Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Nataly Calderón (Venezuela)

Catarsis

Encontrar una manera de expulsar mis frustraciones de una forma en que no me lastimara a mí mismo o a otros no fue una tarea fácil. Al principio no pensaba así, yo solo quería sacar de mi cuerpo el defecto a como diera lugar, las consecuencias no me importaban. Así que cuando tenía unos 13 años de edad lastimé a mucha gente, comenzando por el colegio. Me metí en tantos problemas que al final decidieron expulsarme.

Mi madre decepcionada se rindió, dejó de intentarlo conmigo. Con lágrimas en los ojos una noche le prometí que haría todo lo posible por encontrar una cura para mí. Así fue como terminé en la calle, volvería a casa una vez estuviera curado. Solo en la calle, lo intenté todo. Después de que averigüé que herir a los demás no me estaba ayudando tuve que recurrir a otro método, claro llegar a esa conclusión requirió de mucha sangre salpicada en mis manos y rostro en unos cuantos callejones oscuros.

No obstante lastimarme a mí mismo tampoco funcionó. Los primeros cortes se sintieron bien, por un tiempo alejaron las voces locas que me hablaban junto al oído. Pero luego me dí cuenta de lo equivocado que estaba. Una noche todo llegó a mí tan violentamente que pensé que me volvería loco. Incluso intenté suicidarme. Yendo al último piso en la torre más alta me senté en la orilla de la azotea, ahí desde lo alto miré al vacío e imaginé caer. Intenté sentir cómo sería. Yo no sentía miedo, la altura jamás me había asustado sin embargo no quería morir, aún tenía una promesa que cumplirle a mi madre. Mi garganta se apretó al recordarla. Una imagen de su rostro triste se coló a mi mente haciéndome retroceder. No iba a morir, todavía no.

Moviéndome en el suelo encontré un folleto que hablaba de las enfermedades mentales y una de ellas llamó mi atención. Muchos de los síntomas que allí aparecían los había tenido. Me pregunté si era posible que solo estuviera enfermo, pero eso no me hizo sentir mejor porque de nuevo no sabía cómo curarme. Miré al suelo una última vez entonces decidí regresar a casa.

Llevándome el folleto conmigo decidí mostrárselo a mamá. Me alegré al ver que estaba complacida con mi regreso. Una vez le expliqué lo que pensaba que tenía accedió a ayudarme. No fue fácil localizar un médico que me atendiera dado mi estado, aun así, después de mucho esfuerzo lo logramos.

Con un medico tratándome y una terapia llevada al pie de la letra me sentí mejor, incluso comencé a llevar una vida normal. Tenía un empleo y una hermosa chica me esperaba en casa. Aquel edificio del que una vez pensé saltar se convirtió en mi refugio. Expulsar mis frustraciones en la azotea se convirtió en un ritual para mí. Cuando la carga de estrés se acumulaba sobre mis hombros como un enorme peso muerto, era allí donde iba a dejarla caer bien abajo en el suelo. Visualizar mi frustración tendida en el frío suelo, sufriendo, agonizando, sangrando era algo realmente vigorizante. Si bien yo había dañado a mucha gente jamás la distinguía como a una persona, más bien la distinguía como una masa negra y pútrida que más bien parecía un trozo arrancado de mi propia alma. Al finalizar mi ritual regresaba a casa con mi chica más relajado.

Entrar al apartamento esa tarde fue extraño, un presentimiento se fugó en mi pecho haciéndome sentir bastante extraño. Lanzando las llaves a la mesa me dirigí a buscar a la mujer que me acompañó después de que mi madre muriera. Todo estaba en silencio en el momento en que me aproximé a la habitación. Empujando la puerta encendí la luz y lo que vi me perturbó. Todo mi tratamiento se hallaba esparcido en el suelo, muchas de las píldoras estaban aplastadas. Las paredes estaban manchadas de un color que me revolvió las tripas. Caminé para rodear la cama, fue allí donde la encontré.

Carina estaba sentada con las piernas cruzadas y en ellas descansaba una pistola de gran calibre, sin embargo eso no fue lo que más me asustó. Ella se estaba comiendo desesperadamente algo peludo. Su rostro y manos estaban llenos de sangre. Tenía la mirada perdida, tenía mirada de poseída.

—Cariño ¿qué estás haciendo? —dije intentando hacerla reaccionar. Carina se detuvo de repente y al encontrarse con mi mirada volvió en sí. Soltando lo que tenía en sus manos habló.

—Lo siento tanto Dante, yo de verdad no quería hacerlo —gimoteó.

—¿Qué cariño, de qué hablas? —hablé agachándome.

—De tu madre. —frunció el ceño.

—No te entiendo.

—Yo la maté. —pronunció y habría sentido menos dolor si me hubiese disparado. Mi visión se nubló y me sentí caer.

—Lo siento Dante. —continuó diciendo, lágrimas se derramaban sobre su rostro en grandes cascadas.

—¡Lo siento tanto! —gritó. Tomó el arma entre sus manos, debí detenerla pero el shock no me lo permitió y sollozando se la llevó a la boca.

—Te amo —dijo después disparó.

—¡Noooo! —grité lanzándome hacia ella. El estruendo de su disparo hizo corto circuito en mi cerebro.

Las luces parpadearon luego una voz volvió a mí. Mi corazón se rompió aún más, no importaba lo mucho que me esforzara la locura siempre volvía a mí. No importaba qué camino tomara en mi vida ella siempre estaría allí. Incluso hice que se llevara  mi mamá. Todo era mi culpa, yo estaba dañado y nada lo iba a cambiar.

Imágenes sangrientas se reprodujeron en mi mente, imágenes de mi pasado. Recostado en el piso miré al techo resignado.

—¿Estás listo para volver a empezar? —dijo la voz.

—Siempre.

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