Tapa con tus manos mis ojos. Escoge el momento perfecto para sellarme la boca con un beso, mientras mi piel se acerca a la tuya sin remedio.
Siempre supe que tu mirada acabaría llevándome a algún tipo de locura, a lo Romeo y Julieta, sólo que en este caso no es la muerte quien marca el final, sino la cordura, o más bien, la necesidad de que la misma se interponga entre nuestros versos.
Recuérdame por qué me dejé atrapar, rozando mi cuello con tus dedos, o susurrándome al oído… cualquier cosa… sólo con sentir tu aliento cerca, mi respuesta será inmediata: un escalofrío y, a continuación, unas ganas intensas de olvidarme del mundo real.
Haces que aumente la frecuencia de mis suspiros, a la par que mengua mi, ya casi inexistente, fuerza de voluntad.
Haces de mi espalda tu refugio, y yo, que poco sé de mares, me lanzo al agua sin timón.
Tapa con tus manos mis ojos, y hazme olvidar que quizá, y sólo quizá, mi cuerpo no te pertenece.



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