Cuento Mireia Clavero (España)

Diario rojo

Hoy me ha llegado el olor a hojas podridas de la piscina. Suelo caminar hasta detrás del jardín, rodeo la piscina (todo son arces y castaños) y vuelvo por el huerto. Siempre que paso cerca de la piscina me fijo en que la masa de las hojas forma una capa gruesa. Creo que podría andar sobre esa masa sin caer en el agua verde. Y hoy me ha llegado el olor de esa masa por la ventana. Y me he asustado. Pensaba que el olor era mío.


Llevo tanto tiempo aquí que ya me he cansado de contar las semanas. Me guío por los regalos que me traen papá y mamá los domingos. Un jersey, chocolate, un libro. Y vuelta a empezar. Entré el día de mi cumpleaños. Dieciocho años. «Toda una vida por delante», me decían todos. Y una mierda, me dije yo. Mamá solo lloraba y papá se quedó todavía más mudo. Durante meses me había escondido los cortes debajo de manga larga, pero ese día todo se acabó.


Primero me amputé el pelo. El suelo se volvió rojo, los rizos llenaron todas las esquinas. Por primera vez me vi la cara entera, cara de luna, libre de ese pelo demasiado llamativo. Ese rojo que me señalaba a lo lejos, ese rojo que está escrito hasta en mi nombre. Luego fue un escozor en mis brazos, un segundo, una cuchilla y el dolor me quitó el miedo durante un instante. Pero ese día, el rojo me llenó los ojos. Tenía calor pero empecé a tiritar y caí. Caí sobre esa alfombra roja, rizada. No recuerdo nada más. Sólo a mi madre llamándome, gritándome. «¡Safran, Safran!» Y solo oscuridad.
Me desperté en el hospital y luego me trajeron aquí. Creo que han pasado dos jerséis, tres chocolates y dos novelas (una histórica y otra de misterio). Los rizos ya me han empezado a salir. Hoy me han dado este cuaderno con un estuche, metálico y de flores, con un lápiz y un par de bolis. Dicen que debo escribir. Lo dicen todos. Y yo me siento como Alice Gould. Y se me escapan las líneas volcada sobre un papel, encerrada en una habitación siempre con la puerta abierta, pero creo que aquí estoy bien.

Dicen que ya sólo empeoro después de los domingos, cuando papá y mamá se marchan llorando. Dicen que es la culpa, que me marea y me encierra en la cama. Al día siguiente, suelo escribir una carta a mis padres y a mi hermana Lila. Les digo que lo siento, que pronto volveré a casa, que lo siento, que aquí estoy bien, que lo siento y que en el jersey nuevo ya se ha quedado el olor de los castaños y del sándalo que hay en el huerto. En la próxima carta les contaré que ha llegado el olor de la piscina hasta la habitación. Papá me dirá que es el viento, que está cambiando. Él siempre sabe de esas cosas.


Tal vez también debería escribir a Marcos. O tal vez no. No sé qué decirle. Nunca sabía qué decirle. Además, le dejé semanas antes de llegar aquí. No sé si él me llegó a querer de verdad. Espero que solo esperase de mí toqueteos en el coche de su padre. Creo que yo nunca habría llegado a quererle del todo. Y en el fondo, no me gustó hacerlo con él. Supongo que tendré que hacerlo más para saberlo.


Dicen que debo pensar qué quiero hacer cuando salga de aquí. No sé cuándo será eso. Pero creo que no puedo ver más allá de los castaños y arces. Si me vuelven a preguntar les diré que quiero ser Alice Gould. Quiero estar agarrada a un cigarro mientras escupo líneas. Todavía no lo sé, no puedo saberlo. Puede que mañana, después de probar un filete, quiera ser cocinera el resto de mi vida. Resto de mi vida. Qué raro suena. Estuve a punto de tener siempre dieciocho años, una vida por delante eterna y ahora estoy aquí a punto de empezarla. No es eterna, pero sí a estrenar. Ya tengo ganas. A lo mejor, si me pongo de puntillas, veo más allá del jardín, de los árboles…

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