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El nombre de mi madre

Ella,
-que se llama Esperanza-
nació un 14 de abril
como lo son otros,
pero a mi madre
nunca le contaron
por qué su abuela
le escogió aquel nombre.

Para algunos,
los que no eran -ni lo son-
como fue su abuela,
que no conocen
-ni supieron-
del pan pequeño y de la angustia,
la memoria es sólo una liturgia
de mortajas y silencios,
acaso un yermo inmóvil de mármoles remotos
sepultados
bajo el musgo y la costumbre,
sólo hitos fermentados
en el blanco de los huesos,
huella de un filo
que extravió su pecado
en otra piel,
el crujido sordo
de unos dientes que aún rechinan
en la frágil cadencia de la historia,
y que incomoda.

Para algunos,
la amapola,
es la flor que aún se yergue en el raso
encendida,
que amenaza con arder el horizonte,
aunque sólo tienda
el arrullo de su sombra
al linde seco de un camino
ya lejano,
-ya sin nombre-.
Y allí, el leve temblor
de su carmín,
murmura con mil lenguas
en la herida
de un cielo roto,
aquel efímero mayo que pareció infinito
sobre la costilla del mundo,
y que les duele.

Para algunos,
el nombre de mi madre
es solo un accidente,
el descuido de una abuela
con la sacra lista de los santos
y sus hechos
en un 14 de abril, como lo son otros.
Y yo, como su abuela,
que me niego
al hipnótico sumar de los días,
sé que a ella -como ella-
se la dice Esperanza
porque importa,
porque los nombres
también son
una forma de memoria.

pedro antonio sanchez escritor

Pedro Antonio Sánchez
@eorlinga_pedroantsanchez
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