Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Nataly Calderón (Venezuela)

No lo hice

—¿Qué sucedió? —preguntó una mujer. Pestañeé varias veces intentando enfocar su rostro, el miedo desfiguraba sus rasgos. Negué con la cabeza, quería hablar pero mi boca no cooperaba.

—¿Dónde está?¿qué le hiciste?¿de quién es esa sangre? —gritó desesperada. Miré mis manos empapadas y mi ropa manchada, entonces el terror me invadió. Había demasiada sangre para que fuera algo sencillo. Tenía que haber ocurrido algo grave, eso era seguro, solo que no entendía qué o por qué.

Observé a la mujer, quien ahora me miraba con odio. Algo en sus ojos hizo fluir el pánico en mis venas, como fuego que se propaga en un gran maizal. Implacable. Inevitable.

—Te juro que si le hiciste daño te mataré. —amenazó apuntándome con su larguirucho dedo. Alargué la mano para tocarla buscando ayuda.  Reconociéndola por primera vez recordé que ella era mi amiga, mi mejor amiga. Sin embargo, ella se apartó rápidamente, haciéndome sentir su repulsión, su asco. Noté que mis manos se veían diferentes, se sentían diferentes. Como hinchadas y más grandes de lo normal. Llevándolas hacia mi cabeza no pude encontrar mi largo cabello y el cuerpo no lo sentía como mío, no me sentía yo misma. Estaba viviendo la experiencia más escalofriante de mi vida. Rogué al cielo estar en una pesadilla.

Rebusqué en mis bolsillos tratando de encontrar mi teléfono  tan desesperadamente que pensé enloquecería. Tomándolo entre mis manos encendí la linterna y a pesar del dolor que sentía en todo el cuerpo regresé al túnel del que había salido a rastras. Con cuidado bajé las escaleras y me adentré en el tenebroso pasillo. El horrible olor como de animales muertos era peor de lo que recordaba, pero lo ignoré, necesitaba encontrar respuestas. Dirigí el teléfono en todas las direcciones posibles buscando algo que me explicara la terrible situación que estaba viviendo, para mí no había otra manera de saber qué fue lo que había ocurrido, allí, en ese túnel, tenía que haber quedado alguna evidencia.

Mi mente marchaba a mil por hora especulando, desvariando, intentando encontrar piezas que unir, aun con todo el miedo y la nube de confusión que me rodeaban iba a encontrar mis respuestas, yo no iba a huir.

Algo llamó mi atención a unos pocos metros de mí, lentamente me acerqué y lo que vi allí me heló la sangre. Tragué seco. Acurrucado en el suelo había un cuerpo, el cuerpo de una mujer. Con terror iluminé su rostro, uno que conocía muy bien. La impresión fue tan fuerte que hizo caer en el suelo, maltratando más mi anatomía. Apretando mis ojos y puños pedí poder despertar, aquello no podía ser verdad.

La mujer, mi amiga, saltó sobre ella gritando su nombre, tratando de que reaccionara pero no lo logró. Por mucho que lo intentó no lo logró. Su angustia era palpable. Con cada lamento que exhalaba podía sentir su garganta desgarrarse.

No me impresionó que no despertara, no me impresionó el horrible estado en que estaba. Lo que me impresionó fue que la mujer que estaba allí tirada, muerta…

Era yo.

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