Cuento Valeria D. Rubio (México)

I.

Miles de vidas, cada una con sus diferentes traumas, diferentes vivencias, diferentes gustos, anhelos, diferentes amores, diferentes espejos. Cada uno de ellos otorgados en el momento en el que la vida es concebida, cada una de las acciones, decisiones que tomamos, nos llevan a diferentes realidades, diferentes dimensiones; olvidamos muchas veces que nosotros somos los que hemos decidido vernos reflejados en estos cristales, un tanto opacos o relucientes, rotos, incompletos, rayados por el paso del tiempo. Todas y cada una de nuestras decisiones nos han llevado a ser la persona que está parada enfrente de nosotros. Aquí nace nuestro anhelo fatuo, un veneno con sabor amargo que no mata de instante, pero carcome internamente el alma, la mente, la realidad y nos trata de trasladar a un lugar en el que no vivimos, con cosas que no tenemos, añoranzas que no hacen nada más que un daño necesario, pues queremos creer que en otras realidades las cosas salen según lo previsto, este veneno vil llamado “hubiera”. ¿Qué hubiera pasado si…? ¿Cómo sería mi vida si…? Si hubiéramos tenido un poquito más de amor, si te hubiera pedido otra oportunidad, si hubiera ido tras de ti, si hubiera viajado, si me hubiera ido antes, si hubiera aceptado ese trabajo, si hubiera, si hubiera… Tal vez, eso no hubiera sido suficiente, ¿no crees? Tal vez no te tocaba vivir eso, tal vez ese espejo nunca fue tuyo, a pesar de que hayas visto como su deslumbrante brillo abrigaba a tus amigos, buscabas dentro de lo que tenías, pero simplemente, no estaba, nunca estuvo y ciertamente… Nunca estará. 

Sin embargo, son muy escasas las ocasiones en las que somos realmente conscientes del impacto que tienen nuestras decisiones, tal y como en el arte, solo el tiempo puede tomar una obra como obra maestra del arte, me lo dijo en varias ocasiones un maestro en la universidad. Solo el tiempo, solo la vida misma y el transcurso de esta puede decirnos y reflejarnos la construcción que hemos hecho sobre nosotros mismos, sobre nuestros mismos nombres, sobre la persona que vemos diariamente, que cuidamos o descuidamos a nuestro antojo. Somos nosotros la incógnita y la posible respuesta a todo lo que nos rodea, no de una manera egocéntrica, sino realista. 

No hablo de aceptar la mediocridad, sino aceptar tu realidad, transformarla con acciones, con palabras si así lo consideramos, pero hacer algo para cambiar, es sumamente enfermizo, aunque un tanto necesario, vivir en un mundo lleno de sueños vacíos e imposibles, sueños basados en el pasado donde no se puede encontrar nada de lo que se tiene en este momento. Hace daño a nadie más que a uno mismo, y cuando erróneamente intentamos traer al presente sueños pasados, es cuando lastimamos nuestra realidad, nuestros seres queridos, nuestros hábitos, nuestra vida y sus externos. Esto desencadena una serie de turbulentas mareas a las que no hemos sido preparados previamente para afrontar, pues si fuera así, habríamos tenido la oportunidad de vivir con ello, en una primera instancia. 

Si escribo con melancolía no es nada más que eso, un sentimiento tan enraizado dentro de mí que a veces me desconecta de mi realidad, que me tiene volando dentro de un limbo mientras las personas con las que estoy físicamente están frente a mí, existiendo, platicando, riendo e incluso llorando. Es tan básicamente confuso intentar entender la mente humana. Siempre queremos más, siempre buscamos más. Más amor, más dinero, más vida. Cosas que no se pueden adquirir de la nada.

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