Recorrió por tercera vez consecutiva toda la casa, mirando cada rincón para corroborar que estuviese todo en perfecto orden y miró la hora en el reloj de la cocina. Eran casi las siete y, como de costumbre, comenzó a sudar. Pensó que quizás hubiese sido conveniente empezar media hora antes, pero llegó Marta con sus chismes de barrio y todo se retrasó. Esta vez no llegó a tiempo a bañarse. Se dio un baño polaco, cambió la remera por una camisa, se perfumó y se calzó los tacos.
Siete y cinco entró él, mirando a su alrededor con cara de satisfecho, asintiendo con la cabeza, como quien está tomando una evaluación al personal de servicio.
—Karina, —gritó— ¿qué hiciste de comer?
Ella llegó corriendo desde la pieza, aún con el peine en la mano.
—Pollo al horno.
—Espero que no te salga como la otra vez, que casi sale volando…
Hernán la abrazó y le olió el cuello.
—Estás sucia, Karina… ¿te parece esa forma de recibirme? La mugre no se tapa con perfume.
Ella intentó una explicación, pero él la interrumpió:
—Servime ya, que estoy muerto.
Ella corrió a la cocina.
—Me parece una falta de respeto —dijo él, con la boca llena— Laburo diez horas por día, todo el año, hasta los feriados. Vos te rascás la argolla todo el día. Lo único que tenés que hacer es mantener la casa limpia, cocinar y mantenerte presentable. ¿Qué hubiese pasado si yo caía con Don Cosme? Te admito que la casa está en condiciones, ¿pero vos? El olor rancio de tu cuello se huele de lejos, querida… ¿Y si yo venía con ganas? ¡Esto se la baja a cualquiera, eh! Decí que hoy tuve un día duro y no tengo ganas…
Karina trató de que el suspiro de alivio se notara lo menos posible pero su boca la delató.
—¿Qué carajos es esa media sonrisa, boluda? ¿Te pensás que estoy jodiendo?
—No, lo que pasa es que…
Antes de terminar la frase, una cachetada le hizo perder el equilibrio.
—Mejor me voy a dormir, para no cagarte a trompadas en serio, ingrata de mierda.
Esperó a escucharlo roncar para levantarse del piso, buscar una bolsa con hielos con que desinflamar el golpe y acostarse, sumisa, junto a su esposo, que ni sufre ni se acongoja. Ella, al parecer, tampoco.
La mañana siguiente Karina lo despierta con el desayuno. Le explica que se despertó a las cinco para bañarse y prepararle algo rico, antes de que se vaya a trabajar. La sonrisa del hombre devela satisfacción. Ya se le pasó, piensa ella y sonríe genuinamente. Le pide plata para las compras y él, que le prepare un guiso carrero, que tiene antojo.
Una hora después, Karina entra en el almacén del barrio. El chico de los pedidos deja de acomodar los productos dentro del canasto de mimbre cuando escucha la campanita de la puerta, levanta la vista y le guiña un ojo. Don Juancho, el almacenero, la atiende.
—Llevo dos latas de arvejas, un paquete de mostacholes de los Terrabusi y tres caramelos de menta —dice ella.
Don Juancho levanta los ojos cerrados y dice:
—Cuatrocientos noventa y cinco pesos. Confirmame, Adrián.
—Sí sí, está perfecto.
Karina extiende los billetes sobre la mesa y Don Juancho los palpa, uno por uno.
—Perfecto. ¿Te doy dos caramelitos más de vuelto, nena?
—No hay problema. Gracias por lo de nena, vecino. Hasta la próxima.
Karina abre y cierra la puerta para hacer sonar la campanita, pero no sale. Entonces, Adrián le dice al viejo:
—Jefe, voy al baño un rato, tengo una urgencia. Pégueme el grito, cualquier cosa.
—No te olvides de tirar desodorante, nene.
Adrián camina hacia el fondo. Karina, en puntitas de pie, lo sigue detrás. Entran al baño y traban la puerta. Se besan, se palpan, se chupan, se absorben, se tensan al contener los gemidos mientras se entregan a un placer rutinario. Cuando terminan, ella se queda sentada sobre él y apoya la cabeza sobre su hombro. En un susurro de voz, él le dice:
—Tenés hinchada la cara, ¿de vuelta te pegó? ¿Qué más tiene que hacerte para que salgas de ahí? Vámonos, tengo platita ahorrada. ¡Robale lo que puedas a ese sorete y vámonos lejos!
Ella levanta su cabeza y pone su boca junto al lóbulo de la oreja izquierda de Adrián.
—¿Te comiste una novela rosa, nenito? Si querés un final feliz, búscate una pibita de tu edad. Yo estoy casada, no me jodas con cursilerías.
“Se cree príncipe salvador y no llega ni a sapo”, piensa ella mientras se viste, convencida del daño que le hizo la ficción romántica a una generación entera. “La realidad es otra cosa”, piensa entre convencida y resignada, como si el final sangriento fuese su destino y no una posibilidad evitable.
El viejo ciego escucha abrirse la puerta del baño.
—Ya terminé, Juancho. Me voy a llevar el pedido.
—Dale, Adri. ¡Hasta luego, vecina! —dice de pronto y sonríe, pícaro y conmovido, como quien ve una novela a las tres de la tarde e intuye el final feliz anunciado.

Coti Molina
@cotimolgo
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