Si te sentaras delante mío y me invitaras un café y quisieras pasarte algunas horas hablando y riendo, diría que sí aunque el no esté empujando fuerte. Si bajáramos por esas escaleras en las que nos conocimos y saliéramos a la calle juntos, si quisieras acompañarme hasta mi puerta y enganchar nuestras miradas sin saber ni querer terminar la conversación.
Si de repente me miraras y te acercaras y respiráramos el mismo aire, te diría que sí aunque el no siguiera empujando para salir y gritar y hacerse notar. Y si de repente llevaras tu mano a mi mejilla y con la otra enredaras nuestros dedos y presionaras tu frente contra la mía… diría que sí, te lo prometo, aunque deba decir que no. Es que ya sé, lo mejor es hacer de cuenta que no pasa nada.
Así que cuando abro los ojos al final del día y miro para atrás, veo que tu mano no llegó a mi mejilla, que estuvimos lejos de respirar el mismo aire, que el café se está enfriando en la mesa de aquel garito raro que está cerca del mar, y caímos en las miradas, pero no en el tacto porque nos repetimos que no, que nunca, a pesar de que pensaste que qué más daba y te diste cuenta de que daba mucho, nos quitaba todo, entonces terminé diciendo que no y los dos decidimos en silencio que fue lo mejor.
Fue lo mejor.
Lo fue.
Lo fue.
¿Lo fue?

Sanna Liemis
@sannaliemis
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