Me has ido enseñando cosas que, la verdad, nunca creí llegar a aprender. Como voltear la hoja cuando un lado está hecho un desastre, tinta esparcida por doquier y trazos poco seguros. Como no desmoronarme cuando esa otra cara la hago mierda también. Ahora por ti sé que siempre puedo, sencillamente, coger una nueva y empezar de cero.
Me has enseñado cómo la perfección está hasta en lo más profundo de mis palabras mal pronunciadas, cómo el tono de mi voz y una canción de cuna son el yin y el yang, y que aun así, hablar es de las cosas que más te gustan de mí.
Sé que el pararme de la cama a las 7 de la mañana no se me da muy bien y me has enseñado que aun así es de las mejores cosas que hago.
Me has enseñado que necesitaba a quién amar con locura. Que puedo llegar a ser muy posesiva y una celosa sin remedio. Lo siento por eso.
Ahora sé que decir lo que siento es un mal necesario. Y no me arrepiento.
Tomada de tu mano, me enseñaste a no tener miedo. Que el mundo no es tan horrible como lo pintan.
Y, sobre todas las cosas, me has enseñado que no me mereces.



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