Cuento Santiago Márquez Robles (España)

Sonetos desde la Ciudad Condal

Mientras descansaba plácidamente en mi viejo sofá-cama, venían a mi mente ideas originales —a la vez que utópicas y disparatadas— sobre cómo empezar a escribir aquellos sonetos que mi nueva musa me había pedido con esos ojos de deseo implacable; cuando ella me miraba, me dirigía la palabra o simplemente acariciaba mis rojizos mofletes, yo me sentía como un niño sin su madre en un supermercado, nervioso y desesperado ante el peligro de ser raptado por la ausencia materna. Pero mi caso iba más allá de crisis infantiles, sentía algo poderoso ­—a la vez que dañino— en mi cabeza que me obligaba a, simplemente, admirar su vehemente presencia.

Necesitaba pensar rápido y dejar que la pluma fluyera sobre el papel antes de que, por fin, la primera cita con aquella, mi musa, tuviese lugar en mi propio apartamento. No quería volver a sufrir su desdén hacia mi persona que ya una vez floreció cuando entre beso y beso le mencioné mi incredulidad ante la existencia de un ser superior, llamémoslo Dios. Así que, con más corazón que cabeza, dejé fluir la pluma con una soltura de la que ni el propio Shakespeare gozaba en sus buenos tiempos.  Otra cosa era ya cómo de bonitos, estéticos y profundos quedarán mis versos ante la reductora crítica de mi amada. Sabía que, al menos, se sentiría orgullosa por verme cumplir con la ardua tarea de componer poesía especialmente para esa noche y para ella.

El opaco color que había tomado mi habitación —por la noche lluviosa y de luna menguante— hacía aún más difícil la labor de acabar aquellos versos antes de la medianoche. Recuerdo que ella había conseguido trabajo en una academia de teatro y hoy tenía su primer ensayo hasta muy entrada la madrugada, por eso, cogería el primer autobús de la noche desde el centro de Barcelona hasta mi apartamento, situado en un pequeño barrio periférico de la ciudad. Tenía esperanza en mí mismo y sabía que conseguiría conquistarla; las palabras que me dedicó mi anciano padre en su lecho de muerte me confirieron la fuerza necesaria para ello.

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