Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Nataly Calderón (Venezuela)

En el tiempo

—¿Aún lo recuerdas? —preguntó él.

—Siento como si hubiese sido ayer. —Él me observó con brillo en los ojos. Con una ternura que estuvo allí desde el primer momento en que me miró. Sus labios se estiraron en una sonrisa leve pero única.

—¿Crees en el destino? —interrogó después de un momento.

—Ahora lo hago.

—Yo también. —Le sonreí. Él se acercó a mí y me tomó entre sus brazos. Deslizando sus dedos a lo largo de mi mandíbula dijo: —¿Qué tal si lo rememoramos?

—Eso me gustaría. —respondí sin aliento. Su esencia era tal y como la recordaba. Mi piel reaccionó a su toque tan alocadamente que me desequilibró. Me sentí enrojecer cuando a mi mente llegaron las imágenes de aquella primera vez y, aunque en aquel momento fue muy vergonzoso, en esa ocasión era aún peor.

Él era la misma persona; sin embargo, ya no era solo un chico. Se había convertido en un hombre fuerte, seguro de sí mismo y mucho más hermoso de lo que alguna vez llegó a ser. Su mirada se centró en mi boca. Yo respiraba con dificultad, entonces él se acercó lentamente para detenerse justo a centímetros de mí. Su aliento me golpeó el rostro llevándome poco a poco a la locura.  Me pregunté por qué no me besaba, ¿qué lo detenía?

Comencé a sentir que la vergüenza me invadía todavía más, como aquel día cuando apenas tenía doce años y me lancé a besar a un chico de quince. Había estado enamorada de él por un tiempo y en el momento en que lo tuve de frente no pude frenar mis emociones. El beso, pese a que fue recatado e inocente, no dejó de ser delicioso. Solo tocar sus labios con los míos para mí fue el paraíso. Lo que sucedió después fue un desastre. Para mi gran pesar él no me devolvió el beso y todos se rieron de mí. Me sentí tan humillada que no quise salir de casa en días, así que no lo volví a ver. Al poco tiempo mi familia tuvo que mudarse y nuestro beso quedó en el tiempo.

Con el paso de los años conocí a otros hombres, me enamoré otra vez y me rompieron el corazón muchas veces. A raíz de eso dejé de creer en el amor, pensé que eso no era para mí, que había nacido para estar sola. Sí, eso creí hasta ahora. Muchos años después de aquel infructuoso beso, una amiga me convenció para que saliera en una cita con un compañero suyo de trabajo a quién ella supuestamente conocía desde hacía mucho tiempo, por lo que sabía que era un buen tipo, o eso había dicho. Prácticamente me obligó a ir porque estaba convencida de que yo no había nacido para vestir santos ni mucho menos. Usando todos sus poderes de persuasión me hizo pensar que era una buena idea, así que acepté ir.

Imaginen mi sorpresa cuando asistí a la cita en aquel lugar que luego se convertiría en uno de los más importantes de mi vida, y vi al chico de mi primer beso, el primer chico que me había robado el corazón, el chico que me persiguió en sueños durante tantas lunas, mi primer amor. Por un momento pensé que no me besaría; entonces en un rápido movimiento deshizo el poco espacio que quedaba entre nosotros y me besó. Al principio fue delicado, luego aumentó la velocidad conforme nuestras respiraciones se aceleraban. Su sabor me invadió haciendo que mis ojos rodaran como locos dentro de sus cuencas. Llevada por el deseo enredé mis dedos en su cabello, acercándolo más, necesitando más de él. Me hice adicta al calor y la humedad de su boca. Su lengua batalló con la mía disparando latidos al centro de mi ser. Mis muslos se apretaron expectantes. Fue mejor que el primero y justo como lo había soñado.

Hoy le agradezco a Dios, al cielo y a mi amiga por haberme hecho asistir a una cita que me cambió la vida para siempre.

—No puedo creer que esperara tanto para hacer esto. —comentó cuando nos separamos buscando aliento. Mi corazón latía desbocado y con una sonrisa, dije:

—Nunca es tarde para empezar.

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