Una chica recorre la calle. Solo el martilleo de sus tacones la acompaña a ese fondo perdido que es la noche. Sabe que no debe ir, pero desafía la mente estrecha de las callejuelas con su emancipación. Llega al fondo del abismo: dos vórtices que se cruzan en mitad de un suspiro. No hay nadie en la calle, solo cornisas que viven los días creyéndose eternas. Avanza recta, cabalgando sobre los adoquines, piedras del tamaño de su pecho. Comienza a escuchar un desliz, un jadeo, un perfume extraño a final de día, a final de juerga, a final de noche. No hay nadie en la calle y la vía termina tal y como vino, de repente. No hay nadie en la calle, ni nadie para decirle que aquel callejón solo conducía a un único destino. El mismo camino por el que se van todos. Pero no se lo digamos todavía, dejémosla creer que el tiempo no tiene fin.

Elisenda Romano
@elisenda.romano
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