
Por: Aurora Hernández
La soledad no siempre es enemiga. A veces es un refugio donde encontramos claridad, y otras veces, una herida que acompaña en silencio. Los poetas lo saben bien: han buscado en ella compañía, consuelo, inspiración o desahogo.
Aquí reunimos 10 poemas sobre la soledad que tocan el alma, cada uno con una voz distinta, desde los clásicos universales hasta la creación de uno de nuestros autores contemporáneos.
1. «Yo no tengo soledad» – Gabriela Mistral (Chile)
Es la noche desamparo
de las sierras hasta el mar.
Pero yo, la que te mece,
¡yo no tengo soledad!
es el cielo desamparo
si la luna cae al mar.
Pero yo, la que te estrecha,
¡yo no tengo soledad!
es el mundo desamparo
y la carne triste va.
Pero yo, la que te oprime,
¡yo no tengo soledad!
2. «Dolor» – Alfonsina Storni (Argentina)
Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…
Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.
3. «Soledad» – Rosalía de Castro (España)
Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.
¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.
No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.
4. «Ausencia» – Jorge Luis Borges (Argentina)
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.
5. «Fiesta» – Alejandra Pizarnik (Argentina)
He desplegado mi orfandad
sobre la mesa, como un mapa.
Dibujé el itinerario
hacia mi lugar al viento.
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.
Y he bebido licores furiosos
para transmutar los rostros
en un ángel, en vasos vacíos.
6. «A la soledad» – Francisco Sosa Escalante (México)
Tregua buscando al anhelar que siento
a ti un refugio, soledad, te pido;
rueden mis horas en quietud y olvido,
halle descanso en ti mi pensamiento.
Los que gozan de dicha y de contento
disfrutando el amor de un sér querido,
los que felices son, entre el rüido
del mundo, vivirán sin mi tormento.
Mas yo que miro conjurarse airadas
las penas todas contra el alma mía,
busco tus horas tristes y calladas.
Amable soledad, oculta pía
mis lágrimas que corren desbordadas;
que de ellas nadie por mi mal se ría.
7. «Cava memorias» – Mario Benedetti (Uruguay)
La soledad es un oasis
está en litigio
no tiene sombra
y es puro hueso
la soledad es un oasis
no hace señales
pesa en la noche
lo ignora todo
la soledad no olvida nada
cava memorias
está desnuda
se encierra sola.
8. «Tristitia» – Abraham Valdelomar (Perú)
Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola,
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola
y el tañer doloroso de una vieja campana.
Dábame el mar la nota de su melancolía;
el cielo, la serena quietud de su belleza;
los besos de mi madre, una dulce alegría,
y la muerte del sol, una vaga tristeza.
En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado, del mar,
y lo que él me dijera, aún en mi alma persiste;
mi padre era callado y mi madre era triste
y la alegría nadie me la supo enseñar.
9. «Soledad» – Miguel Hernández (España)
En esta siesta de otoño,
bajo este olmo colosal,
que ya sus redondas hojas
al viento comienzo a echar,
te me das, tú, plenamente,
dulce y sola Soledad.
Solamente un solo pájaro,
el mismo de todas las
siestas, teclea en el olmo,
su trinado musical,
veloz, como si tuviera
mucha prisa en acabar.
¡Cuál te amo! ¡Cuál te agradezco
este venírteme a dar
en esta siesta de otoño,
bajo este olmo colosal,
tan dulce, tan plenamente
y tan sola Soledad!
Y también en casa…
La soledad no solo ha inspirado a los grandes y clásicos nombres de la literatura universal. En Letras & Poesía también hemos querido explorarla y darle voz en nuestra antología Mientras me habito, donde distintos autores comparten su manera de habitar el silencio. Aquí uno de ellos:
10. «Nocturno (díptico)» – Roberto Garcés Marrero (Cuba)
I
Sin puertos;
flotando en el agua pesada
de un mar carente de oleaje.
Sin llaves ni cerraduras
que puedan abrir mis puertas
y –a patadas–
sacarme de mí.
II
Escribiendo malos versos
que rehúsan a serlo,
dramatizando emociones
que quizás no siento,
la noche pasa más rápido
y menos vacía.


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