Al menos cuando era agudo lo soportaba mientras adoptaba mil posiciones o rememoraba instantes felices, pero desde que se tornó crónico estos trucos se volvieron inocuos. Quiero poner fin a esto, me digo y les digo.
—Ni lo pienses. Es pecado, recuerda que la vida no nos pertenece. Es una prueba que debes soportar con resignación. ¿Tienes mucho dolor?
Mi expresión responde a su pregunta absurda.
—Te daré 14 gotas. Mejor 16. Ya verás que pronto no sentirás nada.
El mundo gira a mi alrededor distorsionado, como visto desde abajo el agua. Se afanan por acomodarlo; las mantas, las cortinas, las medicinas. Quiero gritarles que el desorden no está fuera de mí.
Lo intento una vez más: Ya no quiero vivir.
—Son los efectos del analgésico, es normal, alcanzo a escuchar.
—La conclusión de la Junta Médica es que, aunque irreversible, todavía tiene unos días más.
—La solicitud de eutanasia debe radicarse de nuevo.
Se acercan y me informan:
—Consultadas todas las partes, la decisión es que todavía no es tiempo de que nos abandones.



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