Una tragedia

Lo vi por primera vez cuando entró a lo que llamábamos la «Oficina». Nadie podía no prestarle atención: era la clase de persona a quien se le oye la voz antes de ser visto para que luego todos los ojos del lugar apunten a él. Recuerdo que ni siquiera me saludó, sino que fue un cortante: «Quiero que oigas esta idea», prendió un cigarrillo y supongo que ahí comenzó nuestra historia. Acomodó como pudo sus caderas altísimas sobre esa silla, sacó su cuaderno y su lápiz y con una sonrisa cálida abrió sus brazos largos hacia mí para mostrarme algo. Me compartió su cuaderno para que yo leyera unos borradores que él había esbozado. Creo que lo hizo para romper el hielo pues siempre prefirió hablarme las ideas antes que pasármelas por escrito; cambiaba de opinión ni bien había terminado de comunicarla y siempre fue tan dinámico que si algo quedaba registrado sobre el papel perdía vigencia inmediatamente y tocaba botarlo o romperlo para no confundirnos ni convertirnos en esclavos de unas notas obsoletas, o eso decía él que ocurriría si uno se apoyaba en notas. De modo que leí en su cuaderno: «Turandot: una nueva comedia. Dirigida por Axel de Marco. Escrita por…» Le di mi nombre y escribió: «Escrita por Belén Villalta». Axel ya había dirigido un par de obras antes, pero este era mi primer trabajo en teatro y nadie me iba a quitar esa posibilidad que ahora tenía gracias a él. Fue en ese momento que Axel encarnó mis ganas de escribir guiones, ahí entré a su culto que llamaba «La Compañía» y hoy confieso sin vergüenza que fui seguidora suya.

Una vez lo vi llegar con una ceja rota, labios inflamados y los nudillos ensangrentados. Me dio miedo, pero lo primero que pensé fue que sin duda había tenido que perder la pelea y lo deduje porque, dado el estado en que él quedó, si él la hubiera ganado habría tenido que matar al otro, seguramente. Casi nunca comenzaba las peleas, pero siempre había jurado terminarlas si alguna vez se encontraba en una. Ese día estaba particularmente fastidiado y cuando entró una llamada diciendo que una de las escenas de la obra no era lo que el productor buscaba y que por eso tocaba cambiarla, agarró rabiosamente su grabadora costosísima y la estrelló contra la pared, no porque no aceptara la crítica sino porque se exigía a sí mismo una excelencia inhumana. Tuve la intención de recoger la grabadora y me advirtió, señalándome con el dedo: «¡Déjala quieta!» Luego se sentó a redactar una carta recordándole al productor que fueron ellos quienes buscaron nuestra Compañía y no al revés y que él no era una máquina que produce guiones a conveniencia y en masa; concluyó criticando la industria y prometió que el día que escribiera para la satisfacción monetaria de un hombre de negocios, ese día se devolvería a trabajar a la casa editorial, donde fue miserable; pero donde al menos los hombres de negocios no eran hipócritas y mostraban sin asco su interés monetario a flor de piel. La sangre fresca que aún le caía de su ceja sirvió como sello de la carta. Con tal furia convenció al productor y la escena sobrevivió siete borradores más hasta que Axel se aburrió de ella y la desechó por completo.

Los malos días en la Oficina eran de esa forma. En el ambiente se sentía un resentimiento reprimido que en cualquier momento estallaba para todos lados y contra quien se atravesara. Tal vez el mundo sí le debía algo a Axel, tal vez el mundo sí era responsable de esa violencia encapsulada suya. Esas explosiones no tenían que ver con el trabajo, yo lo sé, tenían que ver más con ese miedo de no poderse descifrar a sí mismo, no ser quien él pensaba que era, y yo sólo quería decirle que estaba bien. Estaba bien no conocerse y estaba bien cambiar y estaba bien no condescender ni siquiera a las propias expectativas.

Luego de meses de trabajo, la pequeña Compañía que él había ensamblado junto a nosotros invadió lentamente los teatros de la calle Corrientes. Yo ya podía morir en paz al ver mi nombre estampado sobre avisos y carteleras, pero Axel todavía se sentía en deuda. El éxito no le importaba y jamás buscó la aceptación o reprobación de la crítica, simplemente no le importaba. La noche en que estrenamos la primera de tantas obras noté que su cara tenía más una disposición de estar probando un punto sobre la industria que de una satisfacción u orgullo. No encontraba paz y le había declarado la guerra a un enemigo invisible que sólo él conocía y que ahora me siento mal por no haberlo entendido en ese momento.

Al final de la noche de uno de los estrenos, nos estábamos devolviendo a nuestras casas y el chofer paró primero en la de él. «Bájate conmigo. Yo te pago el taxi a la tuya» ordenó y yo sorprendida y algo intimidada cumplí. Entré a su casa de tres pisos, sola y vacía salvo por unas fotos en la entrada. Me invitó a subir al último piso al estudio principal que tenía un gran panel de puerta deslizable y me dijo que la cerrara. Con llave. En mi imaginación empecé a buscar posibles rutas de escape por si esta persona algo ebria, que no era más que un colega del trabajo, me quería hacer algo, pero noté cierta ansiedad en él, más miedo en él de lo que yo tenía y eso me tranquilizó, pero también tuve angustia de lo que estuviera ocurriendo en su mente. Pasé de temer por mi vida a temer por la suya.

«Estoy enfermo» tiró desprevenidamente. Dado el hecho de que me haya subido y me lo dijera a solas con ese tono, lo único que acerté a responder, medio en broma medio en serio, fue: «¿Qué tan grave puede ser… cáncer?» Su semblante cambió completamente a una mirada de compasión que amablemente pedía concentrarme y reconsiderar mi respuesta para no arruinar esa trampa de solemnidad a la que me indujo sin muchos problemas y sin yo caer en la cuenta. De repente, su vida entró a la mía, tremenda, como un puño y capturé todo su ser en esos segundos en que pensé cuál enfermedad podría estar padeciendo justo él, justo en ese tiempo de la humanidad. Nunca me había detenido a pensar en Axel o a tomarme la molestia de entenderlo; para mí él solamente ocurría y ya, como cualquier otra persona. Nunca se me pasó por la cabeza, hasta esa ventana de reflexión fugaz que él me había abierto al invitarme a entrar a su vida real por primera vez, que esa epidemia que uno tanto escuchaba en las noticias y que ya había cobrado tantas vidas de gente como Axel, le hubiera tocado ahora a él. Hice dos reclamos: por qué me lo estaba diciendo en la noche de la celebración y por qué no me lo dijo en el momento que supo. Lo veía tan alto, largo y saludable como una criatura villana de una de sus obras, y me negaba a pensar que efectivamente esa sentencia de muerte que implicaba su enfermedad fuera irreversible.

Meses después, cuando regresamos a trabajar fue un alivio verlo. Se sentía como si la enfermedad le hubiera dado licencia para hacer cosas que ni siquiera él se permitía. Le había dado una vitalidad y una segunda juventud que debía desahogarla toda en el proceso creativo de la Compañía y tal energía se canalizaba muy eficazmente mediante ideas que ninguno de los demás hubiera pensado. Yo no entendía nada y por eso quise preguntarle algo por el estilo de «¿Al fin sí te vas a morir o no?» Y yo lo miraba, no podía dejar de mirarlo mientras él estaba en lo suyo, porque me parecía fascinante su forma de trabajar, pero sobre todo porque no cabía en mi mente la idea de que esa persona que yo estaba viendo ahí, justo en ese momento, fuera a estar muerta dentro de otros meses más. Estaba tan entusiasmado que rápidamente nos hizo olvidar las noticias de su mortalidad y empezamos, por primera vez desde que nos enteramos todos, a mirar hacia el futuro con ganas de seguir montando obras y reinventar las que ya habíamos hecho. Él editaba y reeditaba como si no hubiera un mañana porque tal vez para él no lo iba a haber y ese momento podría llegar sin avisar: la escritura se tornó para Axel, literalmente, en una cuestión de vida o muerte y trabajaría en eso por el resto de su existencia.

Aprovechamos su energía para completar cuatro obras más en menos de un año y revivir algunas interpretaciones pasadas. Llegó un momento en el que seis producciones de la Compañía estaban en cartelera al mismo tiempo, y Axel seguía trabajando sin descansar. Pensé de todo, incluso me lo imaginé haciendo un pacto con el Diablo para alargar su vida y robarle años a gente que no los quisiera o no los fuera a aprovechar, porque incluso eso parecía posible y aun si no lo fuera, él lo hubiera hecho posible de algún modo en algún rincón de su agobiante creatividad. Daba entrevistas, asistía a invitaciones y cenas, se daba el lujo de decirle «no» a proyectos, y con todo y eso aún no estaba satisfecho; aún no había probado su punto, aún no había podido vencer a su enemigo invisible; a decir verdad, nunca tuvo esperanzas de hacerlo, quizá fue también ese objetivo inalcanzable el que lo movió a seguir el impulso creativo más genuino que jamás hubo en esta ciudad. Después de todo seguíamos siendo una compañía independiente de diez trabajadores. Nunca le dieron la satisfacción de premiarlo en vida o entrarlo a la junta del Círculo de dramaturgos, dos cosas que él siempre quiso y que serían, acaso, lo que finalmente acabaría por calmar su personalidad desenfrenada. Y quizá también por saber esto, sentía siempre cierto placer en las derrotas que el sistema le tendía a pesar de su genialidad.

Un día no regresó más a la Oficina. La semana anterior habíamos quedado en volver a reunirnos para pulir un trabajo. Pero no regresó. «Tal vez la enfermedad se está poniendo peor» pensé. Eso, sin embargo, no tenía sentido porque la última vez lo había visto con la misma compostura y lucidez de siempre. No éramos íntimos amigos ni me creía con la confianza o autoridad de contactar a Estela, su hermana, o a Gonzalo, su pareja, para preguntarles si sabían algo de él. Había terminado mi trabajo a eso de las 3 de la tarde, eché llave a la oficina de Callao y Corrientes y salí a tomarme un café para descansar. Preciso en la salida del edificio me topé con Estela de Marco. Tenía una sonrisita de paz interior y como anunciando una profecía con una voz de resignación y paz, y dijo «Vengo a recoger las cosas de Axel», como si una vez más estuviera salvando a su hermano de algún problema callejero al estilo de cuando eran adolescentes, como un deber que sentía ella con él y un peso que le correspondía cargar a ella y a nadie más; como si el día que ella siempre supo que ocurriría hubiera, al fin, llegado, y sentí ser una intrusa en ese momento tan íntimo. Le abrí la puerta que acababa de cerrar, me quedé afuera unos minutos procesando lo que estaba pasando, si quizá estaba siendo yo víctima del engaño de alguna estafadora. Entonces me pellizqué y volví a subir. Noté que Estela ya había empacado todo lo de Axel en una caja. No me chocó tanto la rapidez con la que lo hizo como ver ese rincón suyo de la oficina completamente vacío y ahora limpio, contrastando con el resto de mesas del lugar, desorganizadas y listas para continuar el trabajo del día luego del café de las 3. Su máquina de escribir digital, sus fotos y notas, sus dibujos raros, papeles regados, comida abierta… Todo eso se había tornado en una pared blanca y en un escritorio que parecía nuevo sin uso. «Lo siento mucho», fue lo único que dije, le confié las llaves y me fui de la Oficina cuanto antes para escaparme de esa densa nube gris de realidad y que sólo apareció en ese lugar ese día cuando la verdad venció al teatro y mató nuestra farsa. Esas historias fantásticas que creamos ahí adentro, que ahora no parecían más que jueguitos, se fueron fosilizando una por una hasta resolverse finalmente en intolerables memorias agridulces y trampas del pasado a las que se caen voluntariamente sólo cuando es necesario.

En la premiación de ese año la Compañía recibió 14 nominaciones y ganamos 8 premios. Gonzalo aceptó cada distinción en nombre de Axel. Para mí fueron dos años de trabajo con él, pero pareció toda una vida entera, tal vez porque aún creo notar algo de su influencia hasta en los últimos trabajos antes de mi retiro, tal vez porque él vivía en dos años más de lo que cualquiera podría vivir en 80.

Hoy él debería estar cumpliendo 71. Yo sé que nunca se hubiera perdonado llegar a viejo. O a débil. Siendo honesta, yo tampoco me lo imagino y por eso es extraño pensar que si aún viviera tendría los beneficios de un jubilado, quién sabe si con nietos o no, reuniéndose todavía con viejos conocidos para jugar y tomar. Yo no sé qué pasó el día que lo mataron. Por lo que supe de la investigación le pegaron tres balazos adentro de un colectivo que iba a Liniers. No sé si lo mataron por bocón, si lo merecía o no, si lo iban a robar… Francamente no me importa. De lo que sí estoy segura es que Axel hacía lo que decía y decía lo que pensaba y eso, parece, es imperdonable. Más viniendo de un maricón.

Fabio Eduardo
@fabioeduardo_R
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Publicado por Letras & Poesía

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