Era una casa en las afueras de la ciudad. Aunque era de todos sabido, nadie recordaba quien la heredó de sus abuelos hacía años atrás. En ella no había habido nunca ningún anfitrión y todos desde el primer día aportaban lo que podían. Ayudaban y hacían la limpieza y demás labores por turnos rotatorios de manera muy informal y poco satisfactoria. Siempre estaba llena de amigos y conocidos que se quedaban el tiempo que querían y que hacía imposible saber nunca cuántos eran en total. Había días que no se podía casi ni pasar, sin pisar a alguien para ir a uno de los dos baños que tenía la casa, resultando una labor imposible. Las drogas, el alcohol y otras chucherías, circulaban sin parar a todas horas y nunca había escasez. La policía se presentaba raras veces, pues cuando lo hacía se encontraban en el dilema, de no saber a quién no se llevaban. Llenaban la comisaria de parias que tenían que alimentar, para acabar soltándolos al día siguiente casi sin cargos. La limpieza más efectiva la hacía una señora que venía bastante a menudo. Al irse se llevaba a veces a un montón de compañeros que habían consumido de más o drogas en mal estado. La mujer que vestía de negro, no los traía nunca más de vuelta.
Por: Jordi Cabré Carbó (España)
jordicabre-33.blogspot.com.es
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