Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Mr. Conspiracy (España)

Lágrimas de orgullo

Un crujido violó el silencio de la tarde mientras mi cabeza rebotaba contra la gravilla de la concurrida calle. «Que no la hayan cogido, que no la hayan cogido, por favor» suplicaba, sin sonido, entre los hilos de sangre que cosían mis labios. No escuchaba nada; mi concentración seguía el rastro de ella, la buscaba como la ignorancia siempre buscará al rechazo, la buscaba como un corazón que ha olvidado lo que es sentir por querer demasiado. 

Una eternidad después, mi cuerpo consiguió desviar el dolor y convertirlo en rabia y fuerza. Me levanté, sin saber cómo, y me enfrenté a los que conseguirían derribarme físicamente, pero no doblegarían mi espíritu. Tres escupitajos impactaron en sus caras mientras me lanzaban insultos que no conseguían rozarme; sus fallos me hicieron grande, su odio, eterna. Tras diez segundos en pie, una piedra abrió en mi frente la brecha que sangraría toda mi verdad; un río de libertad arrasó el triste poblado que se levantó contra nosotras.

Nos llamaron brujas, al mismo tiempo que fantaseaban con nuestras diversiones nocturnas; nos llamaron brujas sabiendo que nuestro único delito fue compartir nuestro aire con ellos; nos llamaron brujas, pisoteando nuestras vidas por no seguir sus normas inventadas; nos llamaron brujas sin saber que los malos siempre fueron ellos.

La brecha de la frente debió hacerme desmayar, no lo sé, no recuerdo nada más que desear que no la cogieran: sus piernas eran más fuertes que los músculos de la intransigencia. En un momento, un mal presentimiento se instaló en el centro de todo lo que me importaba, un pellizco en la nuca me hizo girarme para poder verla junto a mí, en la hoguera. Los gritos de «¡brujas, brujas!» ponían banda sonora al precioso momento en el que nuestras miradas cerraron la brecha de mi corazón. Me sonrió como hacía cada día al despertarse, me miró con el alma, como solo alguien que sabe que está perdido puede hacerlo. Permíteme dejarlo claro, nosotras perdimos nuestra vida, pero los perdedores siempre fueron ellos, desde el principio.

Nos llamaron brujas por querernos; nos llamaron brujas por envidia y, hoy, arderemos juntas ante el destino que nos impedirá volver a separarnos. Nuestras cenizas se mezclarán y serán respiradas por todos aquellos que no entienden que el amor «es» y no «debe ser». 

Estábamos atadas, cada una a un poste, a una distancia suficiente para evitar que nos tocáramos como tan bien sabíamos hacerlo. Sin embargo, su mano no dejó de estar junto a la mía ni en el momento mismo en el que el fuego comenzó a ascender. La ironía ardió más fuerte que la paja, nosotras llevábamos ardiendo desde que nacimos, luchamos por ser a plena luz mientras los demás intentaban meternos en cavernas de rechazo. Mi coño resplandecía ante mis asesinos como siempre lo había hecho. 

Mi cabeza se volvió instintivamente para poder volver a verla, quizás por última vez con estos dos ojos que tan bien conocía ella. Ella, ella seguía allí, conmigo; ardimos al compás de una marcha fúnebre que presagiaba el fin de la intolerancia. Creo que no deliro si digo que vi algunas lágrimas entre los presentes, quizás ellos sabían que no se les permitiría amar entre los barrotes de la miseria de este pueblo en el que ardimos de placer y libertad. 

Desconozco quién de las dos murió primero, solo sé que nuestras cabezas nunca llegaron a bajarse; nuestras miradas desafiaron al cielo que insistía en cobijarnos a pesar de tacharnos de herejes. Antes de que el viento se llevara mis cenizas, granos alados de verdad, pude ver el futuro que aguardaba a esta humanidad, hoy un poco más despierta. Vi personas en ese futuro utópico, personas, sin más, sin elementos distintivos, sin ganas de odiar, sin poder ocultar lo que nunca debió ser tabú. En ese futuro estaba ella, mi compañera de pira y voluntad; también allí estaba yo, flotando entre los transeúntes de una ciudad en fiestas, celebrando lo que nos llevó a arder.

Nos llamaron brujas por querernos; nos llamaron brujas porque no entendían el amor; nos llamaron brujas sin saber que nuestros poderes no consistían en lanzar maldiciones o conjuros; nos llamaron brujas y, hoy, mañana y siempre, nuestras cenizas volarán por el mundo para inspirar y llevar nuestro dolor a todo aquel con ganas de seguir. Ese era nuestro poder: el fuego de la insurrección destruirá con amor los cimientos de la ignorancia y el odio y, por eso, nosotras, dos brujas que ardieron por amar, nos desvanecimos con la cabeza alta y lágrimas de orgullo en los ojos. 

Celebramos, ardimos y seguimos, juntas. 

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