Qué oscuro el ego,
pero cuánto brillan
las cumbres de algodón
con su pelaje níveo,
sus crines prístinas
y su aliento pétreo.
Qué claro el fuego
de un alma que chilla
¡Soledad, silencio, don!
Libertad de tedios plúmbeos,
lejos de horas tristísimas,
mi cetro, mi traje,
centro del trance aéreo.



Deja un comentario