder, pero con suficiente concentración podría cambiar la estructura del tronco para poder trepar en él y divisar desde las alturas.

-Señorita Tíflerus – dijo una voz grave a sus espaldas.

-Pod – dijo ella con altivez, dándole la espalda al árbol y mirándolo a los ojos.

-Le debo solicitar que vuelva con nosotros, este lugar no es seguro.

Pod también era un grenduru, grande y fuerte, líder de los guardianes de la familia del primer linaje. Tenía el cuerpo cubierto con hojas reforzadas con el poder de los Tull y una espada de piedra liza envainada en su espalda.

-Necesito saber si el anciano está vivo…

-Igual que todos nosotros – la frenó Pod levantando una mano enguantada en corteza – pero si al anciano le pasó algo, la siguiente en la línea de sucesión eres tú. No hay nadie más. No puedes ser tan egoísta con tu pueblo.

Tif se mordió la lengua y apretó los puños. Sabía que lo que hacía era irresponsable, pero conocía a su pueblo, nadie saldría a buscar al anciano, como no habían salido a buscar a sus padres, solo esperarían a que regresara y si no lo hacía la coronarían a ella, como si él nunca hubiera existido, como si no hubiera fallecido en circunstancias inusuales.

-Por lo menos déjame saber qué le paso.

-Tíflerus…

-La explosión sonó por estos lares, dijeron que se iban a reunir con ellos.

-Tíflerus…

-¡Sé que si yo no lo busco, ustedes  nunca lo harán!

-¡Es suficiente Tif! – gritó Pod, sus ojos se habían tornado de un color gris oscuro, de su cuerpo brotaban chispas negras, como la melatina.

“Está sufriendo”, pensó Tif con tristeza, clavando la mirada en el suelo, para no verlo a los ojos.

-Todos queremos saber qué le pasó al anciano, pero no podemos arriesgar nuestro futuro por un capricho del corazón, no es justo – prosiguió. Tif sabía que él tenía la razón, pero no se la quería dar – por favor Tif – le dijo con dulzura, estirándole la mano – vamos a casa.

¡Auuuuuuu! El sonido reverberó en el bosque, como un eco de mal augurio. Pod y Tíflerus se miraron, los ojos de él estaban abiertos de par en par, a ella el terror le enmarcaba el rostro.

-Tif – alcanzó a gritar él antes del primer estallido.

Lo que sea que hubieran lanzado, había caído muy cerca de ellos. La onda explosiva los había separado. Tif había caído sobre una raíz salida de algún árbol. Se había roto la boca, también se había cortado por encima de la ceja. La sangre que manaba de la herida le cegaba un ojo y un pitido agudo le resonaba en los oídos, desconcentrándola. Pod había caído muy lejos de ella, pero en una capa de musgo blando. Se puso de pie de inmediato y dictó las ordenes pertinentes. Lo más importante era sacar a la monarca del lugar.

Tif se levantó adolorida y miró alrededor, los demás guardias que la habían perseguido para traerla de regreso, habían salido de su escondite y luchaban contra los azulu. Habían montado barricadas de tierra, para detener los objetos explosivos y con las hojas del pasto trataban de apresar a los azulu.

Un grenduru se le acercó corriendo y la jaló del brazo con firmeza. Le hablaba, pero ella no lograba entender lo que decía y solo lo seguía dócilmente. A su alrededor todo era un caos. Veía a los de su guardia volar junto a la tierra que levantaban las explosiones, alas desparramadas por el suelo, caras llenas de odio y de tristeza al ver a sus seres queridos cayendo en batalla. “Deténganse”, pensaba Tif, a quien la confrontación ya empezaba a parecerle un sinsentido. “El bosque es suficientemente grande para todo, ¿por qué no podemos vivir juntos en él?”. Los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas, lo que la hacía caminar con mayor torpeza. “¿Dónde estará el viejo?”. Su piel se había oscurecido y ninguna chispa emergía de ella. Estaba demasiado triste y confundida para poder brillar.

De repente, un estruendo más fuerte que el de cualquier objeto lanzado por los azulu, los calló a todos. Azulus y grendurus observaron al derredor, buscando la dirección del sonido. Chaz, volvió a sonar y otra vez y otra más. Cada vez se escuchaba más cerca. Tif tenía el cuerpo entumecido, miró alrededor y comprobó que los demás se encontraban igual, con los ojos bien abiertos, cada uno mirando en una dirección contraria, escrutando entre las ramas.

Al sonido le siguió un repentino golpe que estremeció la tierra e hizo que los grendururs despegaran sus pies del suelo durante unos instantes. Tif perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

-Señorita Tíflerus – dijo el guarda que estaba a su lado, extendiendo su mano para ayudarla a levantar. Tif estiró la mano agradecida, pero un segundo después el guarda había desaparecido debajo de un objeto grande y alargado.

Tif alzó la vista hacia el cielo. Era un objeto gigante, casi tan alto como un árbol, con dos grandes ramas extendidas a los lados de un gran tronco, que a la mitad del camino se partía en dos para llegar a la tierra.

-Devastación – escuchó que dijo con voz temblorosa uno de los azulu que se encontraba cerca a ella. No tuvo que preguntarle a qué se refería, pudo deducirlo por ella misma: el que engullía los árboles y pudría los ríos.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Tif desde los pies hasta la cabeza. Las piernas le pesaban y no podía levantarse. Respiraba de forma entrecortada, le ardía el pecho, sentía un nudo gigante en la garganta y le escocían los ojos. Todos a su alrededor se levantaban y corrían, los azulu volaban, lejos, escapando. Ellos eran guerreros, entrenados para reaccionar en situaciones de peligro, ella no, ella solo era una grenduru ordinaria y su cuerpo no reaccionaba.

Tíflerus supuso que este sería su final, no veía forma de lograr huir, ni nadie que estuviera yendo a rescatarla. “Está bien”, pensó para sus adentros, “está muy bien”. Uguengue nekunyia, irelia tru curu ne gaua empezó a rezar en voz baja, pidiendo a la tierra que le permitiera unirse a ella y a sus ancestros en ese viaje con retorno. Alzó la vista y vio el cielo despejado. El sol le regalaba sus mejores rayos, como despidiéndose de ella; y ella, devolviéndole el gesto, brillaba con grandeza, aceptando el final de su era y deseando buena fortuna a quien la sucediera. Cerró los ojos y una sombra se interpuso entre ella y el sol.

Continuará…

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6 comentarios

  1. Bello y fantástico relato, propio de un cuento que se guarda para si en tono sorprendente, la incógnita de que no solo puede estar dirigido a la gente menuda…deja demasiados interrogantes como para captar el interés del lector. Te felicito. Un cálido saludo.

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  2. Excelente historia donde se nos permite sentir grandes emociones y desear coocer mas de los grenduru …quedamos atentos y espectantes.Felicitaciones

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  3. Hermosa historia con una gran dosis de creatividad donde la palabra, proyecta personajes y mundos que captan la atención del lector. La trama presenta el suspenso necesario para atrapar nuestro interés y nos deja enganchados con el conflicto, de tal manera que esperamos ansiosos su próxima entrega.

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