Cuento Isa Serrato (México)

No sé si es Amberes o Viena

No sé si es Amberes o Viena y qué poco dejaron de importar los suelos que nos calzan cuando se trata de encontrarnos otra vez. Sólo sé del chisporroteo que el cielo llora, que tanto me moja los hombros y me empapa de impaciencia las ideas mientras te espero. Sólo sé del bolero argentino que tanto nos gusta y que se susurra imperceptible entre el repiqueteo de la cristalería y los cubiertos al tocarse y ese bullicio de esas voces que tan poco nos importan. Sólo sé del vestido rojo que me puse sin querer, pero que probablemente te gustaría casi tanto como todos los poemas que te escribí alguna vez. Sólo sé de la ironía que me viene a la mente y que es, que llegues tan tarde siendo que la impuntualidad te provoca picor.

¿Quién te conoce las alergias mejor que yo después de todos estos años?

Al fin te veo llegar de lejos y sé con certeza que sonríes para ti mismo porque sabes que esta silueta que te espera ansiosa sin sombrilla y a la entrada de un café que pudo haber sido cualquier otro, pero tuvo la fortuna de ser este, soy yo. Poco me importa lo que te viste el cuerpo, pero no tienes idea de lo mucho que me pueden las ganas de desvestirte los pensamientos después de un año sin verte. Noto que cargas sin cuidado un ramo con tu brazo izquierdo, tú no olvidas mi fascinación por las flores y yo no olvido que siempre fueron girasoles para disimular tus dobles intenciones. Pudiste ser mi primavera, pero que me regales girasoles es lo que nos queda. Arribas y al momento de entregarme ese paquete de pétalos tan secreto y tan nuestro –sin saludarme siquiera– me cuentas de las ansias que tuviste todo este tiempo de ver mis ojos otra vez, después de todo lo cotidiano de tu vida. Y es que, sabemos que no es que no estés disfrutando de tu vida de ahora, pero necesitas de vez en cuando de ese limbo que me tocó ser en tu vida, ese ser y no ser del tiempo que sucede sólo cuando estamos juntos.

«Qué hermosa te ves», me dices; pero yo sólo escucho ese latido que mi corazón suelta cuando finalmente me abrazas y que me cuenta a pulso que somos adictos a las historias inconclusas. Mentiría si dijera que te pensé todos estos días que no te vi, pero digo toda la verdad cuando digo que te extrañé todos y cada uno de los pocos o muchos días que sí te pensé. Y seguimos fundidos en un abrazo que se siente eterno en su corta brevedad, un año de historias podía esperar diez minutos más por un buen té.

«Ahora sí, cuéntame» te invito –ya sentados en una mesita vienesa diminuta– y me hablas de ese nuevo trabajo que te atrapó para soltarte en ciudades que jamás imaginaste visitar. Me hablas como siempre, de las cosas más curiosas. Me hablas  de los tejados de templos y santuarios sintoístas en Japón, de la escarcha de los valles nevados en Chile, de las dunas que te recordaron a mis tobillos en alguno de los muchos desiertos que cubren África. Me hablas y yo pienso que si en algo nos parecemos tú y yo, definitivamente es en esa ansiedad que tan pocos conocen, entienden y que nos decreta inquieta, que eventualmente nos iremos siempre de aquí. Me hablas de Elliott Sharp, Tom Cora y demás jazzistas de los que nunca había escuchado hablar. Me hablas de los tantos proyectos que se desarrollaron bajo tu consultoría. Te ríes con esa hermosa sonrisa que te cargas y que tanto me ha tentado desde siempre. Me hablas de algunos de esos muchos encuentros que lejos están de llamarse «amores». Y yo me pregunto si alguna vez quise ser eso para ti; «seguramente no» me convenzo.

Es mi turno de contar lo que me ha ocupado estos meses sin ti y te cuento sin interés de mi tesis doctoral y mi sueño más latente que nunca de dedicarme a la academia. Te cuento de Proust, Joyce, Kafka y otros tantos que me he leído; de lo mucho que me fastidian las entrañas los autores europeos y lo mucho que extraño el ingenio de las letras latinoamericanas. Te cuento de ciertos óleos que contemplé en algunos de los muchos museos que he visitado y en los que me perdí en su abstracto, pero que seguramente tú entenderías a la perfección, porque tú eres de los que entienden todo. Te cuento que fui a ver sola las auroras boreales y lo mucho que me hiciste falta en esos ratos de contemplarme la existencia pequeña. Te cuento, te cuento todo lo que me ha ocupado estos meses sin ti, escondiendo entre líneas mis ganas de hablarte de lo mucho que te extraño cuando sí te pienso, de lo poco que es verte una vez al año para alguien que nunca tiene suficiente y del pasado. Ese pasado que probablemente no te interesa pero que tanto me llena. Morderme los labios y aguantarme los recuerdos que se quieren escapar de mi boca: como cuando uní tus lunares con tinta para descubrir sus figuras secretas, como cuando jugamos a permanecernos eternos en el tamborileo que precede al beso, como cuando nos inventamos que nos entendíamos todo, como cuando…

Me ruegas que probemos un postre porque suena muy bien en la carta al imaginártelo en el paladar. «¿Te gustó?» me preguntas y sobra responder que siempre has tenido buen gusto. «¿Ya tienes departamento aquí?» te pregunto y no hace falta que respondas. Ya sabemos que nunca ha sido lo tuyo y que es sólo por esta noche. Me dices que tenías pensado que fuéramos a una nueva exposición de arte cerca, pero propones que mejor vayamos al hotel en el que te estás hospedando y que queda a una parada del tranvía, que el vestido que me puse y mi ausencia te invitan a quererme con un buen vino. Y sonrío porque entiendo que no es un intento de coquetería, sino las más sinceras intenciones de hacerme hablar de lo que no te hablo lo que nos resta de la noche. Y empiezo a pensar, como esas veces que se me pierde la mirada en el vacío derecho. Y pienso por este breve instante en que nunca ambicioné tu carne pero que mucho ansié tu alma, y dudo de si alguna vez  anhelé tu corazón. Y pienso que sí, que sí estuve enamorada de todo eso que te hace ser quien eres y al mismo tiempo te inventa tan ajeno al amor; y me pregunto si permaneceré toda esta vida con la duda de saber cómo te pintaron los días este amor que por ti me cargo. Y me pregunto si existirá alguna palabra para describir eso que fuimos e inevitablemente siempre seremos, si no existirá un vocablo que figure esa esquina entre los caminos del cariño y el sexo, y que al mismo tiempo nada se le parecen; y creo que no, que no existe pero juntos lo idearemos. Y pienso que de algún modo soy algo de lo que siempre estarás buscando, pero que nunca querrás ver por esa maña que tienes de ser ciego por voluntad. Y pienso que quise tenerte aunque siempre te me escapes de las manos, que quise encontrarnos de muchos modos que nunca se ajustaron a nuestro molde y que al final me terminaron rompiendo hasta las mismas lágrimas. Y pienso que es inevitable llorar cuando se trata invariablemente del amor. Pero pienso sobre todo que siempre querré tomarte de la mano, sin importar que yo tenga que querernos por los dos. «¿Qué pasa?» me preguntas. «Nada» te contesto a media sonrisa como siempre, como antes.

Dispuestos a sumergirnos en el oscuro citadino, salimos del café que pudo haber sido cualquier otro pero tuvo la fortuna de ser este, y yo todavía no sé si es Amberes o Viena.

Me tomas finalmente de la mano y yo siempre, siempre lo haré de regreso.

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