Bucur Mironescu (España) Cuento

El sello de la tierra

Me desperté en una cueva oscura. Estaba ligeramente mareado y el espacio a mi alrededor se balanceaba un poco, aunque apenas distinguía unas pocas siluetas en la oscuridad. Notaba corrientes de aire que me arañaban la piel y me hacían tiritar de frío, pero no conseguía descubrir de dónde provenían.

No recuerdo por qué, pero en aquel momento no pensé en el hecho de que me había despertado en un lugar tenebroso y que estaba completamente solo. Sí recuerdo que, en todo el tiempo que estuve en aquel lugar, mi mente estuvo en blanco. No sabía de dónde había venido, así que supongo que esa fue la razón por la que tampoco me cuestioné cómo había aparecido en aquel sitio ni qué camino debía tomar. Simplemente seguí mi instinto, que me empujaba a internarme en aquella profundidad negra.

Debieron pasar unos cuantos minutos, alrededor de veinte o treinta, cuando vi aquellas diminutas luces titilantes a lo lejos. En primera instancia, me pareció que estaban muy alejadas de mi posición, pero apenas tuve que caminar un poco para encontrarme frente a ellas.

Eran unas pequeñas piedras de colores cuyas auras iluminaban con una intensidad débil. Había, en total, tres de ellas. Una era de color ámbar; otra, esmeralda, y la última se asemejaba al color del mar. Poseían una atracción irresistible, de la cual mi alma no podía desasirse. No sé si fue codicia o excitación, pero mi mano se abalanzó impetuosa hacia la primera de ellas, la ambarina.

En lo que dura un parpadeo me volví a transportar a un nuevo lugar. Ahora estaba sobre la gruesa rama de un gran roble. Debajo de mí se extendía una arboleda salpicada de tonos marrones, verdes y grises. Mis ojos ahora tenían una capacidad perceptiva increíble. Ningún movimiento, por minúsculo que fuera, escapaba a mi vista, y podía observar a grandes distancias con precisión milimétrica. Un hambre voraz me atenazaba; un conejo imprudente asomó el morro fuera de su madriguera y, tras lo que supuso era terreno libre, salió a alimentarse. No dudé ni un instante. Me lancé en picado: mis alas se extendieron y pude ver mi propia sombra proyectarse como una amenaza de muerte sobre el roedor, que no tuvo tiempo más que a voltear sus ojos aterrados hacia mí.

Volví a la cueva en el momento exacto en el que mis garras se posaron sobre el pelaje blanco de la bestia. La piedra ámbar había desaparecido. Agitado, posé de nuevo la mano, esta vez, sobre la piedra esmeralda.

En este segundo viaje me encontré cerca de un lago, con la sabana extendida a mi alrededor. Los reflejos del sol me dañaban la vista, pero estaba acostumbrado a ello. Era grande, enorme, y me movía lentamente, aunque con elegancia. A mi costado avanzaba mi retoño, mi cría: sabía que lo era de la misma manera que sabía que existían el día y la noche. Simplemente era así. En un momento dado nos paramos en la orilla, y metí mi trompa en el agua para después rociar con su frescor a mi hijo, que barritó alegre al sentirse duchado. Noté un amor hacia aquel pequeño animal que sobrepasaba los límites del entendimiento humano y parecía que pudiera explotar en mi pecho de tan inmenso que era.

Aparecí en la cueva una última vez. Solo quedaba la piedra marítima. Todavía con una extraña melancolía atenazándome el corazón por la última experiencia, rocé con la yema de los dedos el zafiro.

Me encontraba en el fondo del océano. Esta vez era inmenso, más que la vez anterior. Me sentía imponente y colosal, pero, a su vez, humilde. Observaba los peces nadar a mi alrededor y ellos se sentían seguros y confiados a mi lado. Oteé la extensión infinita de aquel mundo azul y me sentí perteneciente a él. Una paz como ninguna otra embriagó mi corazón y tuve la sensación de que todo el tiempo del mundo se encontraba en mí y yo en él, un atisbo de eternidad.

Pero se esfumó. Estaba fuera de la cueva. Dos puertas colosales la sellaban, surcadas por inscripciones que me parecieron antiguas, indescifrables y poderosas. Me acerqué a acariciarlas, pero nada sucedió. Después de aquello no volví a encontrar las puertas, ni a aparecer en la cueva, pero quedó la marca de la naturaleza marcada a fuego en mi corazón para siempre.

4 comentarios

    1. Me ha resultado curioso tu comentario porque es precisamente lo que me decía mi profesor de lengua cuando le entregaba redacciones. ¡Muchas gracias por dedicarme un ratito de tu tiempo y por tu comentario! Un abrazo.

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  1. ¡Una amnesia sublime como entrada! Has deslizado una excelsa narrativa, cercana a lo paranormal. Emociona cada lugar en que te sumerges y descubres en cada uno de ellos, algo diferente. Solo haces nada mas que ratificar, lo diminuto que es el ser humano. Un cordial saludo.

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    1. La naturaleza siempre es un tema al que vuelvo recurrentemente cuando quiero escapar. Tus comentarios siempre son el detalle que complementan mis escritos. Me hace ilusión ver que alguien me lee con asiduidad y por ello te lo agradezco mucho. Un abrazo.

      Le gusta a 1 persona

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