Dónde acaba el mar,
dónde nacen las estrellas,
dónde empieza la angustia,
dónde muere el recuerdo.
El ayer refleja el morado oscuro
de cuando la decepción afloja,
porque hicimos una promesa en silencio
y son esas las que más pesan
al romperse,
las que más clavan sus cristales.
No quiero escuchar tus palabras,
no después
del sincericidio de mi pecho
en el que fuiste protagonista,
reuniste información,
acumulaste fecha y latido
y atentaste contra todo eso que alguna vez
palpitó en mí.
Joder.
Si es que había miles de señales
que no quise ver,
que hasta la veleta apuntaba
en tu dirección opuesta y la brújula
decía que el norte no estaba tras tus pies,
que perdía el mío y luego, paso años enteros buscándome.
Te juro que contaba los segundos
para entretener mi cabeza
mientras no contestabas,
pero cada cifra llevaba un pedazo de pasado
conjunto y adjunto:
una mirada,
dos cosquillas,
tres sonrisas,
cuatro besos,
cinco versos,
seis caricias,
siete abrazos,
ocho susurros,
nueve noches,
diez te quieros,
once no te marches,
doce insomnios,
trece lágrimas y no por suerte.



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