La alarma se propagó rápida y masivamente produciendo un morboso interés colectivo que en lugar de alejar a la población actuó como un imán. Los primeros en llegar fueron los policías de turno que se esforzaban por contener al creciente número de curiosos, luego hicieron presencia los bomberos y por último, el escuadrón antiexplosivos.
Se trazaron muchos planes de acción de acuerdo con las hipótesis de los testigos no oculares. Todos encontraban evidencias sospechosas del contenido. El sitio estratégico en el que fue abandonado frente a la iglesia, la orientación hacia las oficinas de la municipalidad, el color mimetizado con el pavimento, inodoro para no llamar la atención, aunque la prueba reina era el sonido y la vibración que emitía a intervalos regulares, obviamente programados. Esto último obligó al grupo especializado a ordenar la evacuación de los edificios cercanos y a utilizar el robot detector. Las primeras informaciones dieron cuenta de un artefacto electrónico, con forma de misil, baterías recargables y gel, seguramente explosivo. El brazo mecánico controlado remotamente permitió resolver el dilema. El jefe de antiexplosivos anunció que todo se trataba de un maletín con juguetes sexuales.
Finalmente y para cerrar el caso, el departamento de policía pidió a quien pudiera acreditar la propiedad, se presentara de manera inmediata, lo cual no sucedió y el maletín con todos los juguetes fue confiscado como parte de las pruebas del reporte que justificaría el gran despliegue de recursos para atender la emergencia.



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