Mientras caminaba sentí nuevamente el peligro de ser descubierto. Para completar, inesperadamente me encontré de frente con los policías que verificaban la autorización para circular, mostré el documento de identificación y continué disimulando el temblor de las piernas. Respiré aliviado mientras tomaba posesión del escondite, aún con la sensación de ser observado.
Fue ingresando, extraordinariamente puntual, un ejército de mascarillas azules, la mayoría en parejas. Con aproximadamente 200 asistentes, me erguí en la tarima improvisada, agradecí brevemente a todos los invitados e hice la señal, que dio comienzo al encuentro. Una gritería ensordecedora acompañó el despliegue de luces, la proyección de imágenes en la pantalla gigante y el sonido de los potentes parlantes.
Todos nos despojamos de las caretas, las lanzamos al aire como en una ceremonia de graduación, nos abrazamos con amigos y desconocidos, nos besamos, tomados de las manos, bailamos al compás de la música, fundidos en un solo cuerpo, olvidando por completo virus, contagios, distanciamientos y cuarentenas. Sentíamos la necesidad de vivir el hoy, el momento, la realidad que nos construyeron, que nos enseñaron, que nos pidieron reproducir.
Mañana volveríamos a usar el disfraz azul, a distanciarnos, a intercambiar besos y emoticones a través de una pantalla.



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