El manojo

Supongo que siempre lo supe; un día iba a terminar llamando a esa puerta. Una casa de balneario en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres ridículos enanitos cubiertos ahora deSigue leyendo «El manojo»