Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Nataly Calderón (Venezuela)

Deseo

En mi habitación, recostada en la cama miraba su rostro angelical. Sus ojos destellaban incluso en la oscuridad. Estaba tan quieto que parecía esculpido en piedra. Su camisa entreabierta dejaba ver su hermoso pecho, todo en él era perfecto.

Abstraída por lo que mis ojos veían no me fijé cuándo todo cambió. De repente sentí miedo y un tremendo escalofrío se apoderó de mí. Giré mi cabeza en todas direcciones, y aunque las cosas seguían en el mismo lugar, sentí que había algo en el ambiente que lo hacía diferente.

No podía entender por qué pero no me importó, estaba con él, confiaba plenamente que él me protegería sobre todas las cosas.

Volviéndome, me encontré que su rostro había cambiado, ya no tenía esa mirada que me hacía sentir segura, ya no.

Él se veía tan aterrador que me heló la piel. Sus labios se contrajeron en un gruñido gutural y en una fracción de segundo se abalanzó sobre mí. Ahogué un grito. Pude sentir sus finos dientes atravesar la piel de mi cuello. Sin embargo, no hice absolutamente nada para detenerlo porque prefería morir así que vivir sin haberlo conocido, sin haber tocado su piel, sin haberme perdido en sus ojos, en su aroma, incluso aunque eso significara el fin de mi existencia. Más vale una vida corta bien vivida a una larga sin emociones.

Mi corazón, ese corazón que hace unos pocos segundos latía a una velocidad inigualable comenzó a desacelerarse. Poco a poco se me iba acabando la vida. Cada vez mi triste corazón latía menos y menos, me quedaba sin fuerzas.

En el momento en que me iba a ejercer su último movimiento me desperté. Abrí los ojos y me encontré en la misma habitación de hace un momento, junto a él. Solo que esta vez estaba como al principio sus ojos destellaban, no tenía ni un rastro aterrador. Ahora pude ver en él amor. Analizando su postura adiviné que había estado observándome mientras dormía, cuidándome. En cuanto lo descubrí me sonrió como confirmando lo que había estado pensando.

Me sentí aliviada, sabía que él no era malo, que jamás me haría daño. Simplemente había tenido una pesadilla. No había nada en él que temer, excepto, quizás, que él no era real.

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