El tiempo me dio la razón,
aunque nunca la quise.
Deseé estar equivocado,
y ser yo el problema,
en vez de todos ellos:
Padres, abuelos,
tíos, amigos, vecinos…
Busqué ser a ellos igual,
pretendí ignorar mi intuición,
consumir y aparentar social.
Cuán inútil solución.
Tuve que marcharme solo,
y atravesar el infierno,
armado con libros y cuadernos,
para llegar a salvo al cielo.
El conocimiento fue el demonio
que me despertó del sueño.
Me reconocí en el odio,
y no volví a tener dueño.
Con empeño y paciencia,
aprendí la valiosa lección.
Dejé de lado la frustración.
Abracé el amor y la inocencia.
Trabajé sin descanso,
sin esperar ascensos,
sin anhelar recursos,
sin desear males ajenos.
La voluntad me mostró la dirección.
Me levantó de la decadencia.
Me enseñó la virtud, el blasón,
la emoción, la magnificencia.
Fue difícil, mas, qué complacencia,
qué serenidad, qué relajación sentí.
Al fin, me convertí en mi adalid.
Cumplí con lo que me prometí.
Contra los pronósticos, entendí,
que todo son niveles de conciencia.



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