lo fui a visitar sin permiso, sin avisar.
no porque él estaba enfermo
ni porque había tenido éxito
con lo suyo.
sino porque mi amor propio
urgía de su mal humor,
porque necesitaba escucharle
gritarme a la cara
que me limpiara los mocos
y dejase de llorar.
lo fui a ver sin hacer la tarea,
sin haber aprendido la lección.
para ver si él no se había largado,
si aún continuaba en mi vida,
defendiéndome a capa y espada,
listo con excusas tácticas
ante los demás.

c. a. campos
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