Belén Vieyra Calderoni (España) Opinión

Los pasos de un caminante

Andare andare, la italolingüística del latín ambulare, que viene a significar “ir alrededor”, pero, pasear en torno a algo o alguien, ¿no? Inevitablemente se sucede así, la imagen de aquellos filósofos peripatéticos dando una vuelta por el anfiteatro, yendo de aquí para allá mientras divagan, piensan, teorizan entre los jardines de la Antigüedad.  ¿Será que tenemos la necesidad de tener los pies en tierra para poder reflexionar? ¿Es el silencio el cómplice indispensable para el desaliento del pensiero? ¿Es la teoría el resultado de la práctica errante de caminar? ¿Es la sabiduría una consecuencia de ejercitar los pies?

Cualquier afortunado -y digo agraciado, porque caminar es un auténtico regalo-, que haya dedicado unos minutos largos a este proceso de transitar, sin dirigirse a un lugar preciso, sólo por el mero hecho de vagar, habrá sentido el alivio de sentir el aire en la cara, la salvación de la propia marcha, de ese avance sin ser necesaria una transgresión de ascenso. ¿Por qué un paso y otro resultan siempre liberadores? ¿Acaso somos cautivos? De algún miedo quizás, o puede que también seamos prófugos de aquello que nos persigue interiormente. El transeúnte se disipa en un ritmo que no le pertenece, que está totalmente fuera del alcance de sus manos, es la paradoja del camino recto a ninguna parte. El poeta zaragozano Miguel Labordeta lo expresaba de la siguiente manera:

«¿Quién justifica nuestra marcha? ¿Hacia adelante?
¿Por qué hacia adelante?»[1]

Por una parte, andar supone ausentarse, dirigirse hacia un retiro, a un sendero de evasión ilimitada. Pareciera que la sintonía del cuerpo andante y el paisaje -ya más lejos, menos ruidoso- estuvieran en plena concordia, solo se escucha el palpitar y la respiración concentrada en la resistencia. Un paso y otro. Y así sucesivamente. La ligereza va tomando un cariz principal, la pesadez se esfuma en la excursión exterior hacia el interior. Se produce la desbandada de todas y cada una de las preocupaciones, quedando la cabeza como un navío en calma, como una balsa flotando en medio del océano. Resuenan así, los versos de Robert Louis Stevenson:

«Sigo,
andando por caminos sin final»[2]

Porque el mar, insaciable, no contempla, ni mucho menos, la terminación. Pero por otra parte, ¿seremos vagabundos eternamente en el camino? Observen la condición del peregrino, durante días, semanas e incluso meses, se mantiene como un arduo senderista caiga la lluvia que caiga, salga el sol que salga, procura no desfallecer hasta limpiar su alma y aclarar su travesía. Sea esta, quizás, la representación más clara del subterfugio del caminante, evitando los atajos, no importa cuán larga sea la jornada, es un pasaje hacia la serenidad, sea donde sea que llegue, seguro reina la armonía. Y entre la arboleda del trayecto se repite el eco de Alfonsina Storni:

«Alguna vez, andando por la vida,
por piedad, por amor,
como se da una fuente sin reservas
yo di mi corazón»[3]

Sea que quizás, en esta fuga temporal del viandante, las heridas cicatrizan dejando sólo huellas y exilio de un pasado al que uno no quiere regresar. No se trata pues, de una huida ni de una salida de emergencia, sino de una renuncia a lo que el porvenir no incluye. El designio no es un destino mas tampoco lo es un paraíso tras la caminata; la finalidad del andare, no es otra cosa que sentirse libre, imparable. Porque es la sensación de albedrío que produce ir dejando atrás todo el paisaje, la aventura de partir, la intriga de la futura existencia de un retorno. ¿Acaso uno marcha pensando en volver? ¿Acaso la fuga es temporal? Uno camina y camina, sin querer detenerse, y si para, es de manera puntual, por tomar un respiro para continuar, sin intención de permanecer. Uno camina en búsqueda de la dispersión, de la lejanía, de alejarse de ese origen errante, de la pesadumbre del abandono, de la miseria del que no tiene ojos para la Historia y solamente mira hacia adelante, como si la nada hoy construida no tuviese cimientos antiguos ni viejos ancestros a la espalda. Y suena el tintineo italiano de Susanna Tamaro:

«Detenerse, distraerse, significa sucumbir»[4]

 Y sucumbir es sinónimo de rendición, de vencimiento al movimiento, de parálisis completa y de retroceso. ¿Acaso el caminar no significa desplazarse? Pero existen matices, claro, como en todo, los intervalos, las mediocridades, los centros, el famoso “núcleo”: el paso intermedio entre correr y volver atrás. Porque recorrer la vida quiere decir también, tropezar, y esto último siempre ocurre en soledad. Sea en el silencio del itinerario, en ir soltando un poco el equipaje, ese apego al daño, al pánico de lo que llegará, ese pavor a arribar y cesar el viaje. Truenan las palabras de Carver:

«Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie»[5]

En el preámbulo de la vida, son los pies los que inician cualquier trote, aunque sea para caer cerca y besar el suelo, son ellos los que insisten y perseveran, con paciencia y determinación, con la valentía de un guerrero y la obediencia de un peón. Olvidados al llegar a la línea de meta, y descuidados durante toda la carrera. Los infalibles en las apuestas, los perdedores en cualquier tramo, atosigan fatiga y peso, hacedores de acortar distancia, de alcanzar libertad. Ésos, son los pies. Imprescindibles para cualquier funambulista en el limbo de la cuerda, para cualquier sonámbulo que circule por la vereda, hasta para acariciar el asfalto hacen falta. Parecieran convertirse en el fundamento invencible de cualquier andarín, siendo icono de la saudade portuguesa, melancolía y felicidad simultáneas. Anne Morrow Lindgberh se sinceraba con enorme claridad:

«En alguna parte debo encontrar un equilibrio, o un ritmo alternado entre esos dos extremos;
una oscilación del péndulo entre soledad y comunión, entre retiro y retorno»[6]

Es de vital importancia considerar que el cautiverio, por razones obvias de encierro, atrapa y petrifica, abduciendo cualquier atisbo por encontrar una abertura. Quisiera imaginar como deambula un preso en el patio de su triste hábitat, pero no alcanzo ni siquiera a sospechar la frustración que genera la repetición de los pasos por el mismo lugar. Una pisada tras otra albergando la esperanza de llegar a un destino que no sea fatal. Una zancada que trama la escapada gloriosa de los barrotes tras la huida cargada de adrenalina. ¿Acaso cualquier otro caminante no anhela también la libertad de andar? Porque el caminar no hace ninguna distinción, es la liberación para cualquiera, incluso para el rengo, pues le supone una victoria colosal. No es el encarcelamiento la pena, ni la reclusión el castigo, es la negación a la movilidad, es la estatua estéril ante el cambiante mundo, ante la progresiva esfera y la continua transformación. Así, ¿quién quiere permanecer quieto? ¿Es posible acaso? Convertirse en hielo, impasible ante el giro terrestre, ante la marabunta danzando de norte a sur, ¿se puede? ¿Es la inquietud un detenimiento? Ahora, el dilema se instala, pues ¿qué papel desempeña la imaginación? ¿Puede desenvolverse y echar, coloquialmente, al monte, aún manteniéndose completamente estática albergada en un cuerpo paralizado? ¿Acaso la curiosidad no araña todos los límites para saltarlos? Sería caer, quizás demasiado, al vacío sin piso de por medio. En cualquier caso, ¿qué nos garantiza que estemos erguidos, vulgarmente, de pie? ¿No será que seremos reclusos de tanta guerra ajena? Pura mercancía lánguida perdida en cualquier esquina, implorando un rescate. Un continuo anhelo de redención, como si esto fuese posible, como si existiera el alivio eterno. ¿Acaso un espejismo de nuestra propia y vil traición? ¿Nos movemos? ¿O es un sueño? ¿Oímos el ruido característico de un caminante?

Cuando uno patea, el silencio envuelve la silueta, transporta al ente a un espacio de infranqueable soledad. Se construye una coraza imbatible ante el prejuicio ajeno que queda varado en la inmovilidad. Pareciera que en esa quietud, las ruinas se desprenden, se juntan, para tratar de construir algo, con total disimulo. El mutismo invita al análisis, al estudio de aprender a escucharse, la tierra que uno pisa, el suelo que uno aniquila, es una fuente inagotable de saber, intuición, historia y conciencia. ¿Acaso esto pasa desapercibido? ¿Quién se atreve a no habitar en la extrañeza de conocerse? ¿Es posible ignorar siempre? ¿No se cansará la mirada de tanta indiferencia? Si los pies tienen la habilidad de andar, los ojos la tendrán para ver y el caminante para instruirse, ¿no?

¿Y qué acompaña a la afasia del viandante? Muy lejos de la misericordia o del ruego de piedad, aparece el pensiero del recuerdo o del deseo que aún no ha arribado a nuestro paso. ¿Quizá un poco de aflicción o pena? Tal vez, sencillamente, sea una nostalgia lánguida inherente al camino. Pero no acaba ahí, pues a posteriori, transitar a pie por el bulevar concede esa absolución a uno mismo, esa especie de amnistía común a todas las almas que no sienten la necesidad de morir, pues toda lástima es despojada del ser y no tienen cabida los ímprobos agravios. Nada, absolutamente nada, el perdón ansiado fecunda en una gratitud infinita, una satisfacción complacida, o lo que es lo mismo, se ha sucedido la correspondiente evolución al proceso del andare.

Por último, vamos recogiendo terminología: andare, pies aferrados al suelo, fortuna de poseer tales herramientas, atemporalidad, distancia, silencio, soledad, reflexión, melancolía, gratitud… Pero, ¿cuál es el designio? ¿qué propósito, además de liberarse, persigue un caminante? Ir hacia adelante, ¿verdad? ¿No será que avanzar recto, en la misma dirección, no siempre es progresar? Sí, es maniobrar, vencerle esa contienda a la inmovilidad, es un primer despertar y una declaración de intenciones, pero es ¿acaso la marcha atrás un retroceso? ¿Qué dictamina la saeta de la brújula? ¿No es la vida un círculo? ¿Éstos no terminan dónde empezaron? Como escribió Thoreau:

«¿Por qué después de veinticinco años, tenemos que volver a encontrar nuestro camino?
 ¿Acaso no hemos avanzado ni un centímetro?»[7]

Seguimos caminando como no podía ser de otra manera.


[1] LABORDETA, Miguel. 1994. Abisal cáncer. Zaragoza. Olifante.
[2]  STEVENSON, Robert Louis. 2018. Hacia tierras lejanas. Barcelona. Penguin Random House.
[3] STORNI, Alfonsina. 1982. Antología Poética. Madrid. Ediciones Felmar.
[4] TAMARO, Susanna. 2012. Para siempre. Barcelona. Editorial Seix Barral S.A.
[5] CARVER, Raymond. 2007. Todos nosotros. Madrid. Bartleby Editores S.L.
[6] MORROW LINDBERGH, Anne. 1977. El don del mar. Buenos Aires. Javier Vergara Editor S.R.L.
[7] THOREAU, Henry David. 2016. Vida sin principios. Corazones Blindados.

6 comentarios

  1. Me ha encantado esta reflexión sobre el hecho simple de caminar. Caminar por caminar puede llevarnos a cualquier lugar, incluso a cualquier lugar de nosotros mismos. Yo prefiero hacerlo sola y en silencio. Vuelvo nueva. Buen día.

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