Kobo73


Mamen Monsoriu

 Géneros: Poesía, Relatos, Cuentos, Opinión
 En Letras & Poesía desde noviembre de 2017 

Hace demasiados años, 1973, me nacieron en Sevilla, capital del mundo cuando las grandes urbes que florecieron siglos más tarde eran pasto de las vacas o similares. Tiempos agrios corrían por las españas de entonces y me fui irguiendo mientras leía mis primeros cuentos y versiones infantiles de libros inmortales. Respondía al nombre de Juan Jacobo Ocaña Haro y así se me quedó grabado en todos esos impresos que te cuestan el dinero para tenerte bajo cautela. En casa todo eran prisas por pasar página, de la Historia quise decir, así, rimbombante y en mayúsculas, y se me fue pegando al ADN eso tan hispano (léase español) de estar orgulloso de mirarme el ombligo y creerlo hermosísimo. Mi padre corría delante de los grises en época tan convulsa y me enseñó a tener esperanzas hasta en los callejones sin salida. Mi madre no es que rezara mucho tampoco, pero tenía sus dioses lares cual herencia de los romanos que recorrieron aquellas tierras tan marianas.

En el colegio alumno aventajado hasta que me tropecé con los concursos literarios y me sentíNarciso y orgullo de mis convecinos. Los estudios por inercia, en busca de ese infinito que no se entendía en las mates y que tan redondo me quedaba en las redacciones de lengua. En inglés y ciencias no tan mal, dejando para el día siguiente lo que me sobraba absorto en buscas las primeras musas. Más tarde, en las españas de la social democracia con reminicencias liberales me fui haciendo aprendiz de adulto y en ello sigo a pesar de la edad tardía. Landero se me cruzó en el camino con sus Juegos de (ídem) en algún momento hacia la universidad. Años de primeros amores y fracasos y todo lo que podría haberme ahorrado, de no escribir para reflejarme en Bukowski o Kerouac y toda aquella generación de desgenerados que también acompañaban el desgarramiento Grunge.

Cela, Galdós, Jiménez o Lorca… leer fue un placer al igual que tocar la guitarra mientras seguía descubriendo nuevas formas de dudar de todo y todos a medida que la Universidad me demostraba que el conocimiento estaba más allá de clases magistrales y los límites de bibliotecas. Borges fue una bofetada de amanecer de nuevo a la desnudez, pero igual Sábato o Camus y ese comunistilla que respondiera al apellido de Sartre.

Fui, en cierto modo, modelando mis creencias al vaivén de los tiempos de la sobreinformación y leía sin miramientos, observando para mi sorpresa que muchos libracos infumables eran solo la marca de ventas de alguna editorial. Cervantes o Shakespeare fueron llegando al entendimiento del que se hacía medio hombre, o mejor medio humano, y aprendí de la sangre en verso de Blas de Otero o del deslumbramiento de los jinetes tan polacos como le salió a la intrahistoria de Muñoz Molina.

No he superado esa época, para mi fortuna. La historia dicen que se repite. Procuro nacer todos los días y alcanzar la adolescencia. Lo demás es ir menguando o marchitando las ideas. Descubrí entre tanto que la literatura puede disfrazarse de ironía hasta el paroxismo, ironizando de la propia sorna en una espiral sin fin cuyos atributos estan al alcance de muy pocos. Pretendo ingresar en tan selecto club a medida que me vuelva inteligente para al menos, servir las copas o limpiar las mesas donde se emborrachan de letras poderosas los Quevedo, Swift y compañía. Mi héroe de estos tiempos es James Ellroy, un bastardo escritor de prosa magistral y un radical amante de mantener el listón de la polémica muy por encima de la media.

Doy clase de inglés. Toco la guitarra cada vez con menos ganas de deslumbrar y escribo, a veces, con la falta de costumbre de ser Dios, o al menos eso espero. Los escritores son como chamanes cuyo sexto sentido les hace ver nuevas dimensiones desde el mundo paralelo en que habitan.

También me gusta el fútbol, vivir mirando el mar desde Málaga, eructar tras la cerveza y perdonarle la vida a los dragones que mi hija Naima ( obsérvese el matiz jazzístico de mi torpe existencia) y yo nunca mataremos porque nos caen mejor que las princesas pijas y repelentes que la tradición dibujó de fragilidad y tristeza. Es mucho más divertido reirse de lo impuesto.

Blog: kobo73.wordpress.com

 


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