Ana de Lacalle (España) Opinión

La incertidumbre de los tropiezos vitales

“El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, es un dicho popular que resulta excesivo a la luz de la observación empírica, ya que esta nos ha permitido constatar cómo muchos animales aprenden por reiteración del error y el consecuente refuerzo negativo. La salvedad, es que suponemos que cuando los humanos aprendemos es porque hemos comprendido, además y a diferencia de las reacciones conductistas de otros animales, las causas del error y, por ende, las razones por las cuales nos conviene evitarlo.

Ahora bien, la complejidad de un cerebro y su capacidad simbólica no siempre comportan  un bien para el conjunto de los individuos que forman parte de la especie. Y esto, porque nuestra razón tiende al cumplimiento de un fin valorado como bueno y es este el criterio que nos puede hacer valorar un determinado acto como erróneo o no.

Aparece aquí, y derivada de esa condición cerebral compleja, la capacidad moral que, siendo su contenido cultural, determina con gran intensidad los juicios de valor y en general el paradigma axiológico a partir del cual elaboraremos esos juicios. De tal forma que la controversia ética se halla implícita en cualquier decisión o acción que realizamos, pudiendo considerar algo como erróneo o tal vez de mala ejecución de determinado cometido; con lo que sería de esperar que se reintentara. El fracaso no ha sido, o así podría considerarse, por error en la valoración del bien que comportaba, sino por mala praxis de quienes han acometido la acción. Deberíamos pues repetir y acaso volver a fracasar, con lo que se enjuiciaría el acto como un doble tropiezo por parte de algunos.

Sin embargo, la auténtica divergencia reside en ¿qué es o no erróneo y, por ende, un doble, triple…tropiezo? El mismísimo Hume estaba convencido de que aprendemos a base de la observación de una conjunción de sucesos, que como datos empíricos se dan aislados, sin valor alguno porque no son más que hechos, que acabamos asociando por el hábito y la costumbre forjados a partir de la experimentación reiterada de determinadas conjunciones. Ahora bien, estas asociaciones mentales no nos permiten en sí mismas valorar su conveniencia o bien para los individuos. Pero, sí es cierto que es a base de repetir, y con el riesgo de tropezar, que interiorizamos relaciones entre sucesos que en sí mismas no son observables.

Partiendo del empirista más radical que conocemos, estamos en condiciones de admitir que la opción de aplicar para la comprensión del mundo una determinada reiteración de actos, no tiene por qué conducirnos al error inexorablemente. Ahora bien, tampoco nos permite obtener ninguna certeza sobre la conveniencia o no de ese camino trazado.

Aquí entraría  según Hume, la sensibilidad emocional de los sujetos que valorarán como buenos o malos actos en función de las consecuencias útiles que estos tengan para los humanos.

Resta clarificado que los hechos no implican valores en sí mismos, la repetición contribuye a gestar creencias y a partir de ellas actuamos si sentimos agrado ante las consecuencias que racionalmente somos capaces de prever para determinada acción en términos de humanidad, o miembros de una sociedad; o por el contrario rechazamos por sentir repulsión emocional ante las consecuencias que aquello conlleva.

Es importante destacar que la emoción de agrado o rechazo no se produce hasta que racionalmente no hemos hecho un análisis adecuado de las circunstancias, el contexto en el que se lleva a cabo la acción y por tanto qué consecuencias podemos anticipar: es ante la posibilidad de dichos efectos que nuestra sensibilidad moral nos mostrara su beneplácito o su rechazo.

De lo expuesto, deducimos que: reintentar determinada acción no es de per se nocivo; que en la determinación de lo que nos conviene hacer, e incluso repetir, juega un rol decisivo la razón y las emociones; y por último que no hay ningún tipo de certeza absoluta sobre lo que puede constituir un error a evitar o no, nada más costumbre a base de reiteración de lo que una acción comportará y por consiguiente esa adhesión o no emocional.

Destaquemos pues que, somos los únicos animales que tropezamos dos o más veces en la misma piedra, a veces por ceguera racional y otras porque es la racionalidad misma ratificada por emociones placenteras y agradables las que nos indican que vale la pena reincidir en algo que ha resultado un mal, teniendo en cuenta que la mayor parte de veces debería implicar un bien.

Así, los enunciados con tono dogmático no contribuyen más que a eliminar alternativas y posibilidades que la razón misma nos muestra como favorables en términos casi probabilísticos. Lo cual no excluye, obviamente, que de esos tropiezos haya muchos que la razón muestra como errores muy probables y que sean en consecuencias tropiezos a evitar.

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