Cuento Rubén Álvarez Vázquez (España)

Don Luis, el bibliotecario

La pasión por los libros es algo innato para este que les escribe, pero no habría sido igual sin la savia lectora que me inoculó D. Luis A., responsable de la biblioteca municipal de mi barrio. Cuando lo conocí, parecía un hombre anodino y gris, la clásica persona que se refugia entre estantes y papeles porque no sirve, o más bien, otros no lo consideran útil para tareas más lucrativas. Desde el principio me llamó la atención su exquisita educación, el hablar pausado, el tono amistoso y agradable, en un tiempo en el que los buenos modales estaban en retirada. Era alguien fuera de lugar en aquella ciudad española, industrial y provinciana, de la década de 1980.

Frecuentaban la biblioteca muchos escolares que iban a hacer los deberes, pero siempre acababan gritando y arrojándose pelotillas de papel, gomas de borrar y bolígrafos, para desesperación del noble D. Luis, el cual trataba, en vano, de contener la anárquica jauría que invadía su santuario. Finalmente, superado por la situación, optaba por aislarse en su escritorio, entretenido en anotar a mano, con su llamativa letra inglesa, en una enorme libreta con tapas de piel, las entradas y salidas de volúmenes de la biblioteca. No es casualidad que D. Luis reparase en mí, un muchacho callado, introvertido, que se refugiaba entre los libros para no enterarse del desorden causado por sus compañeros. Cuando me aproximaba al mostrador para devolver o tomar prestado, el bibliotecario, tras observar cada título y pensar durante un rato, hacía algún comentario sobre la obra en cuestión.

Parecía que aquel señor había leído todos los libros del mundo porque siempre tenía algo que contar o recordar. Unos años más tarde, durante mi mayoría de edad, el Ayuntamiento trasladó la biblioteca a un local más espacioso en un antiguo cuartel rehabilitado para usos culturales y D. Luis alcanzó allí la merecida jubilación. A partir de este momento le perdí la pista, pero me llegaron informaciones muy interesantes de su pasado, gracias a una reseña que le dedicó el periódico. Resultaba que el bibliotecario de barrio era un referente cultural: escritor de mediano éxito, primer director del museo etnográfico, articulista sobre las tradiciones locales y regionales. Como si el destino hubiera decidido nuestra coincidencia, descubrí que era el autor de las crónicas que seguía cada sábado en el periódico de la ciudad.

Aquellos textos siempre incluían una ilustración del mismo autor, en la que aparecía la figura estilizada de un gato negro con grandes ojos claros. D. Luis amaba, como yo, los enigmáticos y seductores felinos. Son mascotas recomendables para los bibliófilos y bibliotecarios, los estudiantes aplicados, los profesores, escritores y demás personajes vinculados a las letras. En un instante ominoso, la corporación municipal había apartado, a traición, a mi amigo de su responsabilidad en el museo etnográfico, suponiendo que un director designado en tiempos del dictador tenía que ser, por fuerza, más franquista que Carmen Polo. Esta opinión era un error garrafal, ya que a nuestro hombre no le interesaba la política para nada, pero la decisión fue irrevocable y lo condenó al destierro en una humilde biblioteca de barrio, por fortuna a pesar de todo.

D. Luis pasó sus últimos años, ya viudo, en una residencia de la tercera edad, cerca de su lugar de trabajo. Allí lo pude ver en varias ocasiones, a través de la verja del jardín, caminando pausadamente con su traje de algodón claro, el bastón con puño de bronce y el sombrero de ala ancha. Parecía un anciano aristócrata en su retiro de cualquier ciudad centroeuropea. Poco después leí en el periódico la noticia de su fallecimiento a edad avanzada. Seguramente, en el cielo del buen bibliotecario abundarán los gatos amistosos, los libros de tapa gruesa y los escritores de piel translúcida y melancólico mirar. Y también, por descontado, las plumas estilográficas de cuerpo ligero, cálido tacto y suave movimiento sobre el papel.

Rubén Álvarez Vázquez
fabriziodisalina.wordpress.com
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