Ana de Lacalle (España) Escritores de Letras & Poesía Opinión

Dogmatismo y post-verdad

Todo juicio formulado posee cierto grado de dogmatismo. Esta tesis puede  justificarse tanto en el ámbito epistemológico como en el axiológico, aunque aquí vamos a ocuparnos de éste último. Cuando enunciamos un juicio del tipo “se debería…”, estamos presuponiendo que hay un deber que tendría que orientar nuestras acciones; que ese deber es reconocible de forma objetiva y, por ende, que aquellos que no se someten al imperativo no hacen lo que sería deseable.

Juicios de este tipo son espontáneos y fluyen casi sin quererlo   —lo cual no implica que debieran ser— porque  no podemos decir nada sobre nuestras acciones y las de los otros sin acotar y descartar algunas de ellas. Así, quienes consideran que el sistema social impone formas únicas de vida y reivindica alternativas a ese monopolio no dejan, de alguna manera, de enjuiciar como válido lo que proponen, como si fuera mejor que lo anterior y teniendo por paradigma erróneo lo que desean dejar atrás.

En la medida en que formulamos posibles formas de acción o de vida que nos parecen las apropiadas estamos haciéndolo desde una convicción arraigada que nos conduce inexorablemente a un cierto grado de dogmatismo. Por mucha tolerancia de la que queramos hacer alarde, estamos inmersos en la creencia de que respetamos lo otro aunque “lo bueno” es lo nuestro. Cualquier otra actitud sería hipócrita. Por eso, enunciar juicios equivale a sustentar una actitud dogmática, sin la cual nuestros juicios serían apariencias insustanciales. Los mismos escépticos son dogmáticos cuando niegan la validez objetiva de todo juicio como válido en sí mismo.

Estas observaciones son relevantes si las aplicamos al panorama político, social y económico del momento. Existe diversidad de actitudes ante lo que nos presenta la realidad. Desde aquellos que por impotencia se abstienen y aíslan de lo que acontece, hasta aquellos que dedican parte importante de su tiempo a un compromiso activo. Entre estas dos, toda una gama multicolor difícil de pautar. En el momento en que cada uno de ellos da cuenta de su actitud, la explica, la justifica, intenta mostrar que esa es la actitud más coherente como respuesta a las circunstancias que se suceden. En ese preciso instante, en su mente existe la convicción de que sólo su actitud es acertada y que la del resto no contribuye a nada bueno. Presupone que otros “deberían…” manifestarse, protestar, inhibirse, votar otro partido, luchar a través de la escritura,…Volvemos a cierto grado de monopolio y dogmatismo. Creer que todos debemos hacer lo mismo no es aceptar la diversidad ni el derecho de cada uno a ser y ofrecer lo que considera. Por eso cuando adoptamos una actitud de observación y enjuiciamiento de la realidad —en el sentido mencionado— caemos en el dogmatismo que tanto criticamos. Cada época tiene sus tabús. El dogmatismo es uno de los tabús postmodernos, porque constituye una de aquellas etiquetas bajo la cual nadie admite situarse y es percibido como inadmisible, retrógrado y casi algo inefable. Paradójicamente, todos somos en parte aquello que repudiamos.

Por ello deberíamos —otra vez— admitir nuestra cierta dosis de dogmatismo ante las actitudes y acciones ajenas, aunque eso sea reconocernos algo esquizofrénicos. Por supuesto que esta actitud que aquí se plantea, consistente en admitir que, en última instancia, nos creemos en posesión de “la verdad”, no se aviene en absoluto a la era de la post-verdad, en que aniquilada la verdad absoluta, toda aseveración puede ser considerada válida al carecer de un criterio universal que nos permita dilucidar supuestas verdades y falsedades. Aquí tropezamos nuevamente con lo ya manoseado “políticamente correcto” que cuaja precisamente en un contexto en que la liquidez del “todo vale” planea como un imperativo social necesario, pero que no responde al auténtico sentir y creer de la mayoría de individuos —porque lo que asumimos como propio y apropiado está fuertemente enraizado en nuestra conciencia—.

Así deambulamos entre la máscara social y el rostro genuino, apurados por no aparecer tatuados como “políticamente incorrectos”, difuminando nuestra identidad cuya preservación puede tener un alto coste social y personal: “vivir como si”, al igual que los personajes del “Gran teatro del mundo” de Calderón.

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