Hora inevitable

Había en su recuerdo una sentencia, un algo no terminado que ataba, un sindecir que casi se decía, una emoción que tocaba el ombligo, la frescura de que nadie había mejor: ese algo se llevaba dentro… en el otro fondo.

No había racionalidad que aliviara aquella carga que no se quería soltar. Los libros que le habían regalado llamaban apego, enfermedad, locura a eso que nadie entendería porque se colaba en todas sus noches y en cada silencio cuando cerraba los ojos.

Los escalofríos eran vívidos, la sudoración irreflexiva era presente, y cuando esa voz se presentaba no había forma de no llegar a sentir esos flujos que no dejaban dudas: era el emperador de su aire, de su estar como un dios de barro, y -a veces- como un gran mazo intromiso que atravesaba todas las luces y explotaba.

Tendría que matarse, esa era la decisión, sólo así liquidaría aquel demonio, y una tarde -mientras las pastillas mil hacían su oficio lento y miserable- escuchó su voz como un lejano canto y entendió que a pesar de irse la vida, aquello seguiría hasta el infinito como siempre lo supuso.

francisco pinzon bedoya escritor

Francisco Pinzón Bedoya
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