Una vez fui mar.
Tuve peces y gaviotas blancas…
Gloriosos amaneceres dorados se reflejaron en mis espumas.
Pero un día aciago aquel ángel de ojos negros
tocó su trompeta
y se cortó la garganta en mis orillas.
De sus arterias pulsantes cayeron grandes pedazos de noche en mi seno.
Desde entonces mis olas,
cárdenas, sanguinolentas,
se incendian en hemorrágicos crepúsculos.
La sal se convirtió en ajenjo.
Chapoteo pesadamente contra cortantes arrecifes,
contra oleaginosas arenas,
contra huesos secos.
Una vez fui mar.
Ahora, estoy muerto.

Roberto Garcés Marrero
@rgmar84
Leer sus escritos


Deja un comentario