Miguel, el desgraciado

Tuvimos un accidente. No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pero mi mujer, Martha, está sufriendo mucho junto a mi pequeño hijo. He estado vagando como un loco por los caminos oscuros del bosque monaguense pidiendo a los viajeros que nos socorran, que me ayuden a sacar a mi familia del carro ardiendo.

Sin embargo, nadie se ha frenado nunca a escucharme. Mis lamentos se pierden entre la vegetación, y todos parecieran ignorarlo. En ocasiones, he notado que incluso los vehículos aumentan su velocidad cuando me les aparezco, en los cruces cerrados y en las subidas de montaña. Esto ha estado siempre lleno de desgraciados, pero mi deber es seguir buscando quien nos socorra.

Una de esas muchas veces, luego de tanto intentar, logré hacer que una jovencita se detuviera cuando me le paré al frente de su vehículo. Ella se bajó con calma, con una sonrisa paciente. Me dijo:
—Hola, señor Miguel. ¿Aún sigue pidiendo ayuda?
Yo no comprendía. En su mirada sentí que ella era distinta al resto de viajeros.
—¿Cómo que si aún sigo pidiendo ayuda? Mi familia sigue en ese vehículo. ¡Debo sacarlos, debo llevarlos al hospital antes de perderlos para siempre!

La joven se acercó a mí y me tocó el hombro. Sentí que cuarenta años de dolor desaparecían. Ella me dijo:
—Móntese en mi carro, lléveme hacia donde están ellos.
Ambos subimos al auto y la guié por aquellas empinadas carreteras que parecían subir hasta el cielo. Cuando llegamos al lugar donde había dejado a mi esposa y a mi hijo, no encontré nada.
—¿Qué es esto? ¡Deben haberse caído por el barranco!

Nos bajamos, busqué como un desquiciado. El bosque parecía haberse tragado a mi familia.
En ese momento, la chica se acercó a mí y me susurró al oído:
—Señor Miguel, creo que puedo ayudarlo a regresar junto a ellos.
—¿Ayudarme?
—Sí. Pero debe prometerme que mantendrá su mente abierta.
Se lo prometí. Ella continuó:
—Usted falleció en este cruce el 17 de octubre de 1982. Su esposa y su hijo están esperándolo en el cielo.

Perdí el balance, dejé de escuchar. Mi memoria etérea revivió los cuarenta años que había estado allí; implorando por socorro, aunque ya estaba muerto. Pregunté a la joven:
—¿Tiene algún sentido que yo aún esté aquí?
—Lo tiene. Aún siente culpa, y ningún culpable logra entrar al cielo.

Regresé al momento del accidente. Martha y yo gritábamos por algo tonto, alguna de esas diferencias estúpidas que parecen importar cuando estás vivo. El pequeño iba detrás, y escuchaba entre lágrimas lo que sería la última discusión familiar de su vida. Antes de chocar, vi el rostro de mi mujer: parecía una energúmena, pero mantenía las delicadas facciones que me habían enamorado. Era hermosa, lo era tanto como la vida.
La jovencita volvió a hablar:
—Estoy aquí para ayudarlo a llegar al cielo. ¿Está listo?
—Sí. Envíeme al cielo, por favor.

Un canto santo salió de su boca: un canto tan mágico como el aroma de la lluvia al caer sobre la tierra. Era una plegaria a Dios, y sentí cómo mi sustancia comenzaba a alejarse del suelo.
—Gracias —le dije.
Ella respondió:
—Envíele saludos a su mujer de mi parte. ¡Espero que me cuiden desde allá arriba!
Y me fui. Dejé por fin de sufrir.

Grecia Vitriago subió a su vehículo con una sonrisa, y se perdió entre los caminos del bosque. Había escuchado antes la leyenda de Miguel el desgraciado, un ánima pérdida que aparecía en Monagas y asustaba a los viajeros. Se documentó suficiente sobre el accidente que sufrió, y viajó hasta el lugar para ayudarlo a sanar su dolor. Lo había conseguido y eso la contentaba mucho. Su próxima parada era Cumaná, pero esa es otra historia.

Jesús Martínez
@jesus_escribe
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Publicado por Letras & Poesía

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4 comentarios sobre “Miguel, el desgraciado

  1. Excelente reflexión sobre el duelo, sobre la pérdida irremediable de seres queridos y el dolor y la culpa que increíblemente hasta el espíritu etéreo convalece por falta de comunicación efectiva y afectiva. Excelente «Pluma Fina»

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