Jesús Torres Beato (España) Poesía

Tu cuerpo y mi lengua

Que se balancee mi lengua en ti, que se balancee en tus dos pechos que aprietan al arcoíris; que baje mi lengua por ti, que suba mi lengua por ti, que baje y que suba mi lengua por tus tobillos como un ejército de hormigas que trepa en fila por tus piernas y que delicadamente sube y baja y sube y baja por tu brazo desnudo como un río de flores y de peces descendiendo la montaña. Pero que no pare esto y que suba la lengua, que suba la lengua un poquito más, que suba la lengua unos centímetros más, un poco más allá de ti y de mí, más allá de nuestros cuerpos y de nuestra boca; que baje, suba y se arroje desde el collar de tu cuello al vacío como un pato amarillo afligido en las aguas del Niágara, y que suba ahora ese pato amarillo con esa lengua, que suban los dos saltando de la mano, que suban los dos corriendo y se resbalen y caigan al centro exacto de tu ombligo como dos diminutas gotas de agua. Y es que, amor, mon amour, eres un melocotón dulce para la noche violeta, en este cuarto de hotel que se balancea dentro de ti, en esta lámpara de velas encendidas que se balancea dentro de ti, muy dentro de ti, tan dentro de tu cuerpo como una paloma blanca de caricias que picotea en el sol mojado de tu ventana. Y ahora lancémonos usted y yo por el barranco, lancémonos como gotas de sudor de dragón o de éxtasis, los poros secos de la lengua seca, las risas exóticas, el osito de peluche oscuro al filo de la cama, tus pies, tus manos, tus alas, el instante. Tú y yo siempre, tú y yo nunca, tú y yo ahora; tú y yo creamos electricidad, tú y yo fabricamos electricidad. Mi lengua es de luz, mon amour, mi lengua es luz; todos los perros somos luz: la vieja pianista húngara del quinto piso es luz, la rueda trasera de mi bicicleta rosa es luz, la luna menguante y su guitarra flamenca son de luz. Hasta todos los países del mundo uno por uno, son luz: farolas, coches, árboles, y toda la hojarasca de las galaxias conocidas y por haber, y todos los patos amarillos que cruzan solos la carretera y todas las hormiguitas que andan nerviosas por el jardín o en la cocina. Y es que, amor, melocotoncito mío, lo que quiero es que sepas que en este preciso instante –justo ahora– todo el planeta Tierra está trepando despacito por tu cuello –incluso una isla remota, mon amour. Quiero que sepas que todo el universo se funde con mi alma en la punta de mi lengua cuando te beso; una lengua roja que sube y que baja ya sin fuerzas, pero que sube y baja y sube y baja y explota al fin entre tus pezones como una granada de confeti que se arrastra débilmente por tu cintura y que, casi ya sin eco y sin aire, lame cien pompas de vapor en la noche infinita.

Jesús Torres Beato
@poeta.jtb
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