Alba (Reino Unido) Cuento

El viaje

Las ventanillas están bajadas lo suficiente para que el aire helado le dé en la cara haciendo volar su flequillo y evitar que el mareo acabe en un vómito dentro de una bolsa de plástico del Continente recubierta con papel de periódicos viejos.

Todos tienen frío, pero prefieren ponerse el chaquetón encima antes de que el calor le provoque las primeras arcadas.

En el interior del coche permanecen en silencio mientras suena una cinta de Chavela Vargas. Justo antes de que empezara el mareo, había estallado otra discusión de esas breves y violentas que acaban con un par de gritos dictatoriales y dejan las heridas más abiertas de lo que ya estaban. Después siempre se instala ese silencio incómodo que sube el volumen de la música y de la respiración.

Hasta el perro deja de ladrar, adivinando que es el turno de echarse bajo los pies de ella y hacerse el muerto.

Los lamentos desgarrados de Chavela parecen querer decirles algo, pero la rabia de unos y el miedo de otros amordazan el mensaje de rebeldía que grita la ranchera.

Los dedos de él danzan nerviosos por el volante y, sin ser consciente del todo, su pie pisa cada vez más fuerte el acelerador, mientras se mantiene el silencio.

A su lado, ella, invisible, gira frenéticamente su alianza, un hábito que acompaña con morderse literalmente la lengua.

Detrás, el mareo se va transformando en dolor de estómago, pero no dice nada para no oír, una vez más, que todo es fruto de su imaginación. El perro parece dormido y el pequeño solo sabe enfrentarse a la incomodidad del momento, haciendo remolinos en su pelo con el dedo índice.

Cuando las ganas de vomitar desaparecen, ella empieza a darle vueltas a una manivela que chirría y que cada vez está más dura. En el último segundo entra una mosca que solo sirve para hacer más evidente la tensión con sus zumbidos. Vuelve a bajar la ventanilla con la esperanza de que el insecto entienda que el calor que está buscando no se encuentra en ese coche.

Corren los kilómetros entre la voz desgarrada de la mexicana, el aleteo de la mosca y las pompas del chicle de Biodramina que explotan de vez en cuando.

Por fin sale volando el bicho y el aire deja de entrar por la ventanilla. Poco a poco el olor a pachuli va inundando el ambiente, como una trampilla que empieza a inundarse, a ella le gustaría seguir con el cristal bajado, pero no quiere matar a su hermano de frío, así que deja que la intensidad de la esencia los asfixie por completo.

Se termina la cinta, pero nadie se anima a darle la vuelta. Todos parecen estatuas de museo que esperan a llegar su destino, si no fuera por los sonidos del repicar de los dedos contra el volante, las cada vez menos frecuentes pompas de chicle y los ronquidos del perro.

Aún no ha salido el sol pero quedan muchas horas de viaje, demasiadas para que el silencio no acabe rompiéndose a través de alguna grieta descuidada en forma de suspiro fuera de lugar.

Nadie quiere ser el primer cristal en resquebrajarse y romper por completo los trozos pegados débilmente a base de recuerdos y falsas promesas. El conductor podría disculparse, la copiloto podría olvidar una vez más, ella podría tragarse sus lágrimas, él olvidarse de sumar rencores incrustados y el perro despertarse y buscar caricias.

Podrían romper el silencio, pero ninguno lo hará porque llevan demasiado tiempo inmersos en el mismo viaje.

Alba
letrasdealba.es
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2 comentarios

  1. ¡Brillante narrativa! El hartazgo y no el amor propio, es ya una distancia insuperable…cuando las manos se crispan o juguetean es porque el silencio es ruidoso, dentro de dos almas que se alejaron entre si, hace ya tiempo. Un cálido saludo.

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