Ana de Lacalle (España) Autores

Lo eterno y lo infinito

Durante la infancia poseemos el privilegio —o acaso la desventura— de rozar la aprehensión de la eternidad. Cualquier evento que un infante espera con ansia se prolonga en el tiempo con una compostura tan dilatada que le deja exhausto, excitado y con una percepción subjetiva de que lo anhelado, nunca acontece. Esta vivencia se transforma cuando se materializa ese sueño huidizo. Es en esta larga prolongación de aguardar pacientemente que se produzca esa fantasía —con un tinte de realismo diverso— cuando el infante cree que desgraciadamente hay eternidad.

Es obvio que su percepción del tiempo es sustancialmente diferente de la que posee un adulto. Pero, a esta agónica eternidad deberíamos añadir otra vivencia que atormenta a los más pequeños.

No solo el tiempo es eterno —ya que parece que nunca acontece lo anhelado— sino que ese lapso temporal incluye un espacio en el que pueden  acumularse desgracias. Es decir, hay un espacio, una cavidad en la vida de cada uno en la que vamos acumulando frustraciones y dolor. Contra más se dilata el tiempo, más infinitud atribuyen al espacio susceptible de resguardar contrariedades.

Constituye para los infantes una experiencia que podríamos describir en los siguientes términos: lo querido no acontece nunca —eternidad— y, por ello, ese lapso temporal permite la acumulación de sucesos hirientes que los arrinconan emocionalmente medrados — infinitud—

Así, la experiencia subjetiva infantil de lo eterno e infinito es un desgarre interno que, lejos de constituir un cierto atisbo de lo que los adultos intentamos pensar cuando nos referimos a esos conceptos-límite —entendidos como negación de lo limitado y lo finito—, devienen una agónica sensación de que la esperanza sucumbe ante la interminable falta de realización de lo que se desea, anhela e incluso se necesita.

Por ello, nos referíamos al inicio de que esta posibilidad de rozar lo inefable puede revelarse como un infortunio, en una etapa primaria de la vida en que somos esclavos de la inmediatez.

Curiosamente, la época actual contiene algo de esos rasgos infantiles que convierten lo eterno e infinito en insoportable. El adulto-consumidor actúa y piensa regulado por esa perentoria necesidad de inmediatez y satisfacción de lo querido. El hombre de a pie no siente curiosidad por indagar sobre lo que no le reporta un resultado rápido y útil. El pragmatismo predomina sobre su vida en un contexto hostil, y además excluyente para los que no son capaces de adaptarse al sistema trabajo-producción-consumo como hito vital.

En síntesis, si la posibilidad de la eternidad y la infinitud son un lastre en la infancia, en la etapa adulta desparecen por infructuosos, inútiles y anacrónicos.

No son tiempos para la metafísica, aunque paradójicamente todo marco ideológico se sustente en una metafísica no explicitada.

5 comentarios

  1. Cuando niño, recuerdo, que pensaba que las clases escolares eran eternas; y también era una eternidad esperar la navidad del nuevo año, festividad que siempre me ha gustado. Cuando se es niño el tiempo es mas relativo que en cualquier otra etapa de la vida. Pero existía la fe y la esperanza, algo que comenzamos a perder cuando somos adultos. Ahí la esperanza y la fe la cambiamos por aquellas cosas que deseamos porque el mundo nos ha dicho que las necesitamos.

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