Alexandra Lemí (Venezuela) Reflexión

La habitación de los espejos

Frente a un primer espejo me detallo desnuda, humana, mortal. Me veo a la cara, a lo interno de mis ojos, comprendiendo que, después de tanto tiempo, por fin me observo con calma, paz, y ligera. Sin embargo, es imposible no notar que por más que me agrade la sutileza de mi rostro, me olvido de partes de mi ser a las que nunca les pongo cuidado. Se me olvida, con constancia, la existencia de mi espalda; esa que solo recuerdo cuando una mano ajena acaricia su superficie. Me da vergüenza admitirle que el olvido es intencional, pues sus marcas me avergüenzan, quizá porque no quiero dar explicaciones a terceros que resulten curiosos.

Sin embargo, me propongo todos los días crecer y quererme, y no puedo alcanzar la totalidad del amor si no hago las paces con cada átomo de mi existencia. Si alguna vez le pedí disculpas a mi corazón por permitir que lo llenaran de curitas, mi espalda no tiene por qué merecerse menos. Cuando me disculpo por los errores, la veo diciéndome que está bien, porque realmente lo está. Hay parte de nosotros que nos cuesta querer o aceptar, radicando lo decisivo en qué decisión nos permitimos tomar con respecto a estas tinieblas que siguen yaciendo en lo interno.

El primer paso para la sanación es, indudablemente, saber pedir(te) perdón. Por ello, querido pecho, no te fatigues, pues te perdono, porque sé que, si un día me apretaste, fue gracias a que me pedías desatar el nudo. Si volteo para mirarme en el segundo espejo, ya no percibo la corteza de la piel. En su lugar, la sangre me corre por cada esquina de los órganos. Recorro, permitiéndome admirar la vida en mis pulmones, estómago, corazón, huesos. Recorro, y me doy cuenta que agradecer es tan importante como ir en busca del perdón.

Entonces, agradezco: a mis pulmones, por seguir dándome oxígeno, aunque yo no sintiese el aire. A mi doliente estómago, por ser el almacén de las mariposas muertas. A mi valiente corazón, por continuar palpitando a pesar de todos los golpes que le han dado sin merecer. A mis resistentes huesos, porque cuando caí, ellos no me permitieron quedar inmóvil en el suelo. Giro al tercer espejo. No me compongo de órganos, sino de recuerdos. Del pasado. Aquí me veo, pequeña, de diecisiete años, con la presión de elegir cuál sendero me llevará a una idea establecida del éxito. Tres carreras para una niña cuya mente es nublada por demonios que la fomentan a escoger lo que otros quieren, y nunca lo que ella decida.

Hoy me pido perdón por haberme sometido a cuatro años de procesos duros, pero también me agradezco por haber entendido que nunca es demasiado tarde para tomar las decisiones que te conduzcan a tu propia noción de triunfo. No obstante, cuando estoy por enfrentarme al último de los espejos, no puedo hacerlo sin que vea, desde tercera persona, mi primer ataque de pánico. Mi primer miedo. Mi primera caída. Mi primera herida. Me observo con un terror que mi piel recuerda al instante. Lágrimas en los ojos que mis pestañas aseguran haber llorado. A pesar de que todo vive en mi memoria, no me siento como la misma persona. Soy diferente, y qué bien se siente serlo.

Le sonrío a la niña que fui, porque gracias a ella, he logrado transformarme en la mujer de la que me siento orgullosa de ser. Finalmente, allí te tengo, cuarto reflejo. Esta vez no hay pasado, ni órganos, mucho menos la imagen exacta de mi apariencia. Esta vez veo el futuro, pero no el de todos, sino el que yo quiero lograr. Veo los sueños que perdí, pero también los que gané. Es necesario renunciar a viejas metas, para que las nuevas puedan nacer. Está bien cambiar de propósitos, porque si existe una madurez mental, eventualmente existirá una madurez a nivel de conocimiento y, con ello, a nivel de los sueños.

Si veo lo que quiero, ¿por qué no he de buscarlo? Si lo veo es porque existe, y porque puede ser posible. Podría resultar una realidad y, esa realidad, podría ser la mía. Lo único capaz de detenerme son mis propias ideas, o la de terceros frustrados que no creen en la realización personal, ya que no tuvieron la suficiente confianza como para luchar por obtenerla. Es inevitable no recordar esos instantes en los que mi vida se vio llena por energías negativas. Es inevitable no darme cuenta de todos los cambios, ahora que he decidido ser mi prioridad.

Puede que me pregunte si en algún momento volveré a recaer. Si resulta ser así, espero recordar que no hay luz que se vea opacada por las sombras, y que más puede la voluntad del bien en contra de los demonios esparcidos por el mal. Los peores monstruos, por seguro, son los que habitan entre nosotros.

Alexandra Lemí
@alexandralemi.art
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2 comentarios

  1. Maravillosa y brillante entrada! Alcanzaste a ser tu en toda su dimensión. Tu y solo tu decides por tu vida. Los otros, solo representan una autojustificación que no te mereces. Darse cuenta…eso es lo que has hecho. Con el pasado, debes botarlo como haces con la basura de tu casa, al contener que esta en la calle. Ya todo es inmodificable. No obstante, la mente es tan pícara que te los traes y para ello, no es mejor que dejarlos venir y procesarlos, con actitud del presente. Mientras tanto, el futuro es incierto para ti y para todos. Vive el amanecer de cada día, como una nueva vida plena de armonía y redescubrimiento… Un cálido saludo

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