Antropólogo y filósofo. Roberto Garcés Marrero nació en 1984, en San Juan de los Remedios, un viejo pueblo cubano, donde la magia es cotidiana. Quizás por eso cree firmemente que la poesía es invocación y exorcismo. Roberto es miembro de Letras & Poesía desde abril de 2022. En esta conversación, nos cuenta sobre su vida literaria, los libros que lo marcaron y más:
¿Cómo ha sido tu relación con la escritura?
Desde muy pequeño los libros eran mis regalos favoritos y exigía a los adultos que me leyeran una y otra vez las historias hasta que me las aprendía de memoria. Pronto, en cuanto supe escribir, tuve el deseo de crear mi propio relato; en segundo grado de la primaria escribí mi primer cuento: un texto muy ingenuo sobre un lucero que se comía a una estrella. A partir de allí escribir fue una manera de explorarme y de inventar mundos increíbles. Mi mamá me animó a llevar un diario que tuve por muchos años y este ejercicio cotidiano de escritura se convirtió en una verdadera necesidad.
En el preuniversitario me inscribí en el taller literario de mi municipio donde aprendí mucho, en contacto con otros escritores y con la profesora Yoly, un verdadero encanto de persona. Me presenté a concursos provinciales e incluso gané algún reconocimiento alguna vez. Escribía feroz, compulsivamente: ese fue un tiempo muy oscuro para mí y la escritura me salvó, literalmente, permitiéndome elevarme sobre circunstancias que sin esa tabla de salvación me hubieran ahogado.
En la universidad publiqué algunas historias en una revista estudiantil que creamos. La carrera que estudié nos obligaba a leer muy buenos textos y el ambiente en el que nos desenvolvíamos era muy propicio para la creación. No obstante, la mayoría de los escritos de esa época los perdí o los destruí. Tenía en ese entonces la costumbre de escribir como una manera de liberarme de emociones que no sabía canalizar y luego quemar el papel. Realmente funciona. Publicar siempre me atemorizó y no me lo propuse hasta hace muy poco. Fue Letras & Poesía el trampolín desde el cual me atreví a dar el salto.

¿Cómo es tu proceso de creación literaria?
No soy un escritor metódico. Escribo a partir de momentos de inspiración súbita en los cuales algo en mí se conecta y necesita ser expresado. Observo mucho lo que sucede a mi alrededor. Recuerdos, anécdotas, sensaciones, palabras, vivencias de otras personas: todo esto lo absorbo con avidez y lo dejo fermentar en mí hasta que explota convertido en un escrito. Cuando el resultado está listo pugna por salir y me genera una suerte de ansiedad que no cesa hasta que escribo. En tales momentos debo dejar todo y hacer que el texto se exprese. Es un proceso casi mediúmnico: algo se estuvo gestando en mí que pareciera tener vida propia y tiene sus propios tiempos. Rara vez escribo de otra manera, por eso los retos quincenales del grupo son una experiencia muy enriquecedora. Me permiten explorar temas y formatos que de otro modo probablemente no experimentaría.
¿Has cambiado algún final después de escribirlo?
Sí, muchas veces. La primera versión del texto es un boceto inacabado y no siempre la manera de terminarlo es convincente de inmediato. En una ocasión tardé casi diez años en encontrar el final de un microrrelato. Me gustaba mucho la historia, pero no podía cerrarla. Generalmente dejo al texto descansar luego de escribirlo y pasado un tiempo lo leo otra vez. Eso te da la posibilidad de tomar distancia y arreglar muchos detalles. Cada escrito necesita un período diferente: con algunos debes volver una y otra vez. Son como hijos rebeldes.
Un lugar.
Baja California Sur: nunca he visto tanta diversidad de azules como en esas playas escoltadas por enormes cactus. La sensación de soledad de sus paisajes me parece fascinante, a pesar del calor infernal. Algo en su aire, donde se combinan las arenas del mar y del desierto, le habla directamente a mi alma.
¿En qué te inspiras para escribir?
En mis emociones. Toda mi escritura es profundamente subjetiva y catártica. No me interesa “captar” una realidad tal cual es, sino expresar lo que esta me mueve para a partir de ahí crear sensaciones en quienes me lean. Eso sí, no siempre busco generar una sensación agradable o armónica. También se vale el desagrado, el disgusto.
A la usanza de los surrealistas, también me baso en mis sueños: tengo un universo onírico muy vívido. A veces despierto en medio de la noche y corro a escribir las cosas que soñé, antes de olvidarlas. A menudo el resultado es demasiado personal, tanto que puede resultar ininteligible para los otros: este es el mayor problema de esa fuente de inspiración.
Escritores que vale la pena leer.
La lista sería interminable. Algunos de los autores que más me han marcado son Edgar Allan Poe, Rimbaud, Baudelaire, José Lezama Lima, Dostoievski, Lautréamont, Proust, Dulce María Loynaz, Anaïs Nin, Marguerite Yourcenar, Yukio Mishima, Unamuno, Kundera, Virginia Woolf, Fernando Pessoa, Basho, San Juan de la Cruz, Cortázar, Faulkner, Borges, Virgilio Piñera, Juan Rulfo, Clarice Lispector, Algernorn Blackwood, Julián del Casal, Oscar Wilde, Maupassant.
Lo que más te gusta de tu país.
Mi relación con Cuba es ambivalente. Es un país atípico, con una historia muy particular y la situación actual es muy compleja. Pero me gusta mucho su literatura, su comida, el mar omnipresente.
¿Dónde naciste? ¿Cómo transcurrió tu infancia y adolescencia
Nací en San Juan de los Remedios, uno de los asentamientos humanos más antiguos de la Isla. Es un lugar de tierra roja, lleno de leyendas. En su historia se combinan asaltos de piratas, criaturas monstruosas e incluso, una invasión de demonios, porque según los rumores está construido a la vera de una entrada al infierno, localizada en una cueva que se llama El Boquerón.
Siempre fui un niño bastante solitario, perdido en la lectura o en mis largas exploraciones de los montes de las afueras del pueblo. Caminaba por horas en medio del campo y del bosque, imaginando toda clase de cosas. A muchos adultos les preocupaba que no me interesasen los juegos de los niños de mi edad o que leyera autores que, según ellos, no debía conocer aún. Por ejemplo, leí todos los cuentos de Edgar Allan Poe en quinto grado.
La vida artística de esa vieja villa, a pesar de ser diminuta, es muy potente y crecí cerca de muchos artistas. A menudo, ya adolescente, nos reuníamos por las noches y pasábamos horas cantando o discutiendo sobre temas de todo tipo. Fueron tiempos intensos, que recuerdo con mucho cariño.

Una película.
Mis directores de cine preferidos son Tarkovski, Bergman y Almodóvar, pero si me preguntan por una película mencionaría sin dudar “La montaña sagrada” de Jodorowsky. Me fascina su densidad simbólica. Verla es como emprender un viaje iniciático.
¿Qué define a un/una buen/a escritor/a?
La sensibilidad, en primer lugar. Luego, la creatividad y la capacidad de jugar con el lenguaje y sus normas. La combinación exacta de estos tres elementos es, para mí, el principio de lo que llaman talento. Hay que estar abierto al mundo para percibirlo y vivirlo con vehemencia, pero después hay que saber expresarlo en cierto lenguaje de una manera nueva. Suena fácil, pero no lo es.
Hay escritores que son totalmente formales, con un uso perfecto de la lengua, pero debajo de eso no encuentro vida. Me sucede con Carpentier, por ejemplo. Otros están tan vivos que son caóticos. Algunos solo son experimentación casi dadaísta. Llegar lo más cerca de un término medio entre estos extremos sería lo ideal.
¿En qué te basas para crear los títulos de tus escritos?
Esa es la parte más difícil de escribir para mí. Demoro bastante en encontrar los títulos adecuados. Generalmente intento que expresen algo que no se haya dicho de forma explícita en el texto y que dialogue con él. En poesía suelo utilizar adjetivos.
¿Qué libros te han marcado?
Serían muchos para mencionarlos todos. En primer lugar, Paradiso de Lezama Lima: redescubrí Cuba en esa novela. En busca del tiempo perdido de Proust, La montaña mágica de Mann y Así hablaba Zaratustra de Nietzsche me movieron muy profundamente. Luego de leerlos no volví a sentir o pensar del mismo modo.
¿Qué es lo más desafiante de escribir?
Exponerse. Al escribir te exhibes totalmente vulnerable ante desconocidos. Lo que sientes queda a expensas de los demás. Por esto entiendo en parte que algunos escritores tomen tal mal las críticas, pues lo que se escribe siempre es muy personal. Pero también hay que aprender a desapegarse de lo escrito, entender que cada texto tendrá su propio camino y que, aunque es una parte de ti, no eres tú.
¿Qué consejo le darías a otros escritores independientes?
Primero, leer mucho. Es una de las mejores maneras de aprender cómo y qué escribir. Segundo, que no se amilanen ante las críticas: cada autor tiene su propio público y no siempre le gustarás a todos. Pero es importante estar abierto a los consejos que puedan recibir. Finalmente, no dejen de escribir: el mundo necesita belleza.
¿Cómo describirías tu experiencia en Letras & Poesía?
Con Letras & Poesía me abrí a que mis escritos fueran conocidos. Ver mis textos publicados en la red o en las antologías han sido algunas de las mayores alegrías que he tenido en el último tiempo. Gracias a esto me animé a publicar en revistas literarias. Por otra parte, los retos y el espacio que se genera donde puedes encontrar a personas muy talentosas es sumamente enriquecedor. Estoy muy agradecido por ser parte de este proyecto, al que le auguro mucho crecimiento y una larga vida.


Deja un comentario