
Diciembre del 2000. Málaga. Acumulo inviernos bajo el pecho y huyo de todo lo que me nubla el corazón. Allá a donde voy me acompaña siempre el mar que me ha visto crecer, y si me buscas probablemente me encuentres en una estación a punto de subir a un autobús. Escribo porque desde hace mucho la distancia entre cada una de las letras se ha convertido en mi refugio, y nunca me había sentido tan a gusto en casa. Siempre creeré que la revolución empieza en la punta de la pluma del poeta que pide libertad, y por eso me quedo con los versos de Miguel Hernández. Además, Celaya dijo una vez que la poesía era un arma cargada de futuro. Y yo estoy dispuesta a recibir sus balas, porque de las heridas, hoy, me nacen flores. Mi mundo es un poco caótico, contradicción de contradicciones. A veces constante y otras veces desesperante. Olvido con facilidad, pero los recuerdos son para siempre. Como banda sonora de cada día escojo aquello que me haga sentir, pero puestos a elegir me quedo con el rock y el indie. El café con doble de abrazos, por favor. ¿Color? El amarillo, siempre. Soy pequeña, pero eso no me impide volar alto. O al menos intentarlo. Todos tenemos una historia que contar, y yo escribo sobre ello. Miradas, sueños, miedos… y todo aquello que nos hace ser humanos. Porque dentro llevo la revolución del corazón, unos sentimientos que dicen estar hartos de estar sometidos a la voz de la razón. Aunque a veces, aquí dentro los cimientos también tiemblan, pero el amor… el amor siempre está garantizado.
Así que dime, ¿te quedas?
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